blogeditor · 17 de febrero de 2015
Tengo una amiga cuya madre está muy orgullosa del rumbo que tomó la vida de su hijo el descarriado. Ese escuincle por el que los maestros no apostaban durante su paso por la escuela y por quien los padres llegaron a temer seriamente que no les alcanzaría el aliento para enderezarlo. Pero el chiquillo progresó y liberó a la mamá del dilema de tener que negarlo en las reuniones sociales. Porque sépanlo desde ya sons of a we, que a veces no nos dejan de otra… O sí.

Tan orgullosa está, que el otro día no resistió la tentación de presumir el éxito de su bodoque frente al profesor que auguró en la secundaria que “nada bueno” le depararía el destino, y que por esos luminosos ajustes de cuentas tuvo a bien cruzarse con ella en el centro comercial. Y así, sin mayores preámbulos después del “hola, cómo está”, le sorrajó en la cara el orgullo de su maternidad: Lalito es ahora diputado. Quihubo.
Dicen que las carcajadas del maestro todavía se escuchan por el vecindario. En defensa de la mamá de mi amiga diré que ella está muy segura de lo que educó, pues su hijo podrá haber pasado la adolescencia en detención escolar y de extraordinario en extraordinario, pero nunca ha sido postulado por el Partido Verde. Tampoco es que haya muchas opciones, pero hay de partidos a partidos y de políticos a políticos, y ella crió a un buen chico que antes que político es empresario y siempre tendrá de qué vivir si los humores e intereses de las cúpulas y tribus partidistas no le favorecen.
[contextly_sidebar id=”qnr3woXGirVi5v1IQ7MHkaolDGF63Qoj”]Porque en este país hay que tener estómago o hay que confiar mucho en los principios que se inculcaron para andar presumiendo que los hijos de uno se dedican a la política. Digo, si se es gente de bien, en el mejor sentido de la palabra. El descrédito se lo han ganado a pulso aunque quieran achacarle a la cultura del mexicano lo corruptos que son y por estos días no ha de ser fácil saber que tus cuatro hijos y tu marido están tras las rejas acusados de desviar dinero del erario, después de haber pertenecido a la realeza acapulqueña. O que tu papá y tu tío, quienes te llevaron de la mano por los caminos del poder, ahora sean quienes obstaculicen tus aspiraciones laborales al ser sujetos de una investigación porque lo que te enseñaron no era lo que deberían.
Sí, estoy hablando de los Hughes Acosta y de los Aguirre y de los Alcocer, detenidos recientemente en Guerrero. Pero también del Presidente y su familia, que no entienden de conflictos de interés, y de los Murat, que se han visto duchos emparentando con hábiles mujeres que presumiblemente detentan –ellas mismas o sus familias- hartas y exclusivas propiedades en el extranjero.
Y esto por decir lo menos. Los casos extremos son el alcalde de Iguala, José Luis Abarca, y el reinado de terror que llegó a su fin con la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa. O el alcalde de Medellín, Veracruz, Omar Cruz Reyes, acusado del asesinato del periodista Moisés Sánchez. No, definitivamente no quisiera estar en los zapatos de la familia de estos sujetos, ni por supuesto de sus víctimas.
Viéndolo bien, la mamá de mi amiga tiene muy buenas razones para estar orgullosa de su hijo: a pesar de ser un empresario que ha incursionado en la política, vive de acuerdo con sus ingresos, nadie lo ha acusado de malos manejos ni prácticas corruptas y sus representados lo evalúan con un buen desempeño. Mucho decir de un integrante de esta clase política, empeñada en demostrar que a ellos eso de la transparencia y la rendición de cuentas sólo se les da si hay que aplicárselas a alguien más, porque finalmente ser político en este país sigue siendo igual o mejor que sacarse la lotería.