blogeditor · 17 de junio de 2022
El movimiento del orgullo LGBTIQ+ ha ganado mucha visibilidad en la agenda pública. Cada vez más gobiernos, empresas, medios de comunicación y marcas se suben al tren. Sin embargo, en muchas ocasiones, lo hacen de forma superficial, actuando bajo estrategias exclusivamente de negocio. Por ejemplo, podemos ver cómo muchas marcas compiten por este sector del mercado y aprovechan el ahora mes del orgullo (algo que suena a evento promocional) para ofrecer bebidas y alimentos, ropa y accesorios, tratamientos estéticos y servicios turísticos acompañados de un arcoíris.
El aumento en la exposición del movimiento que defiende la diversidad de orientaciones sexuales, identidades y expresiones de género no es algo negativo; al contrario, cualquier cosa que ayude a educar a la sociedad en los valores que representa este grupo es algo deseable. Sin embargo, este aumento en la representatividad de las personas LGBTIQ+ no siempre da en el blanco cuando se trata de comunicar con precisión su esencia (Love, 2022).
En ocasiones se tiende a normalizar la diversidad y a presentarla de una forma estereotipada que encaje en el mundo heteronormado y cisgénero, cuando el verdadero objetivo es que quepamos, tal cual somos, todas las personas: juntas y diferentes.
En primer lugar, hay que tener en mente que la marcha del orgullo comenzó como una protesta encabezada por personas de sectores muy vulnerables: mujeres trans, negras y en situación de calle. Figuras como Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera estuvieron a la vanguardia de la lucha en contra los abusos de la policía y defendieron sus propios espacios en donde se sentían libres y seguras de expresar su identidad. Las protestas que iniciaron el 28 de junio de 1969 en StoneWall —un bar neoyorkino— se extienden hasta nuestros días: se han sumado colores, identidades y expresiones, han cruzado fronteras hasta extenderse a lo largo del mundo, han mutado, pero su esencia permanece: defender el acceso y exigibilidad de los derechos de las personas LGBTIQ+.
A más de cinco décadas de las primeras manifestaciones públicas del orgullo de la disidencia sexual, las personas LGBTIQ+ continúan enfrentando diversas formas de exclusión, discriminación, desigualdad y violencia. En 70 países alrededor del mundo todavía se criminalizan los actos sexuales consensuales entre personas adultas del mismo sexo y en 11 de ellos la pena de muerte como castigo es una posibilidad.

Incluso en los lugares en los que no se criminaliza a las personas LGBTIQ+, aún se les niegan derechos fundamentales como a la vida, libertad, integridad física, asociación, libre expresión, vida privada, educación, salud y al trabajo (Amnistía Internacional, 2022).
Las costumbres e intereses institucionales, económicos, culturales, históricos y sociales mantienen vigente un status quo en el que lo diverso no tiene cabida y en el que sigue vigente el control del cuerpo y la sexualidad individual y colectiva, tanto en lo privado como en el espacio público (Indesol, 2018). Para poder (sobre)vivir muchas personas LGBTIQ+ no crecen siendo ellas mismas; en ocasiones deben crear una versión que sacrifica su autenticidad para minimizar la discriminación. Luego, en su vida adulta deben, primero, descubrir quiénes son y, después, luchar por su lugar en este mundo.
No obstante, el movimiento del orgullo LGBTIQ+ ha logrado avances significativos dignos de festejarse como, por ejemplo, la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo, la adopción de leyes contra la discriminación, la eliminación —hace apenas cuatro años— de la transexualidad como enfermedad mental por parte de la Organización Mundial de la Salud, procedimientos de cambio de nombre y sexo en los documentos de identidad y la prohibición de terapias de conversión.
Sin entrar en conflicto con su carácter de protesta, la marcha del orgullo también es, entonces, una fiesta, entendida como excepción, pausa, suspensión de la vida y el tiempo cotidianos. En este tiempo extraordinario se reconfiguran las relaciones sociales y las normas de lo permitido; se disputan, reconfiguran y renegocian los límites simbólicos y materiales dominantes que tanto oprimen. Paseo de la Reforma y los respectivos lugares del interior del país se convierten en un espacio en el que se anuncia la exteriorización de un discurso oculto y en el que se apela a la construcción de una hegemonía alternativa desde abajo. Es ahí donde las personas LGBTIQ+ reafirman su ser social, lo reproducen y lo expanden (Moreno, 2019).
El progreso que disfrutan hoy en día las personas LGBTIQ+ se debe a la tenacidad y lucha de su activismo. Sin embargo, los retos que siguen enfrentando son muchos y complejos, principalmente porque los logros no son generalizados y persisten fuertes desigualdades entre países y al interior de ellos.
Esta dicotomía entre festejar los avances en el acceso y exigibilidad de los derechos de las personas LGBTIQ+ y luchar contra la violencia y discriminación que aún sufren da, sin duda, un sabor agridulce a la celebración de la marcha del orgullo. Sin embargo, no hay que dar ni un paso atrás. Celebremos los logros y sigamos luchando por las personas que aún no los alcanzan, y por todo lo que falta.
Como sucede desde 1969 cada junio, salgamos a llenar las calles de diamantina y arcoíris; a apropiarnos del espacio público que nos ha sido negado en un acto político de festejo y protesta. Y quienes nos sumemos, comprometámonos a conocer, defender, adoptar y promover los principios de inclusión, no discriminación, respeto a la diversidad, tolerancia y expansión de los derechos no solo frente a las personas LGBTIQ+ sino frente a toda la sociedad.
* Rafael Arriaga (@racarrasco) es analista cuantitativo en LEXIA. Internacionalista por la UNAM y bailarín de danza contemporánea por la ENDNGC, intenta siempre combinar sus facetas artística y académica. Tiene experiencia en investigación de políticas públicas sociales, consultoría de asuntos públicos y de gobierno, producción de eventos culturales y, más recientemente, investigación de mercados.