Evasión y negación, deporte nacional

Jorge Hill · 22 de enero de 2017

Evasión y negación, deporte nacional

Hay algo arraigado en el mexicano. Es raro verlo en otras nacionalidades, a menos de que sean de esas pocas anacrónicas que se mantienen en extremo patrióticas. Somos negadores y evasivos de nuestras realidades nacionales hasta el grado del delirio. La evasión, casi de una psicosis institucionalizada y socialmente compartida, llega al grado de acostumbrarse al asesinato, al desmembramiento, a la violación y a la normalización de una nula calidad de vida. No contentos con lo anterior, podemos proferir, después de leer o escuchar esto, un “No estamos tan mal…” seguido del clásico y vibrante “¡Viva México, cabrones!”.

Situaciones como lo sucedido en la escuela de Monterrey hace unos días, donde un menor disparó contra sus compañeros y maestra, nos abren los ojos sólo un momento. El siguiente paso automático, esclavos de nuestra propia repetición, es regresar a la evasión y a la negación. Se llama a hablar con los hijos, a quererlos y cuidarlos. Se pone la solución en el amor, como en tantas películas gringas mamonas, como en lo que vemos en las telenovelas, como en todo aquello que se ha creado para hacernos sentir bien rápidamente y sacar la cartera a la misma velocidad. Se llama a llevar a los niños al psicólogo. Se llama rápidamente, también, a la mano dura. La solución más rápida y efectiva en la que podemos pensar es quitar libertades, castigar, anular la privacidad y otros derechos básicos. Seguimos en el rancho del abuelo.

Querer y cuidar a los hijos, hablar con ellos de sus preocupaciones y miedos, ahí debería estar siempre. El cuidado a la salud mental, también. Pero al dejar la solución ahí negamos y evadimos el problema mayor, el de un país donde la violencia es sistémica, estructural. La vivimos a diario, en todo.

Los padres no quieren escuchar la realidad, no es para menos, pero bien la expresa Sue Klebold, madre de uno de los estudiantes que dispararon en la masacre de Columbine: El amor no basta. Desgraciadamente, el amor y el cuidado a los hijos no es una gran defensa ante el bullying que nos encontramos en la escuela y fuera de ella, no nos salva del clasismo grotesco de este país o de la violencia encarnada en nuestro propio hartazgo hacia ella. Los victimarios siempre fueron víctimas en algún momento, y esto se nos olvida rápidamente al buscar culpables, segundo acto de toda tragedia después del schock inicial.

También se nos olvida que la baraja genética se reparte desde antes de nacer, y que es muy poco lo que se puede lograr contra ella “con amor”, sobre todo si el entorno general es desesperanzador. Para colmo, la malinterpretación, estigmatización o  trivialización de las enfermedades mentales, es otro de nuestros lastres comunes.

No queremos saberlo, no queremos leerlo ni escucharlo. Sí, es doloroso, pero: no, el cambio no está en uno. Dejemos de hacernos tontos a nosotros mismos, de negar y de evadir. El cambio está en la presión comunitaria, en el sentido de comunidad que este país sumamente violento y que premia el individualismo aún no ha desarrollado, y no se ve para cuándo. El cambio sí podría estar en la auténtica presión social para lograr políticas públicas efectivas, para arrancarlas a un gobierno corrupto e inepto sumido en una esfera intocable de poder. El cambio sí podría estar en las consciencias, en la capacidad de ver la gran enfermedad extendida para poder tratarla, en aceptarla, en dejar de creer en cuentos de hadas. Estamos enfermos y no queremos aceptar nuestra enfermedad. Así, no hay manera de tratarla.

Seguir negando y evadiendo, el deporte nacional, sólo seguirá generando víctimas. Y ni lo dude usted por un sólo momento, algunas de ellas se convertirán en victimarios.

 

@JorgeHill