Entre juicios te veas

Redacción Animal Político · 13 de marzo de 2023

Adolf Eichmann, Tomasso Buscetta y Genaro García Luna. ¿Qué tienen estas personas en común?

En principio, que los tres fueron protagonistas de juicios emblemáticos para la historia contemporánea de la violencia en el mundo. Cada uno tuvo, desde el estrado, una aparición que combinaba deseos de justicia con aspiraciones para reparar los daños sufridos por episodios significativos de violencia. Las tres experiencias reúnen la esperanza de justicia, reparación y castigo. Pero también los deseos por neutralizar al violento, al malvado, a ese villano en el que reside el detonante de los crímenes y las agresiones que evidencian los puntos más bajos de la civilización humana. La lógica detrás es relativamente simple. Se espera que, al neutralizarlo, termine por averiarse al dinamo del terror. Es una expectativa comprensible, pero usualmente incumplida. ¿Será el caso con García Luna?

Adolf Eichmann fue un oficial nazi juzgado en Jerusalén a inicios de los sesenta por ser el encargado de la logística de los campos de concentración del nazismo. Su trabajo consistía en cuantificar y movilizar personas entre estos campos para maniobrar con la capacidad de cada uno, ya sea como reclusos o como víctimas mortales. Era, pues, un administrador de la muerte. Escondido en Argentina, la operación para presentar a Eichmann ante el juez representó una operación de inteligencia que ha sido incluso retratada cinematográficamente. Una vez agendada la audiencia, la prensa alrededor del mundo volteó los ojos ante lo que se presumía como uno de los juicios del siglo. Era razonable: los juicios de Nuremberg habían terminado y Eichmann era la cara viva y contenida de uno de los episodios más obscuros. Además, ya existía suficiente documentación para dimensionar el tamaño del horror. Con todo ese contexto, juzgarlo en Jerusalén era un simbolismo significativo.

La decepción, sin embargo, fue sustantiva. Las crónicas relatan a un hombre dócil y sumiso que pedía permiso a su custodio para levantarse de la cama de su celda, y no al cínico y malévolo que se esperaba dada su tarea durante la guerra. Aunque Eichmann no era el supervillano que se anticipaba, la docilidad de su personalidad en el contexto del juicio sí detonó una de las elaboraciones más sofisticadas sobre la violencia contemporánea. Hannah Arendt, prominente pensadora del siglo XX, acudió al juicio como corresponsal del The New Yorker, lo entendió como la banalidad del mal, una idea que le permitió estudiar cómo las estructuras sociales son las que habilitan la violencia como un instrumento ligado a fines. La violencia, dijo, se vuelve racional en la medida en la que se reconoce su carácter instrumental. Entender su fin implica entender su uso.

El segundo caso es el juicio de Tomasso Buscetta, reconocido como el primer pentito o arrepentido de la mafia siciliana, la famosa Cosa Nostra. Buscetta fue apresado en Brasil cuando era prófugo doble: de la justicia italiana y del propio grupo mafioso después de haberse confrontado con las jerarquías del grupo criminal. Su detención y regreso a Sicilia permitió a los renombrados jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino construir el “teorema Buscetta”, una revelación de estructura y operación que permitió encaminar las acusaciones y generar un entendimiento (aún vigente) sobre cómo funciona la mafia. El teorema fue profundamente relevante porque ocurrió en un contexto en el que aún había quien afirmaba que la existencia de la mafia era un mito. La información fue utilizada junto con pilas de documentos en el más grande juicio antimafia, el Maxiproceso.

La foto de Buscetta sentado frente al estrado en el Palacio de Justicia de Palermo es famosa porque aparece rodeado de mafiosi arrestados horas antes. Sus excolegas, relatan las crónicas, le insultaban y acusaban de traidor mientras el pentito confirmaba sus declaraciones previamente recolectadas, sistematizadas y presentadas por Falcone y Borsellino. Aunque el juicio permitió el encarcelamiento de mafiosos, probablemente su más grande valor fue la capacidad para construir la narrativa de que las prácticas mafiosas eran perniciosas para la sociedad siciliana en su conjunto. El Maxiproceso es uno de los momentos más luminosos en la historia de la contención de la violencia criminal. Sin él no se entiende la fortaleza del exitoso movimiento antimafia siciliano. Sin embargo, este juicio también tuvo el efecto de detonar un incremento de la violencia mafiosa. Falcone y Borsellino serían víctimas de ello. Así, y a pesar de los notables éxitos, el Maxiproceso es un juicio más que no significó por sí solo la neutralización de la violencia ni de “los violentos”.

Finalmente, el tercer caso es el juicio a Genaro García Luna. Han transcurrido semanas desde que un jurado en Nueva York le encontrara culpable por unanimidad de los cinco cargos que se le acusaban. De varias maneras, estos cargos se encadenan entre sí y lo exhiben como el máximo operador y diseñador de la estrategia de seguridad del gobierno mexicano y, simultáneamente, un protector y beneficiario de criminales a quienes, en el lenguaje de la época, “combatía”. Llevaba una “doble vida”, concluyeron los miembros del jurado. Lo cierto es que, tanto esa doble vida como el juicio en su conjunto, son reveladores de cómo funcionan las lógicas criminales en países como México: a partir de redes políticas y económicas, en las que un actor gubernamental puede ser simultáneamente un actor criminal con capacidad, en ambos flancos, de acción, intermediación y negociación.

García Luna encarna lo que Guillermo Trejo y Sandra Ley llaman las zonas grises, y que se habilitan por lo que el antropólogo indio Akhil Gupta llama las fronteras borrosas de la sociedad: zonas de indefinición en donde se entremezclan lo legal y lo ilegal, lo público y lo privado, y que son habilitados por espacios de poder marcados por corrupción y violencia. Así, que la principal persona a cargo de la estrategia de seguridad de México -en uno de los momentos de mayor incremento de violencia- también haya sido un operador criminal no sólo es empíricamente posible; de hecho, también es constitutivo del fenómeno llamado “crimen organizado”. Y ante ello, vale la pena preguntarse cuáles son las expectativas que pueden depositarse ante la contundencia del veredicto en este juicio. En otras palabras, y una vez que García Luna ha sido encontrado culpable, ¿es razonable esperar que la sentencia se acompañe de reducción de la violencia en México o de reparación para las víctimas?

La realidad se impone y el escepticismo predomina. Las dinámicas de violencia criminal en México parecen ir varias vueltas por delante de este juicio y ocurren al margen de detenciones de violentos e hipotéticos malvados. Todo esto sin restar culpabilidad a los culpables. Además de protagonistas en emblemáticos juicios, Eichmann, Buscetta y García Luna también son depositarios frustrados de nuestras esperanzas por neutralizar la violencia a través de neutralizarlos a ellos. Aunque culpables los tres, también son casos reveladores que cristalizan que la violencia, el crimen y la impunidad se sostienen políticamente sobre estructuras de poder que habilitan a estos pistones de la violencia a gran escala y no al revés. Esto no anula la importancia ni la necesidad de justicia, todo lo contrario. Ambas guían los deseos de verdad y reparación que construyen sociedades más justas y equitativas. Sin embargo, es indispensable evitar la tentación de pensar que, una vez neutralizado el malvado, se acaba el mal.

Las experiencias a posteriori de los juicios de Eichmann y Buscetta combinan, por un lado, sed de justicia y, por el otro, deseos de no repetición. Sin embargo, una no necesariamente se acompaña de la otra. Todo parece indicar que tampoco lo será en el caso de García Luna. Difícilmente el veredicto desmontará las redes que siguen habilitando la ocurrencia de violencias, la falta de verdad, de justicia, y de reparación a las víctimas. García Luna es culpable de sus cargos, pero no es el único responsable ni su juicio será suficiente para evitar la repetición. Pensarlo así llevará más temprano que tarde a una frustración ante la evidencia de que las violencias siguen ocurriendo a pesar de haber neutralizado a un pistón de la violencia en México. Ello podría conducir a lo que Naomi Klein llama doctrina del shock. Inspirada por manuales de tortura de la CIA, Klein argumenta que en momentos de crisis y choque (como ocurre en ciertos procesos de tortura) las personas están dispuestas a ceder y conceder ante lo que normalmente no lo harían. Lo fue el golpe de Estado en Chile, o las restricciones asociadas a la guerra contra el terrorismo después de los atentados en contra de las torres gemelas. La frustración derivada de que ante la culpabilidad de García Luna no cese la violencia en México no debe condensar las tentaciones de restricción de derechos en un contexto, por ejemplo, de militarización.

* Rodrigo Peña González (@ro_pena) es Doctor en Humanidades por la Universidad de Leiden (Países Bajos). Actualmente es investigador y director ejecutivo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México.