¿Es deseable tener un superpeso?

Redacción Animal Político · 23 de febrero de 2023

Una de las cosas que siempre me ha apasionado más de haber estudiado economía es que uno aprende a entender que hay cosas que son menos obvias y más complejas de lo que parecen a primera vista. Al estudiar economía uno aprende, por ejemplo, que hay cosas o situaciones indeseables (como la inflación), pero que su opuesto tampoco es necesariamente deseable (en este caso, la deflación). Para muchas personas esto es un sinsentido, pero no lo es para un economista que haya aprendido bien sus lecciones de macroeconomía. Me explico.

Para todos es evidente que una alta inflación es algo indeseable. Todos los que crecimos en México durante los años setenta, ochenta, o incluso noventa, conocemos de primera mano los efectos perniciosos de una inflación alta. El dinero pierde poder de compra rápidamente y los continuos aumentos de precios distorsionan muchas decisiones económicas de consumo, ahorro e inversión. No es casualidad que fue precisamente en los años noventa cuando se decidió otorgar autonomía al Banco de México y se le encomendó la tarea principal de combatir la inflación. Sin embargo, contrario a lo que muchos pensarían, el objetivo del banco central no es acabar con la inflación. Es decir, no busca lograr una inflación de cero por ciento. Uno estaría tentado a pensar que si la inflación es indeseable deberíamos tratar de que esta fuera la menor posible, cero inclusive. Otros podrían sugerir ir más allá: si la inflación es indeseable, ¿por qué no tratar de lograr una deflación, es decir, que los precios bajen? Finalmente, esto suena lógico: si nos molesta que los precios suban, ¿por qué no habríamos de querer que los precios bajen? Parece natural querer esto. O al menos plantearlo como alguna posibilidad.

Sin embargo, los economistas bien saben que la deflación es algo también indeseable. Es algo a lo que las autoridades económicas de todo el mundo temen. Hay países, como Japón, que han luchado por años para evitar una deflación. ¿La razón? Si estamos en una situación con deflación, esto también afecta las decisiones de consumo y ahorro de las personas. Es natural suponer que los agentes económicos podrían posponer su consumo de todo tipo de bienes si anticipan que los precios van a bajar en el futuro. Si todos los agentes se comportaran de esa manera, el consumo agregado caería y provocaría una caída en la demanda agregada; la producción se contraería y el desempleo aumentaría; el ingreso caería por la pérdida de empleo y el consumo se reduciría aún más derivado de la pérdida de ingresos, lo que acentuaría el círculo vicioso y provocaría una recesión económica. Por esta razón es que una deflación es algo tan indeseable como su opuesto, la inflación. Hay otras razones que explican por qué tampoco es deseable buscar una inflación de cero por ciento, ya que esto podría impedir el ajuste de precios relativos que en muchas ocasiones es deseable para acomodar los ajustes inevitables que hay en la oferta o demanda de algunos bienes.

Por todo ello es que los bancos centrales nunca buscan tener como objetivo ni el 0% ni mucho menos una deflación. La mayor parte de los bancos centrales concentran sus objetivos en alcanzar una inflación baja y estable, la cual normalmente fluctúa en un rango que va de 2% a 4%. En el caso de México, el objetivo del Banco de México es de 3% anual.

Todo el ejemplo anterior fue para ilustrar, con un caso que es relativamente fácil de comprender, aunque no es inmediatamente obvio, por qué en economía el opuesto de algo indeseable no es necesariamente deseable. Uno debe tratar de entender las ventajas y desventajas de las diferentes alternativas. Bueno, pues algo parecido ocurre con los movimientos del tipo de cambio. Si bien casi todos estaríamos de acuerdo en que un aumento significativo en el tipo de cambio es algo indeseable, no es del todo evidente cómo debemos valorar su contrario, es decir, cómo debemos valorar una reducción significativa del tipo de cambio (a lo que los economistas llaman una apreciación). De nuevo, los que vivimos en los años de alta inflación en México, nos acostumbramos a ver episodios de movimientos bruscos al alza en el tipo de cambio. Estos episodios, conocidos como depreciaciones (cuando el régimen cambiario era flexible) o devaluaciones (cuando el régimen cambiario era de tipo de cambio fijo o semifijo), producían un enorme malestar entre la población y se asociaban a mayores costos de importación, a inflación adicional y, en general, a crisis económicas constantes. Por todo ello, a buena parte de los mexicanos les queda clara que una depreciación importante es algo indeseable. Durante décadas, los mexicanos asociamos las depreciaciones cambiarias con crisis económicas. Y no es para menos, las devaluaciones importantes de 1976, 1981-82, 1985-87 y 1994-95 estuvieron todas ellas asociadas con fuertes crisis económicas.

Ahora bien, ¿quiere esto decir que una apreciación (es decir, una disminución de la paridad cambiaria) es algo deseable? En general, uno pensaría que sí. Es lo más lógico. Si una depreciación es indeseable, una apreciación parecería ser bienvenida. Sin embargo, una vez más la respuesta es menos obvia de lo que parece. Si bien una depreciación importante perjudica a la inmensa mayoría de la población (por sus efectos en inflación, precios de importación, etc.), una apreciación no necesariamente beneficia al grueso de la población. Beneficia a algunos y perjudica a otros. Beneficia, por ejemplo, a los consumidores de productos importados que, al menos en principio, podrían beneficiarse de menores precios en pesos. También beneficia a las familias que viajan al extranjero y que ahora podrían hacerlo a un menor costo en pesos. En cambio, una apreciación importante del tipo de cambio perjudica a los exportadores, quienes ahora recibirían menos pesos por sus ventas al exterior. También perjudica a todas las familias y negocios que dependen del turismo extranjero, ya que una moneda fuerte desincentiva a los extranjeros a venir a México, ya que el costo de viajar y consumir en el país se encarece para aquellos que tienen sus ingresos en dólares. Noten que esto implica que una apreciación importante afecta también a las y los trabajadores de los sectores exportadores y turísticos, ya que la demanda por sus productos y servicios podría disminuir. Finalmente, también perjudica a las familias receptoras de remesas, ya que ahora los envíos de dólares se traducirían en menos pesos. Una apreciación del peso podría ayudar al gobierno a reducir la carga en pesos de su deuda externa, sin embargo, también lo perjudica porque disminuyen sus ingresos por la venta de petróleo al exterior.

Así pues, el efecto de una apreciación es mucho más complejo de lo que uno pensaría. Por lo mismo, tener una moneda fuerte no es necesariamente algo que deba buscarse y quizá tampoco celebrarse. Aquí, como en otros temas económicos, la respuesta a la pregunta del título es “depende”. Una moneda fuerte ayuda a algunos y perjudica a otros. Si le preguntamos a los primeros, su respuesta seguramente será positiva. Si le preguntamos a los segundos, su respuesta será negativa. En cualquier caso, es importante entender las distintas aristas de este tema y no quedarnos con una visión demasiado simplista de lo que implica tener una moneda “fuerte”. Desde un punto de vista macroeconómico es sin duda un logro el haber mantenido la estabilidad cambiaria en un periodo tan turbulento como el que hemos vivido. Sin embargo, una cosa muy distinta es celebrar una apreciación cambiaria que tiene efectos distributivos importantes y que podría acarrear costos y riesgos no menores hacia adelante.

@esquivelgerardo