Redacción Animal Político · 31 de julio de 2024
Año con año, miles de jóvenes culminan sus estudios de bachillerato y se enfrentan a una de las decisiones más importantes de su vida: la elección de carrera universitaria. Esta elección se ve influenciada por factores externos como la expectativa salarial individual, el género, el círculo social, o por factores internos como la vocación, las habilidades y los intereses. Pero la ética es un factor que suele pasar desapercibido.
Cuando un estudiante se encuentra en su proceso de elección, ya sea de manera individual o con el apoyo especializado de un(a) orientador(a) vocacional, la atención suele centrarse en sus gustos, pasatiempos, habilidades, intereses y aptitudes, así como en su proyecto de vida y las opciones que tiene en cuanto a carreras y universidades disponibles en su localidad. Cuando se tiene acceso a orientación vocacional (OV), se invita a que el estudiante responda una batería de pruebas psicométricas y otros instrumentos vocacionales que le den luz sobre su futuro ocupacional para que, una vez con la interpretación de resultados, comience a indagar sobre los planes de estudio de las carreras de su interés. Sin embargo, los aspectos relacionados con los códigos de ética se dejan fuera de la búsqueda, tanto de las instituciones de educación superior como de las profesiones.
Acercar a los jóvenes a la ética académica y profesional es imprescindible para formarlos como profesionistas con integridad académica y laboral, interesados realmente en el funcionamiento, desarrollo o mejoramiento de la sociedad, de tal suerte que, desde que se encuentren eligiendo su futuro académico, conozcan cómo sería deseable el ejercicio de su trabajo.
Además, cuando de carreras del área de ciencias biológicas, químicas y de la salud se trata, sería importante que el estudiante sepa de antemano que la enseñanza y la investigación con organismos vivos está regulada, primeramente, por la ley y también por el comité de ética de la universidad. Por ejemplo, si se tiene pensado estudiar algo relacionado con animales, pero se está en contra de la experimentación animal, no se deberían descartar per se carreras como Biología o Medicina Veterinaria, ya que el artículo 46 de la Ley de Protección a los Animales de la Ciudad de México establece que los profesores deben proporcionar prácticas alternativas; no obstante, muchas veces los bachilleres desconocen esta información.
De igual manera, esto podría incentivar la reflexión sobre las implicaciones éticas y bioéticas del ejercicio de cada profesión: ¿por qué quiero estudiar esa carrera?, ¿a quiénes beneficia?, ¿cuál es su impacto ambiental tanto positivo como negativo?, ¿cuáles son las normas morales y jurídicas que regulan sus prácticas?, ¿esa carrera está en sintonía con mis valores y mi moral? Así, integrar la ética en la orientación vocacional no sólo beneficiaría a los estudiantes en la elección de una carrera que coincida con sus valores personales, también contribuiría a la creación de una sociedad más consciente y responsable. Profesionistas formados bajo estos principios éticos tendrían un mayor compromiso con su entorno, incluso promoviendo prácticas laborales justas y sostenibles, abogando por el bienestar común por encima de intereses individualistas o meramente corporativos.
Con estas consideraciones en los procesos de orientación vocacional, exhortaríamos a los jóvenes a lograr un perfil profesional que incluya las pautas de comportamiento que deben cumplir consigo mismos, con el medio ambiente y los demás animales (y el resto de los seres vivientes), y no sólo se preocupen por adquirir los conocimientos y habilidades que demanda la carrera.
Si bien la labor de las y los orientadores vocacionales debe ser imparcial y de ninguna manera tendrían que hacer recomendaciones cargadas de sus propios juicios éticos, es posible (y hasta necesario) que fomenten la reflexión crítica en torno a la elección de carrera. De esta manera propiciarían que los estudiantes elijan por vocación, pero también con ética y responsabilidad, de tal suerte que las instituciones de educación no sean (o sigan siendo) “fábricas de monstruos educadísimos”, como las llamó Victor Frankl.
En resumen, incluir la ética como un componente central en el proceso de orientación vocacional no sólo enriquecería la formación académica y profesional de los jóvenes, sino también fomentaría una cultura de integridad y responsabilidad social. De esta manera, estaríamos formando profesionales y ciudadanos competentes y comprometidos con la mejora continua de la sociedad, y posiblemente se generaría un impacto positivo y duradero en nuestro entorno.
* Poleth Reyes es licenciada en Pedagogía por la Facultad de Filosofía y Letras de UNAM; encargada de Relaciones Públicas en el Instituto Mexicano de Orientación Vocacional y Profesional; se encuentra cursando el diplomado en Bioética del Programa Universitario de Bioética.
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