blogeditor · 1 de octubre de 2020
Para quienes no me conocen, mi nombre es Sara Mariana Benítez Sierra, también conocida como @samaranto. Soy historiadora y me gusta mucho divulgar el conocimiento. Disfruto dar clases y ver los rostros de todos cuando logran aprender con lo que les cuento. Soy histriónica y cuando cuento mis historias, las exagero; canto, actúo e incluso hago ruidos. Para muchos soy una persona que gusta de contar relatos “felices”, por eso algunos se sorprendieron cuando empecé a colaborar con Defensores de la Democracia (DDLD), un proyecto cuyo propósito es salvar los proyectos y trabajos de los periodistas asesinados en nuestro país.
Lo que pocos saben es que la razón por la cual entré a esta iniciativa es también el motivo por el cual decidí ser historiadora y divulgar el conocimiento de una forma poco usual. Ambas están relacionadas con mi abuelo Rafael, que en sus últimos años fue diagnosticado con Alzheimer.
El Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa que se manifiesta en un paciente a través de olvidos y retrasos de memoria. Presenciar el paso de esta enfermedad en mi abuelo me hizo ver, desde una trinchera muy personal, el problema que genera no poder salvar los recuerdos de alguien, su trabajo y sus memorias.
Ahí es donde mi motivación más personal empata con Defensores de la Democracia, cuyo objetivo fundamental es archivar la obra de periodistas que han sido asesinados… Contribuir a esto es algo que me debo a mí misma como historiadora: recuperar la memoria, combatir el olvido y ¿encontrar el perdón?
Cuando entré a trabajar a DDLD sucedió algo que no esperaba. Rápidamente me di cuenta que el pasado y el olvido están muy vigentes en el mundo noticioso, sobretodo en el mundo digital; que las palabras y los escritos de los periodistas se pueden deslizar como arena entre las manos. Por mucho tiempo me había acostumbrado a acceder a información del pasado de manera fácil en archivos digitales y no digitales. Pero de repente me encontré frente a algo mucho más cercano a mi cotidianidad… y ya no estaba.
Como encargada de la estrategia de comunicación de DDLD, empecé a sacar recordatorios de los asesinatos en Twitter, Facebook e Instagram; las stories las primeras semanas eran “In Memoriam”, mis menciones en Twitter y Facebook eran para decir “(…) fue asesinada (…) saliendo de casa”. Esas semanas me hacían tener muy presente la muerte de todos los periodistas asesinados, pero fue después platicando con Alejandra Ibarra, la directora del proyecto, que me di cuenta que no tenía tan presentes sus vidas, ¿por qué?
Una de las respuestas es el motor de búsqueda.
El motor de búsqueda es una herramienta usual entre usuarios de internet para hacer consultas, pero exige optimizar las respuestas. Y muchas veces se caracteriza por no ser neutral en los resultados. Esto último genera que aparezcan más noticias sobre el asesinato de un periodista, que retomar las noticias que publicaron en vida y por las cuales trabajaban.
Si, aunque suena trillado, el buscador era ese elemento que no me permitía avanzar para hablar sobre la obra fotográfica de Rubén Espinosa o de la importancia de la obra de Miroslava Breach. ¿Por qué? Porque tal parece que la muerte de estas personas era más importante que toda su trayectoria y su obra. El único lugar para encontrar más sobre la vida de estos periodistas era portal de DDLD.
Y es curioso, cuando decidí estudiar Historia, una de las primeras cosas que mi profesor de Lecturas Históricas, el Dr. Ricardo Nava, me dijo fue:
“A veces el estudio de la historia está relacionado con la muerte, lo que ya no es. Aquello a lo que no podemos acceder nunca más”.
Es comprensible hablar sobre la muerte de un periodista, sobre todo cuando fue una muerte injusta, un asesinato, pero ¿qué pasa con su trabajo? ¿Su desarrollo profesional? Tal parece que queremos “sentir” la historicidad del asesinato, incluso hay gente que relata con detalle cómo fue, pero no buscamos percibir la “historicidad” de su obra profesional.
Satisfacer nuestro deseo por la memoria debe de estar encaminado fuera de lo que Google u otros buscadores nos otorgan, debe de tener un sentido que permita acceder a una experiencia de algo que se ha ido para siempre, en este caso, el trabajo de algunos de los periodistas que aparecen en el sitio de DDLD.
Así como cuando hablamos de pérdidas irrecuperables en torno a la historia con los vestigios prehistóricos, dentro del mundo digital también es posible vivir esas “pérdidas irrecuperables” cuando alguien decide o no puede seguir pagando la mensualidad de un dominio.
Y aunque existen sitios como el WayBack Machine, o el mismo caché de Google, llega un punto en la vida digital que desaparecen esas notas y comentarios por completo. Y digo por completo, porque no existe un lugar escrito de manera análoga en dónde muchas veces podamos encontrar esos mismos artículos que escribieron, por haber sido miembros de una publicación digital y no impresa. Y porque antes de DDLD tampoco existía un acervo digital de estas obras. La Hemeroteca Nacional, por ejemplo, solo recopila algunos medios regionales y no hay nada digitalizado posterior a los setentas.
Esto último genera una pérdida, dentro de INTERNET, y es aquí donde podemos observar que la World Wide Web también tiene sus límites y que, si no hacemos un esfuerzo por archivar y catalogar así como dejar huella, nunca podremos sentir la historicidad de la obra de estos autores y activistas que ya no están. Parece que internet, al igual que mi abuelo, puede tener una enfermedad “neurodegenerativa” virtual, como el Alzheimer.
Mi abuela siempre decía al principio de los días:
“Lo único que sabemos cuando nacemos es que nos vamos a morir”.
Aunque la muerte es un elemento que está latente con el paso de los años en nuestras vidas, es un elemento único y final de todo nuestro tránsito por el mundo. Por tanto, recordar a Rubén Espinosa o a Miroslava Breach debe de ser por lo que ya no es, su obra, y no por aquello que es sólo un pequeño momento, su asesinato. Los asesinatos de estos periodistas y el esfuerzo por plataformas como Defensores de la Democracia, nos permiten honrar lo que ya no es, celebrando su vida a través de su obra y además nos dan sentido para comprender mejor nuestro presente.
Y esto último, aquello que ya no es, se relaciona con un concepto muy vigente hasta nuestros días, la otredad: lo otro, la alteridad, la diferencia. El vínculo con otros, bien decía Sartre, es un vínculo de ser a ser, una mirada que nos permite establecer una relación de empatía, o desencanto.
Defensores de la Democracia es un ejercicio constante de empatía y otredad, por ser un archivo digital que conserva el trabajo de los periodistas; ejecuta a partir de algo que hace falta. Lo documenta, lo inventaría y cataloga. Así, ante la herida, la huella de la ausencia de las muertes de los periodistas y la imposibilidad de traerlos de vuelta, con ayuda del archivo podemos acceder a su obra y a un pequeño porcentaje de sí mismos.
Defensores de la Democracia, con su archivo viviente, aporta una pieza al enorme quehacer de la historia, esa búsqueda interminable por la otredad, por aquello que ya no es; aquello que ha muerto y que hace falta.
* Sara Mariana Benitez Sierra (@samaranto) es historiadora por la Universidad Iberoamericana, estudia un posgrado en Artes Visuales en la FAD de la Universidad Nacional Autónoma de México y coordina las redes de Defensores de la Democracia (@DDLD_MX). Es creadora del proyecto de divulgación de la historia, Historia Chiquita.