Evidencia y negación: ¿para qué sirve la información sobre drogas?

blogeditor · 10 de abril de 2020

Evidencia y negación: ¿para qué sirve la información sobre drogas?

Toda la información necesaria para terminar con la guerra contra las drogas ya existe. La falsedad de su origen político y científico, así como el sinsentido de la estrategia se conocen hace mucho.

Si se creía, como se dijo oficialmente, que la guerra contra las drogas era para combatir la adicción a la heroína, la mariguana y los alucinógenos, ya no hay dudas de que no es así. John Ehrlichman, uno de los principales asesores de Richard Nixon, confesó a la revista Harper’s Magazine que sabían que estaban mintiendo y que ésta fue creada, en realidad, como mandan las desacreditadas teorías de la conspiración, para desprestigiar a los hippies y a la comunidad negra de Estados Unidos en la década de los setenta. Esto se conoció en 2016.

Además, si esta guerra tiene como objetivo evitar el consumo de sustancias nocivas, la intención no tiene sustento científico. El Comité Independiente sobre Drogas del Reino Unido ya ha demostrado, con el respaldo de la revista científica The Lancet, que la sustancia que mayor daño ocasiona a nivel personal y social no es ninguna de las sustancias que los Estados se encargan de perseguir y los medios de satanizar –como los psicodélicos, el éxtasis, la mariguana, la cocaína, el crack o la heroína–. La peor es el alcohol, que es legal. Esto se sabe desde 2010.

Como estrategia operativa tampoco tienen ningún asidero. Un ejemplo: en Estados Unidos, a pesar de los millones de dólares invertidos en reprimir el uso de la heroína, su uso no paró de crecer. Es más, creció abismalmente: por cada diez adictos que había en 1961 habían 125 en 1972, según los cientos de datos similares que recopiló el filósofo español Antonio Escohotado en su voluminosa obra Historia General de las Drogas. Esto se iba sabiendo en el mismo momento que se declaraba tan seriamente la guerra.

Pero la lógica de la guerra punitiva contra las drogas continúa vigente. Entonces, ¿para qué sirve la información sobre las drogas?

Las personas

Las alternativas existen y sus beneficios también están registrados abundantemente. Una de ellas es centrarse en las personas y no en las drogas. Como ha señalado la escritora Laura Restrepo: “Los objetos son inocentes. Y la droga, finalmente, no es más que el objeto que aparece enquistado en las nociones de tráfico de droga, carteles de la droga, guerra contra la droga o drogadicción. Sin embargo, hemos convertido a la droga en una explicación en sí misma: en un mito. Y todo mito –según R. Barthes– liquida la complejidad de los actos humanos que se esconden detrás”.

En Seattle, por ejemplo, el encarcelamiento de personas con posesiones menores de drogas se ha reemplazado por el traslado de estas a servicios sociales. Ahora se espera que esta medida tenga incluso más beneficios sociales que la legalización de la marihuana, debido a que se calcula que la mitad de las familias norteamericanas cuentan con un familiar o amigo cercano con problemas de adicción.

En vez del uso de perros policías que lleva a las personas a consumir sustancias de manera incorrecta para evitar su detención en eventos como fiestas o festivales de música, en distintos países los servicios de análisis de sustancias testean las drogas que las personas llevan para asegurar de que se trata efectivamente de la droga que han creído adquirir y dan las indicaciones del caso para garantizar la seguridad y salud de los usuarios. Así, reducen los riesgos que pueden ocasionar las malas mezclas, la ingesta de grandes dosis o el desconocimiento de la pureza de las sustancias, todo ello producto del mercado ilegal. Solo en Inglaterra, con este método, el número de hospitalizaciones por la ingesta de sustancias sin garantías se ha reducido en 95%, repecto a 2015.

Otra práctica que está cambiando los paradigmas son las salas de consumo seguro de heroína que reducen drásticamente los riesgos de sobredosis producto del consumo de sustancias en la vía pública donde no existen medios para recibir auxilio, así como los índices de contagio de enfermedades por el uso de jeringas compartidas. En Nepal, por ejemplo, con estos espacios gratuitos se ha reducido de 20.7% a 8.% el contagio de VIH por estas causas. Así, además, algunos Estados buscan reducir los costos que se sumarían si los casos continuaran en aumento, expandieran el contagio de otras enfermedades e involucraran a la policía y al sistema de justicia.

¿Por qué, entonces, la guerra punitiva sigue vigente en tantos países, sobre todo de Latinoamérica? ¿Cuál es poder de la evidencia?

La negación

Hace un tiempo, un funcionario público en Perú se presentó en un programa periodístico para responder a una denuncia sobre unos contratos sospechosos. En determinado momento, para zanjar la discusión, el periodista le mostró un documento que indicaba que el acusado tenía conocimiento de los hechos. No habría mayor discusión con esa prueba. Pero este volvió a negar la acusación. “Pero aquí está su firma, se la estoy mostrando”, le reclamó sorprendido el entrevistador. “No, yo no he firmado ese documento”, volvió a repetir. “¡Se la estoy mostrando!”, se desesperó el conductor. Y la entrevista no tuvo hacia donde dirigirse.

¿Es tan fácil negar lo evidente? Sí. Prueba de ello es la vigencia de la guerra contra las drogas a pesar de la abundante información que existe sobre su absurdo. La similitud es evidente. Todos aquellos que trabajamos con información sobre drogas somos los que mostramos desesperados una evidencia. Y todos los tomadores de decisiones que continúan abogando por las políticas prohibicionistas y punitivas e intereses particulares son los que zanjan la discusión diciendo simplemente “no, no es así” ante las estadísticas, testimonios e investigaciones.

En noviembre de 2018, cofundé Soma, un proyecto de periodismo y curaduría de información sobre drogas para Latinoamérica. El objetivo: elevar y mejorar el debate en torno a las drogas en la región. ¿Cómo? Buscando, seleccionando, sintetizando y puliendo la mejor información que producen medios de calidad en español y en inglés para compartirla de manera ágil y útil en las nuevas plataformas como Instagram o Facebook. Es decir, una plataforma donde la información como la señalada arriba pueda llegar a cualquier persona, no sólo a los interesados en la materia.

Después de más de un año de trabajo –en el que hemos rescatado la información más importante de casi 250 artículos– podemos asegurar que la gente reconoce y valora la información de calidad. Sin embargo, los comentarios más memorables son los negacionistas.

Hace poco, uno de los más comentados fue el resumen de las principales ideas del estudio sobre las sustancias realmente más nocivas, señalado al inicio. Explicamos ahí, indicando las fuentes y la vía para acceder al documento completo, por qué éste señalaba que el alcohol es más dañino que la heroína o el crack, considerando el daño físico y mental, el nivel de adicción, y el crimen y costos asociados. De los muchos comentarios, uno resaltó. Decía: “Asu, francamente dudo que el alcohol sea más dañino que el crack”.

Evidencia. Negación. ¿Para qué sirve entonces la información sustentada sobre drogas?

El momento

Obviamente, nada lo que acá señalado existiría sin la información sobre drogas producida durante décadas. La ola de legalización de la mariguana con fines medicinales o recreativos que recorre el mundo, no existiría sin ésta. Pero sucede que si la legalización de la marihuana es un logro abismal debido a la batalla política que ésta ha conllevado y a la cantidad de personas que se han visto beneficiadas, el mínimo rezago de las políticas prohibicionistas resultan devastadoras.

A pesar del ejemplo de Seattle, la criminalización en el resto de Estados Unidos, por el contrario, hace que cada 25 segundos un ciudadano sea arrestado sin ningún tipo de ayuda para su salud y la tasa de muertes por sobredosis de opioides continúe superando las muertes causadas por la guerra de Vietnam, Afganistán e Iraq juntas.

En Argentina, tres de cada cuatro causas por infracción a la ley de drogas son simplemente por tenencia de consumo personal, y el 76% de éstas se inicia por una “actitud sospechosa” que lleva a requisa ilegal, una costumbre que predomina en los países latinoamericanos. Bajo la misma lógica, en Bolivia y Chile, debido a que las grandes mafias resultan incansables, la guerra contra las drogas se sigue alimentando con las mujeres pobres –la mayoría madres solteras con secundaria incompleta– que son capturadas a diario transportando droga.

Miles de personas con trastorno de estrés postraumático –como excombatientes de guerra– continúan siendo medicados con antidepresivos, ansiolíticos y antipsicóticos con efectos de secundarios potentes, sólo porque sustancias como los psicodélicos –las sustancias más benignas de todas las drogas y con grandes alcances terapéuticos para la salud mental– continúan siendo consideradas sustancias controladas.

En México, uno de los principales importadores de las políticas prohibicionistas norteamericanas, hubo más de 250 mil homicidios relacionados a la guerra contra las drogas entre el 2006 y el 2018 –sin contar los desaparecidos y las fosas comunes–, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y el Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP).

A pesar de los beneficios, el número de países que aplican la reducción de daños se ha estancado desde el 2016 y menos de la mitad de los países en los que se usan drogas inyectables han implementado instalaciones para ello. En México, debido a la falta de una política pública, se han reducido el número de organizaciones enfocadas en la reducción de daños y se sigue consolidando la idea de que el usuario de drogas tiene menos derechos para acceder a servicios de salud.

La razón de todas estas desgracias continúa siendo los tomadores de decisiones que ante la evidencia dicen “no, no es así”.

Sí. Está tan distorsionado el imaginario oficial sobre las drogas que mucha de la información correcta es increíble, en todos los sentidos. Si la información sustentada, corroborada, estudiada, verídica, no penetra en los negacionistas ni tumba los intereses particulares de estos, ¿para qué sirve la información de calidad sobre las drogas?

Como lo ha demostrado la lucha cannábica, la información y la acumulación de información de calidad, tarde o temprano, funciona. ¿Cuándo será el turno de todas las drogas, es decir, de todas las personas criminalizadas en vano? No lo sabemos. La información estará esperando su momento.

* Raúl Lescano Méndez (Lima, 1988) es confundador y editor de Soma, plataforma de periodismo y curaduría de información sobre drogas, y la editorial Sin Humo, dedicada a servicios de información de calidad para empresas y proyectos independientes. Ha escrito para medios como Vice, Bocas, El Espectador, Gkillcity, Buensalvaje, entre otros. También ha sido becario de la FNPI y del CIDE. Es autor del blog Subraya y Conecta.