Entre mi cuerpo y tu boca

blogeditor · 27 de marzo de 2017

Entre mi cuerpo y tu boca

¿Por qué los piropos hoy desatan furia en lugar de alegría? ¿Por qué cuesta tanto trabajo comprender que resultan –como lo dice su etimología– fuego en la cara para quienes los reciben, principalmente para las mujeres?

El Diccionario de la Real Academia, que no se caracteriza por la defensa del lenguaje no sexista, lo define como “Dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”. Wikipedia señala que “Piropo es una frase ingeniosa que se lanza a una persona para adular, con el propósito de cortejarla o enamorarla. Destaca que si bien esto es muy común entre los hombres hacia las mujeres, “también se da en el caso recíproco (de mujeres a hombres) pero en mucha menor medida”. También indica que “Es bueno acotar que en países como México (en algunas jurisdicciones) el lanzar piropos está penado por la ley debido a que está considerado como acoso sexual”.

Los piropos presuponen varias cosas:

  1. Que es normal y aceptado que las mujeres escuchen, en el momento en que “el piropeador” lo considere, frases y expresiones sobre ellas.
  2. Que las mujeres son objetos para conquistar.
  3. Que quien los dice tiene derecho a decirlos sin consecuencia alguna y sin ser cuestionado.

Hay una diferencia central entre el juego de coqueteo entre dos personas en el que ambas aceptan, destaco la palabra ACEPTAN, de manera consensuada, jugarlo. Como mujer es agradable escuchar en un contexto que te resulta familiar y en el que participas abiertamente, que te ves bien, que estás guapa o que le gustas a tu pareja o a la persona con la que tienes una relación cercana y en donde tú también puedes expresar tu gusto por ella. Insisto, en los contextos familiares y cercanos y cuando hay consenso entre personas adultas, para relacionarse así.

Historia muy diferente es que un perfecto desconocido te diga cosas sobre tu cuerpo, opine sobre cómo te ves o lo que le gustaría hacerte si pudiera. La cuestión de fondo es que en un contexto cultural en el que el uso sexista –y machista- del lenguaje es común y extendido, resulta que expresar desacuerdo, molestia y enojo por escuchar “dichos con los que se ponderan las cualidades, especialmente de las mujeres” insulta a quienes los expresan y les parecen “molestias infundadas” a otras tantas personas.

Expresar desacuerdo sobre esto también pone en evidencia el doble discurso con el que se vive en sociedades como la mexicana. Hay hombres que se sienten con libertad absoluta para “decirle frases ingeniosas a las mujeres para adularlas, cortejarlas o enamorarlas”, pero estarían dispuestos a irse a los golpes si otro hombre le dice eso a su hija, a su hermana, a su pareja, a su madre o a una mujer cercana. ¿Qué tendría de malo que un hombre le dijera a su hija si fuera vestida de rojo “A esa de rojo, yo me la cojo” o que en la calle un señor le dijera a su esposa “ Pero que bonito escote señora y que lindas nalgas, quien pudiera agarrarlas” o “Mamacita, te puedo arrimar el camarón”? ¿Por qué se enojan los hombres si otro congénere le dice algo así a “sus mujeres”?

Infinidad de veces no son sólo las palabras las que ofenden y vulneran a quienes están dirigidas, sino el tono, las miradas y el contexto. Escuchar un “Qué bonita” cuando vienes sola, en un taxi o en la calle y un hombre, o un grupo de hombres, que no conoces se te acerca para susurrarte eso al oído o de frente y de paso te roza –transgrediendo tu espacio físico- resulta amenazador, por decir poco.

En un país en el que 9 de cada 10 mujeres han sido acosadas sexualmente en el transporte público, en donde sólo 3 de cada 100 ataques sexuales se castigan, en donde en 19 estados hay Alertas de Género, en donde son asesinadas 6 mujeres al día por el simple hecho de ser mujeres, escuchar “palabras halagadoras” con implicaciones sexuales, denigrantes y ofensivas resulta aterrante para cualquier mujer, independientemente de lo molesto que puede ser.

En contextos así, esto se traduce en Acoso sexual que “es la situación en que se produce cualquier comportamiento verbal, no verbal o físico no deseado de índole sexual con el propósito o el efecto de atentar contra la dignidad de una persona, en particular cuando se crea un entorno intimidatorio, hostil, degradante, humillante u ofensivo”. En otras palabras, las mujeres que escuchan estas palabras o frases, NO las piden y NO las desean. No se trata de situaciones consensuadas.

¿Por qué a un hombre no le importa cómo vestirse? ¿Cómo sería su vida si tuviera que pensar: “Qué me pongo para ir a trabajar. Con estos pantalones pueden pensar que estoy provocando para llamar la atención, con esta corbata van a decir que estoy incitando a que me vean el zipper del pantalón y lo que llevo abajo”. ¿Cómo se sentiría si en el trayecto del punto A al punto B en la calle, escuchara diario “Papacito, quien pudiera meterte las manos al pantalón y hacerte……” o “Mira nada más, que bueno estás y que delicioso culo tienes”, “Ven acá para hacerte sentir lo que un verdadero hombre debe sentir”.

Me gustaría preguntarle a esos hombres, y también a algunas congéneres que señalan que las mujeres exageran cuando dicen que un piropo es acoso sexual, ¿qué les hace pensar que entre su boca y mi cuerpo (o el cuerpo de cualquier mujer) hay una relación y que tienen permiso para decir, ofender o expresarse de ellas como se les ocurra?

El sexismo y el machismo están tan arraigados en nuestra sociedad y cultura, que no aceptarlos o expresarse en contra parece un insulto y una actitud exagerada. Les invito, a quienes dicen que esto es una exageración, que sabroseen a sus hijas, a sus hermanas, a su madre, a su suegra o a que no se ofendan cuando otro hombre le diga piropos –del tipo que sean- a cualquier mujer cercana a ellos y que le den un abrazo sonoro con palmada en la espalda incluida al que se lo diga y lo feliciten por la creatividad e ingenio con el que se han referido y piropeado a la mujer o niña en cuestión.

 

@LaClau