Ensayo sobre la ceguera

blogeditor · 24 de abril de 2020

Aquella noche, el ciego soñó que estaba ciego.

José Saramago

 

Algún extraño resorte lector puede llevar a cualquiera a aproximarse a una novela sobre una epidemia en los días en los que el mundo justamente está cruzando por una. Misteriosos son los caminos del lector.

Cuando José Saramago, hábil fotógrafo del lenguaje (quien se mantuvo alejado de la literatura -de hacer literatura, pues- por dos décadas, gracias a que la editorial a la que mostró su segundo trabajo jamás se tomó la molestia de indicarle si lo publicaría algún día o no), escribió, ya convertido en el escritor de altos vuelos que supo remontar la indiferencia, la célebre “Ensayo sobre la ceguera” su vida se hallaba circunscrita plenamente a la creación de sus libros. Quizá por ello -o precisamente por ello- la atmósfera opresiva que más que poblar, inunda su historia se encuentra tan bien reflejada y es a la vez tan sólida. Saramago ya había declarado que no solía escribir “para satisfacer dictámenes” y la libertad con que su pluma contaba esa historia de humanos, de humanidad desdichada sorprendió en su momento lo mismo al mundillo intelectual que a los lectores de a pie. Han pasado veinticinco años desde la aparición de “Ensayo sobre la ceguera” y la fuerza de una historia como la que creó Saramago refulge en toda su valía.

La historia trata, como ya se habrá reseñado mil veces (pero esta vez es especial, porque cruzamos una epidemia, que no tiene nada que ver con los libros ni con las novelas), acerca de una súbita enfermedad que vuelve ciega a la gente. Así sin más. Un buen día a las doce estás mirando el cambio de luz en el semáforo y a las doce con un minuto te encuentras completamente ciego. Lo sabe el conductor del auto que es el personaje con el que la novela abre, lo sabe el médico, el oftalmólogo que de repente se da cuenta que simplemente ya no puede ver y lo sabe también la atractiva mujer de las gafas oscuras, el viejo de la venda negra y el niño estrábico que había ido a consulta antes de volverse completamente ciego. Lo saben todos, hasta la esposa del médico, la mujer del oftalmólogo que por alguno de esos designios de la imaginación de Saramago es la única que conserva la vista, el único personaje que a lo largo de toda la novela no caerá presa del mal.

Rebosante de estilo, pero sobretodo de una narración puntual -no exenta además de grandes momentos: “estar muerto es estar ciego”, “si acabamos todos ciegos, para qué queremos la estética”, “qué bonito sería ver los árboles del bosque huyendo del incendio”- la novela hoy es considerada uno de los puntos más altos y refulgentes en la obra de Saramago. “Ensayo sobre la ceguera” puede leerse como una especie de novela de aventuras sombría, pero representa también una reflexión sobre la zona más oscura del alma humana. Una reflexión que en estos días genera una suerte de eco que resuena muy por lo bajito, pero que resuena.

Si el lector tiene estómago, o mejor dicho, ojos suficientes para aproximarse a esta historia justo en estos momentos, obtendrá -como le sucedió a quien esto escribe- dos recompensas: la satisfacción de haber leído un clásico contemporáneo y la revelación inesperada que el autor reserva para el potente final.

Una novela sobre una epidemia que se deja leer durante los días en que fuera de las páginas transcurre una epidemia. Misteriosos son los caminos del lector, pero valen la pena.

@elimonpartido