¡Es la reacción, idiota!

Redacción Animal Político · 7 de febrero de 2011

¡Es la reacción, idiota!

Primero de septiembre, 1999. El presidente Ernesto Zedillo rendía su quinto informe de gobierno; tal vez el más anodino de un sexenio anodino también. Aunque fue por la tarde, iba a pasar de noche. Iba, pero al término del mismo, el panista Carlos Medina Plascencia en su calidad de presidente del Congreso dio la respuesta institucional. Y ésta no tuvo nada de institucional.

“El Honorable Congreso de la Unión, por mi conducto recibe de usted el documento que dice contener el estado que guarda la Administración Pública Federal…”

Al escuchar la palabra “dice”, el parque jurásico reunido en San Lázaro comenzó a gruñir. Primero levemente, luego con un creciente tremor.

“Es momento propicio para recordar a usted, ciudadano Presidente, su compromiso formal públicamente expresado y hasta hoy incumplido, de mantener con esta Legislatura, una comunicación fluida y permanente…”

Al oírse la palabra “incumplido” ya no solo eran gruñidos, sino bramidos, resoplidos y coletazos. El discurso de Medina fue continuamente interrumpido ante cada término inaudito: “Agravios”, “Pobreza evitable”, “Retórica vacía”, “Ritual”. Por su cara aparecieron gotas de sudor, mientras que la del presidente se había tornado pétrea. Por lo rígida y por lo gris.

Más tardó en terminar la sesión de Congreso General que la estampida de saurios dirigirse a cuanta libreta, micrófono y cámaras pudieron tener enfrente, para denunciar el asalto a la investidura presidencial. Los priístas se rasgaron las vestiduras y se echaron ceniza en la cabeza mientras repetían una y otra vez –dándose golpes de pecho- los términos “incendiario”, “intolerante”, “irrespetuoso”, “inmaduro”, “una vergüenza para el pueblo mexicano”.

Los reporteros registraron ávidamente tales expresiones, los editores tomaron nota, y los directores de los medios recibieron muchas llamadas. Cuando los noticieros de la noche abrieron, el pueblo mexicano se merendó con la noticia de que algo muy feo había ocurrido en el Congreso: agravios terribles se habían hecho a la persona del presidente y por ende al país entero. La gente escuchó horrorizada los testimonios de los testigos de la afrenta, a quienes hasta la voz les temblaba de la impresión. Una a una se sucedieron las declaraciones, los lamentos, las acusaciones. Pocas veces se había sentido tanta consternación.

Pero del discurso de Carlos Medina, nada. Algunas televisoras pasaron imágenes, sin audio: en un principio casi no se transmitieron elementos del nefando libelo. Y entonces se dio la presión: por un lado todos los actores políticos del sistema condenaban la respuesta al informe (del informe mismo ya nadie se acordó) y por el otro el público comenzó a presionar para conocer los contenidos de tal diatriba.

Y fue así como ante la presión de muchos sectores, incluyendo desde luego a la oposición, los medios destinaron espacios extraordinarios, más tarde por la noche y al día siguiente, para transmitir buenas porciones del famoso discurso de respuesta al informe de Carlos Medina Plascencia. Y la gente lo escuchó, y sonrió: ahí no había insultos ni mentiras; el discurso expresaba lo que todos pensaban. Y sí, podía haber un futuro sin el PRI.

Considero que la difusión del discurso de respuesta al V Informe de gobierno de Ernesto Zedillo dictado por Carlos Medina Plascencia en 1999 marcó un precedente determinante para que la nación mexicana se hiciera la idea de que la alternancia era posible; y el cambio se dio menos de un año después.

Pero, ¿a quién se debe la efectividad del fenómeno? Discursos de la oposición se habían escuchado en el congreso desde los años 40, y aunque éste fue un documento trabajado con gran esfuerzo y dedicación, otros ejemplos del pasado no desmerecen. ¿Cuál fue entonces, la causa por la que esta intervención se hizo tan famosa?

La reacción. La reacción al discurso de los propios políticos priístas. Al sentirse vulnerados en uno de sus íconos más venerados, los priístas reaccionaron por instinto, casi visceralmente al verse obligados los castos oídos presidenciales a escuchar las verdades de la oposición. Los medios hicieron eco de tamaña indignación, pero más tarde se vieron presionados a difundir el famoso discurso. Si no hubiera habido esa desproporcionada reacción, la “respuesta al informe” hubiera pasado a dormir el sueño de los justos como miles más; en el diario de los debates del Congreso.

La reacción y no la acción; el tiro por la culata, el balazo en el pié, escupir para arriba. Son muchos los ejemplos de este interesante efecto bumerán que demuestra lo complicado, impredecible y definitivamente interesante y divertido que es la influencia en la opinión pública a través de los medios de comunicación.

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En realidad este escrito iba a analizar el fenómeno causado por las expresiones xenofóbicas hacia México que los divertidos conductores del programa británico “Top Gear” realizaron a finales de enero pasado, pero al reflexionar sobre sus causas, me detuve en el recuerdo de lo sucedido en 1999 que viví de cerca con gran emoción. La relación entre los dos casos y mi aporte al estudio de los mismos se resuelve con una simple pregunta:

¿Cuál fue en su opinión, la verdadera razón por la cual el caso de las ofensas a México proferidas por los conductores de “Top Gear” se hizo tan relevante en los últimos días? ¿Quién es el responsable de ello?