Entre el sacrificio y la ausencia: paternidades a la distancia

blogeditor · 18 de junio de 2022

Entre el sacrificio y la ausencia: paternidades a la distancia

En el marco del día del padre, reflexiono sobre la paternidad desde mi perspectiva de hijo y como hñähñú. Desde los años ochenta, la alta intensidad migratoria hacia los Estados Unidos modificó las relaciones afectivas en las familias hñähñú de la región del Valle del Mezquital.

Entre 2015 y 2020, 802 mil 807 personas salieron de México para ir a vivir a otros países. Las entidades que registran un mayor porcentaje de emigrantes internacionales son Guanajuato (7.8 %), Jalisco (7.5 %) y Michoacán de Ocampo (6.3 %).

De acuerdo a datos del INEGI, el 47% de la población migrante se marcha entre los 18 y 29 años de edad, y el 25% entre los 30-44 años.

Si bien en la actualidad ha cambiado más o menos, eso que ocurrió naturalizó la ausencia de nuestros padres.

Es necesario reconocer los procesos que se generaron dentro de las comunidades, especialmente nuestros dilemas internos y nuestros conflictos como hombres que usualmente hemos silenciado. No tengo presente recuerdos donde los varones de mi comunidad expresen sus silencios de manera abierta. De alguna manera vienen a mi mente la idea de los varones de mi comunidad y un poco reflejando eso, me pregunto: ¿cómo se es hombre? ¿Cómo se es padre en el contexto de mi comunidad? Preguntas sobre las maneras en que nos construimos desde nuestra comunidad y las cuestiones que aún no nos permitimos expresar. El no permitirnos expresar estas carencias emocionales con nuestros padres solo entorpece el conocernos y comprendernos.

Me parece que nuestro papel para minar estas estructuras que reprimen las emociones y nuestros sentires es comenzar a reflexionarlos y admitir que los afectos forman parte de nuestro ser, para propiciar la comprensión y no ser los peores jueces de nuestros padres.

No soy padre aún; sin embargo, desde mi visión de hijo evidencio las paradojas que representa la paternidad a la distancia. Recuerdo que cuando yo cursaba la primaria, era usual que nuestros padres estuvieran en los Estados Unidos, y con el tiempo nos acostumbramos a que no estuvieran con nosotros. Eran nuestras madres las que se hacían cargo de todo el proceso de crianza.

Dentro de las razones por cuales ellos migraban era por los ingresos económicos. Al principio fue porque no teníamos una casa en buenas condiciones, entonces la migración fue por construir un patrimonio propio, en esa migración siempre hubo regreso. La última vez fue debido porque estábamos ingresando al bachillerato. La idea de mi padre era que fuéramos alguien, que pudiéramos alcanzar nuestros sueños en la vida y con el ánimo de poder ayudarnos decidió nuevamente migrar a los Estados Unidos.

Lo anterior ha significado el paso de la frontera de manera ilegal, con todos los riesgos que implicaron, la incorporación de hasta dos jornadas de trabajo para aprovechar la estancia por allá.  Cuando los padres realizan este tipo de actos nunca se evidencian como formas de amor el poner como prioridad las necesidades de los hijos sobre las propias, sino como formas de sacrificio que implican empeñar su presencia en la vida de los hijos, con la promesa de recuperar el tiempo perdido.

En la distancia los padres tratan de estar presentes en nuestras vidas, pero en realidad es muy complicado mantener un vínculo tan cercano, porque en esa distancia y ausencia hemos ido cambiando; por el contrario, en la mente de nuestros padres existe el anhelo de que el tiempo se detuvo cuando ellos se fueron, con la esperanza de que nos encontrarán iguales a su regreso. Lamentablemente hay vacíos que no se llenan y no es posible la recuperación del tiempo perdido.

Está claro que con este gesto nuestros padres allanaron nuestro camino, tal vez no con privilegios, pero sí nos permitieron tener menos desventajas. Tal vez en nuestras batallas propias siempre han procurado ser parte, por lo que reconozco que lo que hemos logrado también les pertenece porque es gracias a su trabajo y sacrificios.

Mi intención aquí es dejar claro que hay otras formas de paternidades y que las decisiones que toman representa para nosotros oportunidades, pero también ausencias. Como hijo, la ausencia de mi padre representó posibilidades económicas de continuar mis estudios universitarios, de mejorar la calidad de vida de mi familia, de tener la capacidad de responder ante contingencias de salud. Si bien nunca esperé que mi padre me acompañara en los acontecimientos más relevantes de mi vida, en perspectiva entiendo que desconozco mucho de mi padre, al mismo tiempo de darme cuenta que él no conoce nada de mí. Tal vez hubiera deseado conocerlo más, el saber que para él era importante más allá de los bienes materiales, saber y acompañar el proceso de crecimiento, no sólo físico sino también afectivo. Considero que la relación de los papás con sus hijos son experiencias y vínculos que moldean nuestra identidad.

El sacrificio y la ausencia de los padres, ante la desigualdad que vivimos, es una realidad que tal vez no cambie pronto; el reto que tenemos las personas que hemos tenido padres a distancia es repensar y conocernos desde la comprensión. Esta realidad posiblemente se repita con mis contemporáneos, por eso considero que hoy tenemos una buena oportunidad para comprender/nos y repensar la paternidad.

* Adrián Baxcajay Sánchez (@BAXCAJAY) es Hñähñú del Valle del Mezquital,  Coordinador del Programa de Liderazgo para Jóvenes Indígenas de la UDLAP.