Redacción Animal Político · 3 de abril de 2024
¿Qué pasaría si nos diéramos cuenta de que el futuro de nuestro mundo reposa, en gran medida, en manos de quienes tienen experiencia, canas y arrugas?
Aunque la sociedad contemporánea idolatra a la juventud y expresa una profunda gerontofobia, la verdad es que la creación de un futuro diferente y con oportunidades para todas y todos debe incluir a las personas de TODAS las edades: tanto a las jóvenes como a las de mayor edad.
Es hora de desmontar los mitos sobre el envejecimiento, la economía y las mujeres. El envejecimiento de la población es un fenómeno global inminente. Según la ONU, el número de personas mayores de 65 años alcanzará los 1600 millones para 2050, duplicando los 761 millones de 2021. Las mujeres, además, representan a la mayor parte de la población en edad avanzada.
Contrario a la percepción popular, esta transición demográfica no tiene que ser una carga. Estoy convencida de que representa una oportunidad sin precedentes para el mundo, la política, la economía y la sociedad.
Las mujeres mayores, en particular, tienen un inmenso potencial en todos los terrenos. A pesar de los estereotipos que sugieren lo contrario, sus experiencias y conocimientos constituyen un recurso invaluable para el emprendimiento, la innovación y el liderazgo.
Las personas que integran la economía plateada representan, además, un potencial inmenso en términos de crecimiento y desarrollo. Si todas las personas mayores de cincuenta años de Europa se constituyeran en un sólo país, tendríamos frente a nosotras a la tercera economía más poderosa del mundo.
El reto que representa su inclusión es multidimensional. Hoy quiero destacar el ámbito de las políticas públicas, la importancia de crear un entorno inclusivo y lo que esto significa. Es hora de dejar de pensar en las personas y en las mujeres mayores como botín político y como recurso electoral. Necesitan apoyo y subsidios en muchos casos y en muchos países porque no se les ha tomado en cuenta y porque existen condiciones culturales, económicas, políticas y sistémicas que las ponen en condiciones de vulnerabilidad. Se les debe prestar atención de manera permanente y no sólo en coyunturas político-electorales.
Se debe garantizar no sólo que tengan derecho a una edad adulta con dignidad, salud y respeto, sino que tengan la posibilidad de seguir participando activamente y en función de sus capacidades. Se deben buscar condiciones y políticas que les permitan trabajar cuando lo requieran y necesiten y se deben construir entornos adaptables, seguros e incluyentes para sus condiciones y requerimientos.
¿Cuáles son algunos ejemplos de políticas públicas y propuestas a nivel mundial que han demostrado con el tiempo que no funcionan y sin habérselo planteado en su origen, hoy resultan excluyente para las mujeres mayores?
Aquí hay consideraciones y ejemplos internacionales que permiten replantear las condiciones en las que las mujeres mayores pueden vivir.
Hay mucho por hacer y muchos ejemplos que pueden considerarse. Lo que quiero hacer con esto es señalar que existe camino por andar, que hay ejemplos en diversas latitudes que vale la pena considerar y que poner manos a la obra no puede esperar más.
Decía Betty Friedan que “envejecer no es juventud perdida sino una nueva etapa de oportunidad y fuerza”. Un punto de partida necesario es construir una nueva narrativa sobre la edad y el valor de las mujeres mayores. Es un paso inicial para la cristalización de un futuro más incluyente, justo, igualitario y equitativo y en el que las personas mayores puedan participar dignamente, siendo respetadas y en el que sus derechos no sean vulnerados por el simple hecho de tener canas, arrugas, experiencia y años acumulados.
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Estas son algunas de las reflexiones que presenté durante la presentación del libro Descifrando México. Ensayos desde la perspectiva de mujeres expertas la semana pasada en la Cámara de Diputados. Soy autora del ensayo: La “silverización” de la realidad. Un reto para México.