Es la maldita impunidá

Marco Cancino · 31 de agosto de 2011

Es la maldita impunidá

‘- ¡Coff, coff, coff! ¿Qué padezco doctor?

Padeces madanito. Ya deberías de bajar de peso chinga.

– Pues eso intento.

– A ver, ¿dime qué tienes?

– ¿No ve que estoy sacando la flema mala onda? Ya hasta estoy pensando poner una ostionería.

– ¡No seas marrano!

– Oh, pues. A ver, doc Bravo, la verdad si me siento re mal, por eso me lancé hasta acá para verlo.

– A ver, cuéntame cómo te has sentido.

– Hace como un par de semanas me sentía muy mal de la garganta…

– Ajá, lo vi en feis

– Justo, pues como que me dolía la garganta y la voz me cambió, me decían que era muy sexy, que debería de haber puesto un hotline.

– No mames. ¿Te dolía la garganta entonces? ¿Tenías moco, escurrimiento, puerco cortado?

– ¿Ya ve cómo es? Pues moco no, sólo tos y mi linda voz, mi cuerpecillo no me dolía.

– Ok, ¿y luego, te empezaste a sentir mejor?

Sip. Pero como que el fin de semana pasado me empecé a sentir más mal. Otra vez la garganta, la tos fuerte, las flemas esas que parecen ostión…

– Ya, sea serio, carajo.

– Ok, ok, y luego pues nada, que los oídos me duelen, el cuerpo ahora sí, anoche ni pude dormir, me tuve que ir a tratar de dormir al estudio con mi alma, mis amigos imaginarios y mi inche tos pa no despertar a mi domadora.

– Y usted tan perro que es, seguro extrañó el empierne.

– Eso mero, es lo que más reciento, jeje.

– Bueno, ¿quieres salir de volada de esto?

– Eso mero.

Tons, ¿inyecciones están bien?

– Oiga, ¿no hay otra forma de arreglar esto? Según yo, las nachas son pa sentarse y pa sabrosearlas, no pa andarlas perforando con una jeringa.

– ¿Ya ve? Para eso me gustaba, carajo.

– Ok, tómese este antibiótico, ¿es alérgico a la penicilina?

– Nomás a mi suegris querida.

– Ok, tómese este antibiótico y estas gotas…

– ¿A usted le gusta ver go…

– No empiece con sus vulgaridades que le receto las inyecciones.

– Ok, me comporto.

– Ya lléguele.

– Gracias doc.

Ahora, el siguiente paso era comprar las medicinas para empezar el tratamiento y poder regresar a la chamba lo antes posible (ay, ajá).

Voy a la farmacia, a esas enormes en las que tienen de todo, desde pruebas de embarazo, papel de baño, aparatos para cortar el vello de la nariz, y eso sí, una multitud de gente buscando su medicina “de descuento”.

– Buenas tardes señora, ¿aquí va la fila?

– ¿Usted qué cree?

– Que sí.

– Chico inteligente.

– ¿Sabe si se necesita sacar turno?

– ¿Cómo para qué?

– Para comprar.

– ¿Entonces, para qué se forma?

– Tiene razón señora.

Después de algunos minutos, tratando de hacer más pasadera la espera porque la fila era enorme y no falta quien discute con el vendedor que esa no es la medicina, que mejor no la quiere, que siempre sí, que cambió de opinión, que de ese no era el color de la caja, que su médico le dijo que podía ser genérico y entonces porqué le daban el de esa marca, intenté de “hacer amigos” en la fila.

– ¿Está larga la fila, verdad señora?

La señora cerca de los setenta me contesta:

– Soy casada.

– Yo también.

– Peor tantito.

– ¿Qué está pensando señora, que la estoy intentando cortejar?

La señora me mira de abajo para arriba y se ríe.

– No me chingue joven, a mí me gustan más delgados y más altos y usté está re sotaco.

– No me ofenda señora, así como me ve, tengo mi pegue.

– Mira y no ve joven. Péreme, que me habla mi hija de Monterrey, que me tiene con el “Jesús en la boca” con lo de ese desmadre que armaron esos cabrones con lo del casino y esta desconsiderada que no se reporta.

– Ok.

– Ya. Estos hijos de la chingada, tienen vuelta loca a la gente en Monterrey. Y luego el cabrón de mi yerno que nomás no quiere regresarse. Vea usté que se la llevó a Monterrey a los cinco años de que se casaron, que porque el wey era de allá y que allá se vivía mejor y la chingada.

– ¿Y no fue cierto?

Pos sí, de hecho, les ha ido re bien, ya mis dos nietos terminaron su carrera en el Tec de allá y uno ya hasta vive en Atlanta, es ingeniero. La chamaca se casó con uno de allá también igual que su madre. No entienden las taradas, carajo.

– Pero si les va bien, ¿cuál es el problema?

– ¿El problema? ¿De qué lado está usté?

– No, pues el de ninguno.

– ¿Cómo que el de ninguno?

– Bueno, el de usted.

– Ok, ya me está pareciendo menos feo. Como le decía, pues que ya se venían a vivir a México nomás terminaran los hijos la universidad. Y la terminaron y no es la maldita hora que este wey me la trae de regreso.

– Pero igual y viven felices allá, ¿no?

– No juegue, con lo de la inseguridad, ¿cómo va a ser? Mi madre cuando vivía decía que la mujer tenía que estar donde el hombre decidiera, pero que no jodan.

– Pero eso ya cambio señora, ahora debe ser donde los dos quieran y puedan vivir.

Nomás siento la mirada de pistola de la doñita conservadora.

– Otra vez ya me volvió a parecer gacho joven, ¿cómo la ve?

– Pues es la verdad. Pero dígame, y entonces ¿volverán a México?

– Pos en esas andan, ahora con lo de la inseguridad el wey de mi yerno ya no tiene excusa para no irse de Monterrey, la verdad me dicen los dos que está del carajo allá, tan bonito que es, ¿conoce Monterrey?

– Sí, está bastante bonito.

– Sí, aunque nos odien a los chilangos.

– A qué le atribuye usted todo lo que pasa en Monterrey.

– ¿Sólo en Monterrey? ¡En todo el país! ¡Pues a la pinche impunidá, es la maldita impunidá!  ¿Qué otra cosa podía ser? Todo mundo hace lo que le da la gana en este país y, ¿cuántos son castigados? ¡Contésteme! ¿Cuántos?

Casi se le desorbitaban los ojos cuando lo decía. Temí que le fuera a dar un infarto.

– Pues creo que uno de cada cien delitos se castigan, señora.

– Ahí está la chingadera, se lo dije.

– Creo que es su turno.

– Gracias joven.

Por cierto, ya empecé mi tratamiento.