Redacción Animal Político · 30 de octubre de 2025
Hay cosas que uno nunca planea mapear. Siempre encontramos referencias de nuestro país sobre las playas más bonitas, los espacios culturales más emblemáticos o los tacos de confianza para visitar. Pero ¿los espacios seguros LGBTIQ+? Eso sí que no estaba en mis planes. Y sin embargo, desde 2021 lo hago.
Esto no ha sido por gusto cartográfico o meramente académico, sino porque en medio del caos post-pandemia por COVID -19 se hizo evidente un gran problema: la red de refugios, albergues y centros comunitarios para personas LGBTIQ+ habían llegado a su límite. Los buzones de mensajes repletos de solicitudes. Las camas, llenas. Las historias tenían algo en común: el rechazo familiar, violencia sexual, amenazas y desplazamientos de sus lugares de origen.
Fue entonces cuando abrí un mapa en Google Earth y empecé a colocar puntos. No sabía que estaba haciendo un diagnóstico informal sobre esta situación en el país.
Son lugares gestionados por pares y aliadxs donde las personas LGBTIQ+ pueden existir sin que eso implique un riesgo o un daño a la salud. Casas, cafés, consultorías, refugios o centros culturales levantados con recursos propios, donaciones pequeñas o en casos muy excepcionales, por cooperación internacional. Son muy pocos los casos donde el recurso institucional llega, pero identificamos que, aunque hay leyes donde reconocen la no discriminación a esta población, no hay políticas públicas ni rutas estratégicas que permitan sostener estas iniciativas.
En la Ciudad de México y el Estado de México logré registrar más de 15 espacios activos entre 2021 y 2024. En otros estados, la búsqueda fue casi arqueológica: rastros en redes sociales, número desconectados, perfiles cerrados. Muchos espacios desaparecen antes de cumplir dos años de funcionamiento. No es necesariamente por la falta de compromiso, sino porque mantenerlos vigentes implica sobrevivir a la burocracia, a la persecución local y a la falta de recursos.
Recientemente, recibimos un mensaje directo en la cuenta de Diversidad Digital. Una mujer trans de San Luis Potosí escribió: “Nos quedamos sin refugio. ¿Sabes dónde me puedo quedar?”. Esta frase condensa una pregunta más amplia: ¿Qué es lo que nos está borrando del mapa?
Quizá sea la costumbre de mirar hacia otro lado. Esto visibiliza la urgencia de garantizar el acceso real a los derechos básicos que toda ciudadanía debería tener: a la vivienda, salud, justicia, a una vida libre de violencia. La política pública suele quedarse en un frágil reconocimiento de la diversidad, pero los mecanismos de protección o financiamiento sostenido, los espacios seguros son sólo una muestra de que se pueden garantizar las condiciones mínimas para una vida digna. Pero el problema no termina ahí. Esa fragilidad ha logrado la filtración y el crecimiento de discursos y prácticas antiderechos que, en distintos países, ya han logrado revertir leyes, censurar contenidos educativos y frenar presupuestos destinados a la igualdad.
México no es una excepción. Las violencias hacia las personas LGBTIQ+ sigue en aumento y la precariedad crea el terreno perfecto para que ese discurso se normalice y se repita.
En el fondo, todo esto tiene una raíz más profunda: el estigma. Ese castigo moral que recae sobre quienes no encajan en lo que socialmente se espera –en la familia, en la religión, en el cuerpo-, y que sigue funcionando como un sistema de control y exterminio. Esto ha convertido la diferencia en culpa, y ello se traduce en vulnerabilidad. Esa lógica ha desembocado en lo que vemos todos los días: violencias letales, desapariciones y exterminio simbólico o físico de las poblaciones disidentes.
Cada espacio que cierra no solo es una dirección menos en el mapa, sino una advertencia de que el estigma se convierte en política y el derecho a la vida deja de ser una garantía para todas las personas. Sin embargo, cada lugar que sigue vigente y resiste es una oportunidad más de redignificar y celebrar la diversidad con acciones comunitarias y cuidados colectivos. Paradójicamente, en nuestro país se están realizando esfuerzos de vinculación con instituciones para fortalecer estas iniciativas. Sin embargo, la sociedad organizada ha insistido en que esto no es suficiente, mientras la marea ultraconservadora se acerca.
En un proceso de memoria histórica y de georreferenciación, actualmente el mapa se encuentra en un proceso de reestructuración.
* Sergio Orihuela (IG @orihuela.__ / @diversidadigital) es psicólogo social y maestro en salud pública. Con 10 años de experiencia en el diseño de estrategias en salud mental con poblaciones LGBTIQ+ en contextos de precarización. Fundador de MenteTrans*, plataforma digital con herramientas de salud mental para juventudes trans* en México.