Joel Aguirre · 20 de julio de 2026
Por Maura Rubio Almonacid*
La escuela y la experiencia educativa que ocurre en su interior han sido objeto de análisis desde muy diversas perspectivas. No obstante, no hay duda de que la institución escolar es fundamental en la sociedad. Utilizo la palabra fundamental en sentido estricto para referirme a la base o al cimiento. La escuela es una institución esencial de la vida social porque impulsa el desarrollo de aprendizajes, cumple funciones esenciales para la convivencia democrática y es el espacio imprescindible para la formación integral de niñas, niños y adolescentes.
En una época marcada por la incertidumbre, y en un país como el nuestro que enfrenta problemáticas tan complejas, que colocan a la escuela ante grandes desafíos, es oportuno, al cierre del ciclo escolar, reconsiderar la importancia de la escuela, así como del trabajo de sus maestras y maestros en nuestra sociedad.
La escuela es el espacio donde se desarrollan los aprendizajes, donde cada nueva generación entra en contacto con un mundo compartido, con una cultura común y con la vida social. La escuela es, en sentido profundo, el vínculo entre la infancia y la sociedad; el lugar donde se aprende a convivir, a pensar, a dialogar y a participar, donde germina la vida democrática, donde se construye el futuro.
Aunque la familia, los medios de comunicación o los espacios comunitarios influyen en la formación de niñas y niños, ninguno tiene la responsabilidad deliberada de educar a todos y todas. La escuela es el sitio donde toman forma las decisiones sociales acerca de qué hay que conocer, qué merece ser preservado y qué debe ser puesto en cuestión.
Desde una perspectiva social, la escuela cumple funciones esenciales relativas al desarrollo de aprendizajes, valores compartidos y formas de cooperación que permiten que una comunidad se mantenga viva a lo largo del tiempo. Allí se aprende a vivir con otros, a respetar reglas comunes y a participar en proyectos colectivos. Por ello hace una contribución fundamental a la vida democrática.
Pero también es un espacio donde se definen oportunidades, identidades y trayectorias de vida. En ella se abren o se cierran posibilidades, se amplían o se restringen horizontes. Por eso, toda sociedad democrática debe preguntarse continuamente si sus escuelas están ampliando la participación o reproduciendo desigualdades; si están excluyendo o incluyendo, si están formando ciudadanos críticos o solo entregando calificaciones y certificados.
La pedagogía contemporánea propone mirar a la escuela como una comunidad viva. No es preparación para la vida: es vida misma. En ella se aprende a cooperar, a investigar, a asumir responsabilidades compartidas. La democracia, entendida como una forma de vivir juntos, se practica en el aula, en los pasillos, en los proyectos colectivos. No basta con enseñar valores democráticos; es necesario experimentarlos.
Educar también implica formar estudiantes capaces de analizar su realidad. A través del diálogo y la reflexión, los estudiantes desarrollan la capacidad de pensar por cuenta propia, de cuestionar lo que parece dado y de actuar con responsabilidad en la vida pública. Desde esta perspectiva, la escuela es un lugar donde se forma la autonomía.
A esta visión se suma una idea que ha cobrado fuerza en los últimos años: redefinición del papel de quienes participan en la educación. Los estudiantes tienen capacidad de agencia y son aprendices activos. La docencia consiste en facilitar procesos de aprendizaje significativos. De esta forma, la educación y, específicamente, la labor docente se orienta a abrir oportunidades para aprender, para explorar, analizar y comprender. En el espacio escolar se generan ambientes de aprendizaje donde se fomenta la curiosidad, la indagación, la deliberación, la participación, mientras se acompaña el desarrollo integral de cada persona.
Esta forma de concebir el trabajo de la escuela exige, a su vez, una reflexión sobre la ruta que tomará el trabajo de cada comunidad escolar. Una sociedad que renuncia a discutir qué considera deseable y valioso en la formación de sus niñas, niños y jóvenes termina por perder de vista la finalidad sustantiva de la educación. Por eso es indispensable un debate público sobre lo que queremos que la educación logre: qué tipo de personas buscamos formar, qué tipo de convivencia queremos promover y qué tipo de futuro deseamos construir.
Desde una visión democrática y humanista, la escuela tiene distintas finalidades inseparables. Impulsa el desarrollo de aprendizajes: abre las puertas al conocimiento de los aportes intelectuales, científicos, artísticos y culturales de la humanidad. Forma ciudadanía democrática: reúne a estudiantes diversos y los involucra en prácticas de diálogo, cooperación y responsabilidad consigo mismos y hacia los demás. Acompaña la formación personal: desarrolla juicio, autonomía, imaginación, creatividad y sentido moral. Crea un espacio protegido: un lugar donde es posible reflexionar, encontrarse con otros y trabajar en colaboración. Las oportunidades futuras de niñas, niños y adolescentes dependen en medida considerable de la forma como cada comunidad escolar dé respuesta a estas finalidades.
Hoy, concluido el ciclo escolar 2025-2026, es también oportuno reconocer el trabajo de las escuelas y, especialmente, de sus maestras y maestros. Gracias por su dedicación, por su presencia cotidiana, por su juicio profesional y por su compromiso con la formación de las y los estudiantes. Gracias por mantener viva la escuela, incluso en los momentos más exigentes. Su labor educativa inspira, acompaña y da forma al futuro que compartiremos.♦
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*Maura Rubio Almonacid es directora de Investigación de Mexicanos Primero.