El mundo se está hundiendo a velocidades extremas, pero qué bonito suena el cuarteto neoliberal mientras todo se colapsa. Igualito que en la escena del Titanic donde los señores no dejan de tocar mientras todo se va a la mierda.
Los glaciares se derriten, los misiles caen, el mar sube, el PIB baja… y en Suiza se brinda con vino biodinámico por la “innovación sustentable”.
Bienvenides al siglo XXI: una tragicomedia global escrita por hombres blancos en traje, actuada por políticos verdes de papel, dirigida por el ego de cien cabrones y sufrida por una audiencia con boleto introducido –gratis– de lavativa… Porque mira bien, esto no es una crisis. Es una coreografía de decadencia con financiamiento transnacional.
En 2025, el crecimiento económico mundial roza el 2 %. A este paso, vamos a llegar a Marte con menos gasolina que un mototaxi en Neza. Pero la fiesta sigue: las élites reparten dividendos como si fueran bendiciones, mientras el 60 % del planeta vive con miedo al recibo de la luz.
Las guerras se multiplican como si alguien tuviera acciones en el caos. La inflación se disfraza de “ajuste natural”. La desigualdad ya ni se disimula. Y la respuesta siempre es la misma: “el mercado lo dictó”. Como si el mercado fuera una divinidad moderna y no un eufemismo para el saqueo legalizado.
Por qué fue una pésima idea atacar Irán:
El reciente ataque de Israel a instalaciones energéticas iraníes no fue un movimiento estratégico: fue una provocación petrolera con consecuencias globales. Golpear la infraestructura energética de Irán —particularmente el yacimiento South Pars y depósitos clave en Teherán— equivale a jugar dominó con dinamita.
Resultado: pánico en los mercados, el barril de crudo disparado más allá del 14 %, y la amenaza real de que se cierre el estrecho de Hormuz, la arteria por donde fluye el 20 % del petróleo mundial.
Y si se cierra esa válvula, el mundo entero se asfixia.
¿Intereses ocultos? Sobra decirlo: limitar la expansión iraní en el Golfo, desviar la atención del desastre en Gaza, proteger las inversiones saudíes y garantizar la continuidad de contratos energéticos donde la “paz” se negocia en barriles, no en votos.
Todo esto, claro, envuelto en celofán geopolítico y vendido como defensa de Occidente.
El costo de la obediencia global:
- El sur global seguirá pagando con vidas y recursos lo que el norte planea desde escritorios con vista a los Alpes.
- La energía volverá a ser instrumento de castigo, no de bienestar.
- Las democracias se volverán cada vez más performáticas, más decorativas y menos funcionales.
- Y el planeta… ese sigue sangrando, pero con eficiencia suiza: la devastación ambiental y humana no es caótica ni impulsiva, sino altamente planificada, legitimada por tratados, precios de mercado, consejos de administración y, sí… por cumbres en Ginebra o Davos.
Esto no es distopía. Es business as usual con peor iluminación y cero filtros.
Epílogo: nos estamos traicionando como especie.
Jean-Paul Sartre escribió que “el infierno son los otros”, pero se equivocó de siglo. El infierno somos nosotros mismos, cuando elegimos la comodidad de la ceguera ante la incómoda lucidez y transparencia de la verdad.
Montaigne, por su parte, advirtió: “El hombre no sufre tanto por lo que ocurre, sino por cómo se lo cuenta a sí mismo”. Y así vamos: narrándonos el colapso como desarrollo, la guerra como seguridad, el saqueo como inversión, el privilegio como mérito. Nos estamos contando la peor historia posible —y, encima, ¿nos la creemos?
Vivimos una era donde la autodestrucción ya no es un accidente: es la consecuencia lógica de obedecer sistemas diseñados para devorarnos a todos, excepto a quienes los administran. Y lo hacemos con una mezcla de ironía, impotencia y chingos de likes.
Roma no cayó en un día. Cayó mientras brindaban, discutían sobre el precio del trigo, y planeaban la próxima campaña militar para proteger el status quo. Justo como ahora.
No es que estemos al borde del abismo, es que estamos abriendo una franquicia ahí.
¿Y si ya no se trata de resistir, sino de imaginar algo radicalmente distinto? No más reformas decorativas. No más cumbres con hashtags.
La pregunta ya no es qué va a pasar con el mundo. La pregunta es: ¿cuántos colapsos más necesitamos para dejar de normalizar que un puñado de bobos decida por el resto de nosotros?
La historia ya está escrita, pero no en piedra; si no la reescribimos pronto, la van a imprimir en servilletas de Davos —y encima nos la van a cobrar en cuotas.
Imagina que el planeta es una casa muy grande donde todos vivimos. Esa casa tiene muchos cuartos (países), y algunos cuartos son más grandes, más ricos y con más juguetes (Estados Unidos, Europa, China, Israel…), y otros apenas tienen lo básico para vivir.
Ahí te va masticadito y en la boca:
Imagina que en esa casa, los cuartos ricos no solo quieren tener sus cosas, sino también controlar lo que los otros comen, cómo lo limpian, qué luces prenden y hasta cómo se visten. Dicen que es “por el bien de todos”, pero en realidad es porque no quieren perder el poder que tienen.
Entonces, los cuartos más grandes empiezan a hacer cosas como poner reglas que solo les favorecen a ellos, gastar muchísimo en tecnología, y hasta empezar peleas con otros cuartos para que nadie más crezca o se vuelva fuerte.
Y lo peor es que esas peleas —aunque no estén pasando en tu cuarto directamente— te afectan. Porque si se pelean con el cuarto donde están los cables de la luz o el agua, toda la casa sufre: sube el precio del pan, se va la luz más seguido, o tu papá pierde el trabajo.
Estamos dejando que esa casa se destruya desde adentro, mientras los que están en los cuartos grandes siguen haciendo fiestas y reuniones para “arreglar todo”, pero sin cambiar nada.
El ataque de Israel a Irán fue una decisión peligrosa, provocadora y profundamente irresponsable, aunque haya sido planeada bajo el pretexto de defensa nacional o de contención militar.
¿Por qué? Porque:
1. Golpear la infraestructura energética iraní no es solo un ataque militar: es una forma de hacer que todo el mundo tiemble. Es atacar uno de los puntos neurálgicos del sistema económico global, porque Irán no es solo un país, es una pieza clave del suministro mundial de energía.
2. El estrecho de Hormuz, por donde pasa aproximadamente el 20 % del petróleo global, puede cerrarse por respuesta o presión de Irán. Si eso pasa, sube el precio de la gasolina, de los alimentos, de todo lo que se transporta. Y lo sientes tú, lo siento yo, lo siente una madre soltera en Puebla y un agricultor en Senegal.
3. Este tipo de provocación no busca paz, busca reposicionar poder. Hay intereses geoestratégicos, claro, pero también intereses económicos directos: contratos de defensa, reactivación del mercado armamentista, inversiones especulativas en energía y presión diplomática sobre potencias como China y Rusia.
4. El impacto no es solo económico. También es psicológico y social: más miedo, más odio, más polarización, más desplazamiento de personas, más discursos racistas y más recortes sociales, porque hay que destinar fondos a la “seguridad” en plan “Hola, quiero financiar un virus para destruir una ciudad” AKA inyectar dinero en industrias, laboratorios, instituciones y contratos que desarrollan, almacenan, o investigan agentes biológicos con potencial militar.
Eso incluye:
- Virus, bacterias y toxinas diseñadas o modificadas.
- Tecnologías de dispersión (aerosoles, drones, microbots).
- Sistemas de respuesta “defensiva” que, en la práctica, pueden ser armas latentes.
¿Y tú dirás y a mí qué? Ahí te va a ti qué. A corto plazo:
- El dinero rinde menos, porque todo sube.
- Hay más inestabilidad emocional, más ansiedad colectiva, más desesperanza.
- Se refuerzan políticas represivas internas “en nombre de la seguridad”.
A mediano plazo:
- Se recortan programas sociales.
- Se endurecen fronteras.
- Se multiplican las narrativas de “enemigo externo”.
A largo plazo:
- Se cierra el espacio para imaginar otro futuro.
- Nos acostumbramos al conflicto permanente, a que la guerra sea “normal”.
- Nos hacemos cómplices pasivos de una lógica donde la violencia es rentable.
¿Quién gana con eso? Los que apuestan por el miedo. Los que venden armas, seguridad, deuda, petróleo.
Y, claro, los mismos de siempre que luego nos hablan de “paz duradera” en conferencias patrocinadas por empresas petroleras.
Y así, al son de los violines, la historia no solo se repetirá sino que se va a seguir monetizando como ha pasado siempre. Por eso las posturas importan. Alzar la voz es medular.
Dejemos de comprar franquicias en el abismo por miedo a las consecuencias sociales / jetseteras a nivel individual, por favor, cñoros. Tengamos una postura INAMOVIBLE ante esto.
¡Postea en tus redes!
PEDIR PAZ NO ES ANTISEMITISMO #cienplanas.