La estrategia del gatopardo en el IMSS-Bienestar: cambiar todo para que nada cambie

Redacción Animal Político · 9 de diciembre de 2025

La estrategia del gatopardo en el IMSS-Bienestar: cambiar todo para que nada cambie

En México, la política de salud pública vive una paradoja peligrosa. Dice que es una de las transformaciones más profundas del Estado, pero en su operación diaria reproduce viejos vicios con nuevos nombres. El caso del IMSS-Bienestar es hoy el mejor ejemplo de la estrategia del gatopardo aplicada al sector salud: cambiar la estructura institucional para que, en el fondo, nada cambie realmente. El discurso se transforma, la realidad operativa permanece —o empeora—.

En papel, el IMSS-Bienestar nace como solución al desorden, al desabasto y a la fragmentación del sistema. En los hechos lo que enfrentan hospitales, personal médico y proveedores es un ecosistema de pedidos mal generados, logística fallida, bloqueos administrativos y un trato institucional que raya en la burla. La simulación de la reforma es cada vez más evidente.

El primer gran problema está en el origen de todo: los pedidos mal planeados. Órdenes incompletas, duplicadas con claves erróneas o volúmenes que no corresponden a la demanda real. Se compra sin escuchar al hospital; se ordena sin dialogar con el consumo histórico; se programan insumos sin inteligencia clínica. El resultado es absurdo: almacenes llenos de productos que no se requieren y estantes vacíos de medicamentos esenciales. El sistema compra, pero no abastece; registra, pero no resuelve.

A esta falla estructural se le suma una logística nacional colapsada: retrasos crónicos, rutas ineficientes, entregas parciales e inventarios mal distribuidos. Medicamentos tardan semanas en llegar o arriban cuando el tratamiento ya no es útil. Cada error logístico no es un simple retraso administrativo: es una cirugía pospuesta, terapia interrumpida y complicación evitable. En salud pública la ineficiencia logística también enferma.

El tercer eslabón de esta cadena de disfunciones es el bloqueo sistemático de los procesos de revisión y pago: proveedores que cumplen con entregas enfrentan un viacrucis administrativo: sistemas que no cargan, ventanillas que no reciben, observaciones repetidas sin criterios claros. El derecho al pago se convierte en carrera de resistencia; administración que no audita, desgasta, y mientras tanto la deuda crece en silencio.

Pero quizá el elemento más corrosivo del modelo actual sea la normalización del maltrato a proveedores: no sólo por los pagos tardíos que reciben, sino por una cultura institucional de incumplimiento, promesas vacías y silencios asfixiantes. Financieramente quienes sostienen el abasto son las empresas, muchas de ellas pequeñas y medianas, operando durante meses sin recibir un solo peso, financiando de facto al Estado sin garantías ni certidumbre ni respeto. El gobierno exige puntualidad absoluta, pero responde con retraso crónico.

Nada de esto es casual. La estrategia del gatopardo no busca resolver de fondo, sino administrar el conflicto sin tocar las estructuras reales de poder y control. Se centraliza la operación, se concentran las decisiones, se desmontan esquemas previos, pero no se construyen capacidades técnicas suficientes. Se privilegia la narrativa política sobre la logística, la propaganda sobre la planeación, el control sobre la eficiencia.

El costo de esta simulación no es abstracto. Se mide en pacientes sin medicamento, en médicos sin insumos, en proveedores al borde de la quiebra. Cada pedido mal planeado y mal hecho, es una cama sin tratamiento. Cada factura no pagada es una cadena productiva que se rompe. Cada retraso logístico es una oportunidad perdida de salvar una vida.

Desde una mirada de política pública, el IMSS-Bienestar opera hoy como un sistema hipercentralizado sin inteligencia operativa. Se transformó la arquitectura institucional, pero se descuidó lo esencial: el pedido correcto, la ruta eficiente y el pago oportuno; cambió la forma, pero no el fondo, justo la esencia del gatopartidismo.

La paradoja es brutal: mientras el discurso oficial responsabiliza históricamente a los proveedores de los males del sistema, en la práctica son ellos quienes sostienen financieramente la operación día a día. Sin créditos públicos, sin financiamiento garantizado y sin reglas claras, el Estado que debería ser el pagador más confiable del país se ha convertido en uno de los deudores más riesgosos.

Lo más inquietante es que este modelo parece funcional al control político: precariedad genera dependencia; caos permite discrecionalidad; adeudo produce sumisión. Un sistema desordenado es más manejable desde el poder, que uno eficiente y transparente.

La salud pública no tolera simulaciones porque el cuerpo humano no entiende discursos; los medicamentos no llegan con propaganda. Hay un sistema que funciona o hay un colapso administrado. Y hoy, bajo lógica del gatopardismo, lo que tenemos no es transformación real sino una reconfiguración burocrática que mantiene intacta la ineficiencia, la opacidad y la deuda moral con pacientes y proveedores.

México no necesita más cambios cosméticos en el sector salud; necesita planeación real, logística profesional, trazabilidad en pedidos, pagos puntuales. De lo contrario seguiremos cambiando todo… para que nada cambie.

* José Luis García Rodríguez es presidente de la Asociación Mexicana para la Distribución Institucional de la Salud, A. C. (@ASMEDISmx).