Catfight

Lady Mossad · 11 de marzo de 2011

Catfight

Por una cosa u otra mi última semana ha girado entorno a lecturas, situaciones, charlas y relatos sobre mujeres y violencia. Sea por el día de la mujer o que estaba brava la luna, pero terminé exhausta de repetir una y otra vez, en mi mente y en voz alta: ¿y a ti quién te dijo que las mujeres son esencialmente buenas?

 

La doble moral, por supuesto, esa cultura del disimulo en la vivimos insertos y nos ha creado la idea fija de que la mujer representa todo lo hermoso, amoroso, sacrificado, puro, desinteresado, solidario y perfecto que dios puso en la tierra… ¿Quién, dijiste?

 

Gracias a ese absurdo no nos damos cuenta de cuánta presión y zancadilla nos estamos metiendo; pondré un ejemplo exagerado, para amenizarles el punto:

 

Imaginen que tengo la osadía de zapatearle a la vecina que a diario utiliza mi espacio de estacionamiento, después de cientos de veces de haberla conminado de la mejor manera a no hacerlo; entonces, la que queda como neurótica, soy yo. ¿Cómo me atrevo a alzar la voz y a defender mi espacio? Soy una vulgar, calladita me veía más bonita, como decía la abuelita.

 

Si ataco a la vecina con total premeditación, alevosía y ventaja, porque simplemente ya me tiene harta, la condena social y moral serían mayores no sólo por haber infringido una norma de convivencia (la ataqué), sino porque además violé el código moral que por cuestión de mi sexo la sociedad me impone (las mujeres no pelean), punto y aparte que fue contra otro “ser indefenso”. Entonces, tendré que alegar que tuve un lapsus hormonal y que con el castigo me reivinidicaré dos veces, con las normas de convivencia y con las de mi condición de mujer.

 

Pero si lo que no les he contado es que la vecina, no vive en mi edificio, sino que trabaja en un cubículo contiguo, y todo el problema surgió porque me dieron un cubículo con vista a la calle y un escritorio 10 centímetros más amplio, entonces aquello ya era un catfight.

 

Un catfight se traduce literalmente como pelea entre mujeres, aunque en un sentido más amplio es un epiteto que refiere a la forma de pelear entre mujeres: chismes, intrigas, artimañas, escándalo, arañazos, mordidas, tirones de cabello, etc. Una forma de violencia más mordaz y pasiva que confrontadora y agresiva.

 

Aún nos produce mucho estrés lograr encajar y balancear hacernos respetar sin dejar de ser “lindas”. Siempre terminarán tachándonos de bitch (cabrona o perra) al pedir las cosas con firmeza; y ése, el de la firmeza, es el eterno malentendido.

 

Ser bitch no es otra cosa que una forma peyorativa de señalar a una mujer que no se ciñe a ciertos estereotipos de feminidad, y conlleva una crítica implícita a todas las normas morales  y culturales de feminidad que transgrede por su actitud ante la vida.

 

Si bien no hay confundir con una mujer manipuladora y arribista, que se conduce así porque su forma de entender la fortaleza interna es creyendo que tiene control sobre los demás; y aunque la diferencia no se perciba tan fácilmente, una mujer que se desperdicia compitiendo desde una posición de envidia, se torna en una mujer débil y tiene consecuencias aniquiladoras para su entorno pero, sobretodo, para ella.

 

Cuando competimos con hombres, por el hecho de la diferencia de sexo, ya llevamos de entrada una serie de desventajas. Esa es la realidad. Aquí podrán agregar que si la igualdad, que si la equidad y una serie de etcéteras, pero el esquema fue hecho para vivir en competencia bajo parámetros masculinos. ¿Pero por qué no competir con parámetros femeninos?

 

Quién no haya envidiado a su prójima, que aviente la primer pulsera.

 

La relación entre mujeres, ese gran tabú donde sabemos que nuestra capacidad de producir violencia pasiva se pone de manifiesto, pero no lo admitimos abiertamente, porque tampoco es lindo admitir que a raíz de la inequidad y al sentimiento de insuficiencia ante las presiones sociales (del ser mujer, la súper mujer), enferma nuestra manera de relacionarnos entre mujeres, volviendo a la envidia y la competencia en nuestras constantes sombras, que aunque se parecen, no producen los mismo efectos.

 

Si entendemos la envidia como el desear lo que la otra tiene, dejamos abierta la posibilidad de cooperación, sentir codicia sobre ella no la hace mejor persona, y eso significa que puedo colaborarle y sobreponerme a la envidia porque reconozco que con la cooperación ayudo a mitigar la desigualdad común; “podemos echar bola”, como dicen. Una mujer puede sentir envidia y es soportable porque aún prevalece la existencia de desigualdad; la envidia es fea pero no destructiva; sabemos que hay cosas que deseamos y no podemos tener.

 

Pero al competir, el sentimiento de querer superar a la otra, nos cerramos a la posibilidad de cooperación, porque cuando las mujeres compiten quieren ser superior a la otra,  y que la otra sea inferior, cooperar no tendrá sentido si ahora lo que buscamos es perpetuar la desigualdad. La competencia así entendida, es distinta, es envidia convertida en sentimiento destructivo. Y no es que competir sea lo equivocado; es deseable aprender a competir porque saca lo mejor de nosotras mismas, lo desafortunado es competir buscando aniquilar, humillar o subyugar a la oponente.

 

Los hombres no compiten desde la desigualdad, nosotras crecimos siendo comparadas, poniéndonos una delante de la otra a medir nuestras cualidades como perritos en concurso. Y en el momento en que entramos en competencia se mina nuestra confianza de sabernos mujeres de fortaleza.

 

Quien diga que las mujeres no saben hacerse daño, se equivoca. Las mujeres tenemos otras vías de escape a nuestras frustraciones y reproducimos entornos de violencia tan dañinos como un derechazo bien puesto y, a veces, mejor puesto. Me pregunto cuántos esfuerzos femeninos conjuntos se quedaron empantanados y terminaron en lo que muchas mujeres sí saben hacer al tratar de aniquilar a la otra: chismear, intimidar, humillar, degradar y darle su besito de Judas cuando la ve.