Redacción Animal Político · 18 de marzo de 2024
Los permanentes flujos migratorios hacia zonas de agricultura intensiva del norte de México siempre han estado acompañados no solo de los sinsabores que implican trasladarse a lugares lejanos, sino también de la algarabía de las familias por conocer nuevas tierras, morar nuevos hogares, realizar otros trabajos agrícolas. Estos constantes flujos de personas que llegan a nuevos territorios, nuevas localidades, nuevos espacios, es también la extensión de costumbres y saberes que se entremezclan con los ya existentes. De este modo, las localidades ubicadas en zonas agroexportadoras son crisoles que reflejan la diversidad de grupos humanos con lengua, comida, festividades, saberes y prácticas sociales distintas. En este panorama, las personas jornaleras agrícolas y sus familias se insertan en dinámicas que a veces les interpelan en sus modos de hablar, de vestir, de comer, por su color de piel, etcétera, y son presas no solo de los campos agrícolas que, en algunos casos, son las primeras moradas para vivir, sino también del rechazo social.
En distintas zonas agrícolas de Sonora se ha elaborado la categoría social del “oaxaquita” o “oaxaco” como sinónimo de migrante, indígena, con algunas connotaciones negativas sobre su modo de hablar, en particular por la utilización de alguna lengua materna. Pareciera que dichos términos se refirieren exclusivamente a personas del estado de Oaxaca, pero es adjudicado para aquellas que comparten el ser migrante, moreno/a, de estatura baja, hablantes de alguna lengua materna y que, además, se parte del pre-juicio de que son “sucios/as” y/o con “costumbres raras”. Si el castellano es el uso corriente para la comunicación oral y escrita, las lenguas triqui, mixteca, nahua, zapoteca, mixe, etcétera, se convierten en objetos de una reacción poco tolerante por decir lo menos.
Las razones de esta estigmatización hunden sus raíces en la colonización europea, y la configuración del nativo americano como alguien inculto, arcaico, que requiere ser “educado” por el hombre blanco. En el México posrevolucionario se trató de asimilar a las comunidades nativas originarias para, de este modo, incorporarlas al “desarrollo compartido”; décadas después esto no sucedió, el campo se empobreció y las comunidades empezaron un largo éxodo hacia otros lugares. Como nos cuenta Gerardo Rodríguez en el libro “Racismos entrelazados” (UNAM-2023, cuya coordinadora es Cristina V. Masferrer), los/as trabajadores/as agrícolas son racializados/as desde o “junto al” capitalismo agrícola. Los campos agrícolas son marcos perfectos no solo para la vigilancia de los/as trabajadores/as sino, además, de reforzadores de la racialización. Rodríguez encuentra términos como “cochos”, “sureños”, “indios” y “guacho”, con las mismas funciones de estigmatizar a los/as trabajadores/as agrícolas para las zonas del Grullo, en Autlán y la Costa de Hermosillo. Este mismo autor, junto con Carmen Arellano y Patricia Aranda, realizan un análisis de prensa para identificar los marcadores lingüísticos que racializan, es decir, las palabras que se usan para poner en el centro del discurso “lo racial”; de 716 notas, 293 tenía como palabra clave “indígena”, 192 “pobreza”, 85 “discriminación”, entre otras.
Por la experiencia propia en las comunidades agrícolas de Sonora, la utilización del término “oaxaquita” encapsula, además, una forma de ubicar al “otro”, “al que viene de otro lado”, en una posición de menos valor, inferior, porque la herencia colonial, más acentuada en sectores del norte de México, produce una idea de superioridad blanca. En dicha tesitura, además, al usar el diminutivo se intenta infantilizar al sujeto aludido. Durante la reproducción de discursos racializadores, que racializan, no significa que la persona que lo utiliza sea realmente de color de piel “blanca” sino que es una forma de desaforar, excluir, ya sea por temor (a ser desplazado de su empleo por “otro”) o la firme creencia de que “los/as oaxaquitas” realmente poseen los rasgos que les desacreditan socialmente.
Las personas que son marcadas por el estigma racial, es decir su color de piel, pueden resistir a tales violencias. Pero dichas resistencias son de distintas fuerzas, pues para el caso de las personas jornaleras agrícolas viven la imposición de una disciplina laboral que no solo discrimina sino deteriora los cuerpos de hombres y mujeres. El margen de maniobra para resistir la discriminación racial es poco en el sentido de que el capitalismo agrícola es tan apabullante, que la fuerza de trabajo reproduce las disciplinas laborales bajo el riesgo de perder el empleo si no se someten a estas, y con ello, se aceptan tácitamente los procesos de exclusión y la disminución como sujetos racializados.
* José Eduardo Calvario Parra es Doctor en Ciencias Sociales con especialidad en Sociología por El Colegio de Sonora y parte de la Red Nacional de Jornaleros y Jornaleras Agrícolas.