Joel Aguirre · 14 de julio de 2026
Una de las reglas que sigo a cabalidad, en la medida de mis posibilidades, es evitar comentar o participar de ciertas polémicas de redes sociales, por dos motivos. Primero, y más importante, las redes sociales digitales son una extensión del mundo material, de la vida cotidiana. El segundo motivo, no por ello menos importante, es que muchas de esas polémicas son creadas con dos intenciones: generar ingresos para quienes las fomentan y normalizar la difusión de ideas antidemocráticas y violentas.
El uso de redes sociales para difundir discursos de odio en el entorno digital tiene un nombre: weaponization of social media. Convertir a las plataformas en un arma, cuyos disparos no buscan herir o matar a una persona: buscan normalizar una sensación de agravio, de dolor e ira que luego puede traducirse a la vida material. Al no poder gritar abiertamente en las calles que las mujeres deberían renunciar al derecho al voto, o que hay que perseguir poblaciones racializadas o disidencias sexuales, queda el anonimato de las redes.
Aunque parezcan interacciones “orgánicas”, propias de una persona, son esfuerzos concertados. No solo son las granjas de bots, también son figuras reales, personas que difunden los principales postulados o reclamos de estos discursos para luego ser magnificados por estas redes. Estas estrategias no son nuevas y ya han sido estudiadas, particularmente en LikeWar: The Weaponization of Social Media, de P.W. Singer y Emerson T. Brooking.
También recuerdo el trabajo de Jen P. Schradie: The Revolution That Wasn’t: How Digital Activism Favors Conservatives. La socióloga recupera tres elementos de la teoría de los movimientos sociales que explican el activismo digital: la clase social, la organización en la toma de decisiones y la ideología. El primer elemento se refiere al acceso de recursos materiales y monetarios; el segundo, a la existencia de jerarquías u horizontalidad en la toma de decisiones, y el tercero, al sentido y forma de los mensajes que difunden.
Sus hallazgos, publicados en 2019 cuando empezaba a mermar el peso del activismo digital, fueron demoledores. Contra la idea popular, el activismo digital fue más efectivo en organizaciones de derecha, no de izquierda o progresistas. Con mayores recursos materiales y monetarios podían financiar esfuerzos de difusión de sus mensajes. La jerarquía clara concentraba las decisiones en un grupo que definía el mensaje. Al fomentar el miedo e ideas cimentadas en el rechazo al cambio, tenían mayor facilidad de penetrar en la discusión digital.
Por su parte, los grupos de izquierda o progresistas carecían de los recursos, porque no eran apoyados por empresarios o grupos de interés económico, usualmente iban en contra de sus intereses. Al buscar una democratización de las decisiones paralizaban las estrategias de acción que, junto a la carencia de recursos, frenaba cualquier acción de incidencia. Finalmente, esa misma democratización impedía definir un mensaje unificado claro. Esto no significa que fuera mal buscar la democracia, sino que a veces hay que saber dónde hacerlo.
La finalidad no es ofrecer una visión pesimista de las redes sociales, ni ver como una inevitabilidad el triunfo del discurso reaccionario. Más bien es una invitación a considerar las estructuras y situaciones que sustentan su virulencia. El principal dispositivo que usan para lograr sus objetivos es el ataque emocional, fomentar la ira y el odio para obtener respuestas que integren y normalicen su presencia en la discusión pública. Es una batalla perdida si uno sigue el juego.
Si lo que importa es defender los derechos adquiridos, ampliar la malla de protección social y el reconocimiento de los problemas sociales que viven las personas, la lucha no debe darse solo en el espacio digital. La cuestión es enfocar los recursos y los esfuerzos fuera de las redes sociales digitales, una trinchera por demás acotada. Antes que enfocarse en los emisores del mensaje, hay que acercarse a su público objetivo, el cual está frente a la pantalla y no detrás de ella.
La única estrategia es ganar la batalla fuera de las pantallas. Si no queremos que el discurso violento y reaccionario se reproduzca y se normalice se tiene que ganar en la calle. Hay que aprovechar que ese discurso aún no encuentra la capacidad y los apoyos para ocupar los espacios materiales, como ya ocurre en Estados Unidos o América del Sur. Eso, y no desgastarse tras un teclado, es lo que prevendrá el ascenso de las derechas reaccionarias en nuestro país. Eso, y no claudicar en la exigencia al gobierno de que no abandone las cuestiones sociales.♦