La guerra en Etiopía

Joel Aguirre · 5 de octubre de 2026

La guerra en Etiopía

Se reanudaron las hostilidades en Etiopía. Colapsó el alto al fuego que había contenido la violencia de la guerra de Tigray desde los Acuerdos de Pretoria de 2022. Sin embargo, la reanudación de los combates en el norte del país no representa simplemente el fracaso de un acuerdo de paz. Es la manifestación más reciente de una crisis política y territorial mucho más amplia, en la que confluyen la fragmentación del Estado etíope, tensiones políticas, conflictos armados con raíces étnicas, disputas territoriales aún sin resolver y una creciente rivalidad con sus vecinos. El riesgo, por tanto, no se limita a que Etiopía vuelva a sumirse en una guerra civil, sino a que sus distintos conflictos internos terminen conectándose con las guerras y rivalidades que atraviesan el Cuerno de África.

Durante las últimas semanas, Etiopía ha vuelto a entrar en una dinámica de guerra abierta, sobre todo en el norte del país. El 23 de septiembre, fuerzas vinculadas al Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) tomaron varias instalaciones estratégicas en la región de Tigray y ampliaron sus operaciones hacia zonas fronterizas de las regiones de Afar y Amhara. Desde entonces, los enfrentamientos entre las fuerzas federales y una nueva coalición de grupos armados han escalado rápidamente.

Esto supone la ruptura de facto del acuerdo de Pretoria de 2022, que había puesto fin a una guerra de dos años entre el gobierno etíope y el TPLF. Aquel periodo de la guerra dejó alrededor de 600,000 muertos como consecuencia de la violencia, el hambre y el colapso de los servicios sanitarios. El acuerdo detuvo los combates, pero en gran medida no resolvió las tensiones que los habían provocado. 

Etiopía no atraviesa un solo conflicto, sino una serie de guerras e insurgencias simultáneas, con actores, territorios y causas diferentes. En el norte, el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF) vuelve a enfrentarse al gobierno federal en una disputa marcada por el poder político, el control territorial y el futuro del federalismo etíope. En la región de Amhara, las milicias Fano combaten contra las fuerzas federales, así como a otros con los que han estado involucradas en enfrentamientos como el Frente de Liberación Popular de Tigray (TPLF), el Ejército de Liberación Oromo (OLA) y el ENDF; así como también se han enfrentado con las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) en la frontera entre Etiopía y Sudán. 

Enfrentamientos intercomunitarios y disputas territoriales

Mientras tanto, en Oromia, el Ejército de Liberación Oromo (OLA) mantiene una insurgencia de larga duración contra Addis Abeba, vinculada a demandas de autonomía y a la representación política de los oromo, el grupo étnico más numeroso del país. A estos conflictos se suman enfrentamientos intercomunitarios y disputas territoriales en otras regiones, que no necesariamente responden a las mismas divisiones políticas.

La novedad de la crisis actual es que Tigray ya no constituye un conflicto aislado; pues, el TPLF se ha aliado con otros seis grupos opositores, entre ellos las milicias Fano de Amhara, el Ejército de Liberación Oromo (OLA), el Frente de Liberación Nacional de Ogadén (ONLF) y movimientos armados de Afar, Benishangul-Gumuz y Gumuz. La alianza reúne a organizaciones con agendas y bases regionales distintas, algunas históricamente enfrentadas entre sí, pero unidas por su oposición al gobierno del primer ministro Abiy Ahmed Alí y su objetivo de establecer un gobierno de transición.

Como tal se trata de una alianza esencialmente táctica, pues sus integrantes tienen intereses territoriales, identidades políticas y proyectos para Etiopía muy diferentes. Esto explica por qué la nueva coalición resulta particularmente significativa, ya que, por primera vez, movimientos armados procedentes de regiones con conflictos históricamente distintos plantean una estructura común contra el gobierno central. Sin embargo, vale la pena matizar que su capacidad para coordinarse militarmente y, sobre todo, para construir una alternativa política común a largo plazo sigue siendo incierta.

La geografía del conflicto también está cambiando. Los combates se han extendido hacia Afar, región estratégica porque conecta el interior etíope con las rutas hacia el mar Rojo. Al mismo tiempo, el conflicto se ha extendido más allá de Tigray, y ahora incluye las regiones de Amhara y Afar; lo que genera un sistema de guerras superpuestas en el que una ofensiva en una región puede desencadenar movimientos militares en otra.

El papel de Eritrea, Sudán y Egipto

A esta dimensión interna se suma una crisis regional cada vez más volátil. El gobierno en Addis Abeba acusa a Eritrea, Sudán y Egipto de apoyar a las fuerzas opositoras. El general Birhanu Jula, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa Nacional de Etiopía ha acusado específicamente al gobierno de Asmara de financiar al TPLF y ha señalado también a Jartum y El Cairo de buscar desestabilizar a Etiopía. Los tres países rechazaron públicamente las acusaciones etíopes. Sin embargo, esto genera el riesgo de que el conflicto adquiera una dimensión transnacional.

La acusación contra Eritrea resulta particularmente significativa porque, durante la guerra de 2020-2022, Asmara fue uno de los principales aliados militares del gobierno etíope contra el TPLF. Sin embargo, aquella alianza rápidamente dio paso a una nueva rivalidad, marcada especialmente por la insistencia de Addis Abeba en recuperar una salida al mar Rojo.

La crisis diplomática alcanzó un nuevo nivel cuando Etiopía cerró su embajada en Eritrea y expulsó diplomáticos eritreos. Asimismo, Eritrea anunció que rompía todas sus relaciones diplomáticas con Etiopía. Por su parte, Asmara negó nuevamente estar proporcionando apoyo militar a los grupos que combaten contra Addis Abeba.

La ruptura es especialmente peligrosa porque elimina uno de los mecanismos que podrían contener una escalada entre dos Estados que ya libraron una guerra entre 1998 y 2000. Si Etiopía interpreta la presencia o asistencia eritrea a grupos armados como una amenaza existencial, la guerra en Tigray podría adquirir rápidamente una dimensión interestatal. Este es precisamente el riesgo de que los combates y el conflicto interno de Etiopía termine extendiéndose hacia Eritrea y Sudán.

Sudán y Egipto también tienen lo suyo

Sudán constituye el segundo gran factor de riesgo. El país atraviesa su propia guerra civil entre las Fuerzas Armadas Sudanesas y las Fuerzas de Apoyo Rápido, y sus relaciones con Addis Abeba se han deteriorado; sobre todo porque el gobierno sudanés ha acusado a Etiopía de apoyar a grupos rebeldes en la guerra civil sudanesa. Al mismo tiempo, Sudán mantiene vínculos cada vez más estrechos con Eritrea. Esto crea la posibilidad de que las guerras sudanesa y etíope comiencen a retroalimentarse.

Egipto añade una tercera dimensión. Si bien el gobierno en El Cairo ha buscado ser anfitrión de una cumbre entre los gobiernos de Sudán, Etiopía y Eritrea para reducir las tensiones, no podemos ignorar que aún existe la rivalidad entre El Cairo y Addis Abeba por la Gran Presa del Renacimiento Etíope; la cual lleva años convirtiendo el Nilo en un asunto de seguridad nacional para ambos países. Si Egipto llegara a involucrarse indirectamente en la guerra etíope, la crisis dejaría de ser principalmente un conflicto del Cuerno de África y pasaría a vincularse directamente con una de las principales disputas geopolíticas del noreste africano.

El resultado es un escenario particularmente complejo, pues Etiopía no enfrenta una sola guerra, sino varios conflictos parcialmente conectados. Los conflictos en las regiones de Tigray, Amhara y Oromia tienen causas distintas, pero ahora convergen en una oposición armada al gobierno federal. Paralelamente, las tensiones con Eritrea, Sudán y Egipto ofrecen a los actores internos posibles apoyos externos y a los gobiernos regionales, nuevos incentivos para intervenir.

El riesgo más importante no es necesariamente que las revueltas derroquen al gobierno en Etiopía, sino que el conflicto interno etíope termine formando un único espacio de confrontación regional. La ruptura con Eritrea elimina una barrera diplomática fundamental justo cuando el conflicto de Tigray vuelve a militarizar la frontera. Si esa dinámica continúa, el Cuerno de África podría encontrarse nuevamente ante una guerra cuyo campo de batalla atraviese las fronteras nacionales y cuyos actores sean mucho más numerosos que los que aparecen inicialmente en el frente interno etíope.♦ 

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