#EnergíaParaTodos

blogeditor · 12 de febrero de 2013

#EnergíaParaTodos

 

Para algunos, cada inicio de sexenio representa una oportunidad para armar los acuerdos tan necesarios para lograr los cambios que el país tanto necesita. Para otros, el inicio de un nuevo gobierno federal es el momento propicio para reinventar el país; volverlo a construir desde cero descartando toda posibilidad de continuidad, es decir y como decía mi abuela, tirar el agua sucia con todo y chamaco.

Sin embargo, del montón de pendientes y broncas que el país tiene y que deben ser resueltas a como dé lugar y a la voz de ya, está el tema de cómo diablos le vamos a hacer para que, de una vez por todas, el asunto del sector energético por fin jale y no sólo sirva, como hasta ahora, para financiar el gasto del gobierno federal y los estados, o para beneficiar a pequeños grupos de privilegiados con subsidios enormes, ello por supuesto, a costa del grueso de la población.

Por lo tanto, esta bronquísima que tenemos frente a nosotros solamente puede ser atendida y medianamente resuelta por medio de la multicitada, casi a nivel de mantra, Reforma Energética.

Pero, igual y se preguntarán ¿cómo diablos llegamos a este punto en el que es casi de vida o muerte para el país no sólo impulsar, sino también operar una Reforma Energética de a de veras?

El origen del caos energético en nuestro país fue, además de un nacionalismo populista, la actitud despilfarradora de nuestros gobiernos federales setenteros y ochenteros, que con su comportamiento tipo Güicho Domínguez, se dedicaron a “administrar la abundancia” que el petróleo trajo, al grado que a finales de los años setenta y principios de los años ochenta, la mayoría del gasto público del país se pagaba con el dinero proveniente de la venta del petróleo. Así nomás.

Pero como a toda pachanga le viene su cruda, años después la capacidad de producción petrolera y por tanto, los ingresos provenientes de la venta del petróleo fue disminuyendo, al mismo tiempo que el gasto público fue creciendo. Tal es el grado de la caída en los ingresos petroleros que, en estos momentos, la venta de nuestro “oro negro” apenas alcanza a cubrir poco más de la tercera parte del gasto público federal, mientras que en la época dorada fue casi el 70 por ciento. ¿Cómo la ven?

Con respecto a la electricidad (cuando tú me miras, diría Lucerito), la creación y el fortalecimiento de dos mega empresas, la Comisión Federal de Electricidad y la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, no hicieron que la generación y la distribución de energía eléctrica en el país fuera uno de nuestros orgullos a nivel internacional, ni mucho menos se acercara a lo que podría ser considerado un sector eficiente, competitivo y productivo, sino que constituyó el punto neurálgico de la corrupción, la ineficiencia y el despilfarro de recursos. Al ser tanto la CFE, como la CLyFC empresas estatales, su función, más allá de proveer de energía al país de una manera eficiente, constituyeron una herramienta de distribución de beneficios políticos y económicos a determinados grupos de interés, sus sindicatos incluidos. En este momento, ante la desaparición de la CLyFC, la CFE busca posicionarse como una empresa de “clase mundial”, con retos inmensos, incluyendo su transformación en una verdadera empresa eficiente, productiva y capaz de competir a nivel nacional e internacional con otros productores de energía.

Ahora bien, la tan multicitada Reforma Energética creo yo, es una excelente oportunidad para replantearnos el modelo de país que queremos. Dirán ustedes que entonces estoy siendo contradictorio con mis propios argumentos porque entonces seré de aquellos que acostumbran tirar el agua puerca con todo y chamaco. Sin embargo, no necesariamente esto puede ser cierto. Digo que la Reforma Energética es una muy buena oportunidad para replantear qué tipo de país queremos implica que, si bien el sector productivo del país requiere de energía barata para poder ser competitivo a nivel nacional e internacional, así como también los usuarios comunes y corrientes, como nosotros (domésticos, les llaman), hay al menos dos formas de lograr esos precios bajos.

El primero de ellos es a través de dar una gran cantidad de subsidios a los energéticos, en este caso a la electricidad (en otro podría ser a la gasolina). Estos subsidios, además de representar una cantidad importantísima de nuestros impuestos, sólo benefician a unos cuantos, que por cierto, son los que más ingresos tienen, y motivan que la gente desperdicie la electricidad, al cabo que casi no les cuesta. Este esquema, no solo representa tirar dinero a la basura mes con mes, año con años, sino también es insostenible en el mediano y largo plazo, porque siempre se necesitará más energía y por tanto, más subsidios para satisfacer la creciente demanda de electricidad.

El segundo de ellos es a través de hacer más eficiente la producción de electricidad, reducir la pérdida de energía en su transmisión, así como también dejar de hacerle al cuento y generar más competencia en la producción de energía eléctrica, principalmente de energía limpia, renovable y amigable con el medio ambiente. Si hay eficiencia en la producción de energía eléctrica, hay más competencia en el sector, necesariamente habrá más innovación, mayor productividad y por tanto, los costos de producirla se reducirán, reflejándose por tanto en la factura que el sector empresarial (Pepe y Toño) pagaría bimestre con bimestre, y por qué no, también nosotros.

El Presidente Peña Nieto prometió energía eléctrica más barata. ¿Cuál camino le recomendarían tomar?