blogeditor · 7 de noviembre de 2012
Lo acepto, otra vez con mis comparaciones odiosas, pero ¿qué se le va a hacer?
Para estar a tono con las elecciones gringas, sería bueno que pensemos porqué diablos allá las encuestas que buscan medir la intención de voto de los norteamericanos (y las norteamericanas) ahora que tienen que decidir quién será su presidente en los próximos cuatro años, son creíbles y porqué diablos en México ya han dejado muchos en creer en ellas.
Como dijo Jack el destripador, vayamos por partes.
Si recuerdan bien, en México han pululado las encuestadoras y las encuestas. Están las encuestadoras “de siempre”, que son las grandotas y fueron las pioneras en la onda de hacer encuestas en el país. Por lo general, estas encuestadoras le entran a todo, ya sea encuestas de mercado, hasta las de tipo político – electoral. Como fueron las primeras, ya son viejos lobos de mar que según ellas, se las saben de todas a todas y dejaron de innovar hace mucho en cuanto a la metodología, tanto para diseñar las muestras (es decir, para ver a quiénes se encuestarán de un grupo de personas), hasta para diseñar el cuestionario, hacer el trabajo de campo (levantar las encuestas) y hacer los reportes. No me dejarán mentir, pero elegir de manera aleatoria a quién se va a encuestar tiene su chiste, al igual que diseñar un cuestionario, ya que, contrariamente a lo que muchos piensan, redactar las preguntas no es nomás como enchílame ésta, tiene su chiste y se supone que deben de hacerse de tal manera que no induzca al entrevistado a responder cierta cosa, sino más bien, lo que la gente piense en ese preciso momento sobre tal o cual cosa.
El trabajo de campo también es importante, porque es justo cuando los encuestadores tienen que lanzarse a los lugares en el que “cayó la muestra” para entrevistar a las personas que se supone que cumplen con los requisitos que busca el cliente (empresa, gobierno, organización social o partido político).
Armar los reportes también tiene su chiste, ya que no sólo es reportar las frecuencias, sino también dar los detalles de la metodología que se usó, es decir, dar a conocer las tripas técnicas del proceso de la encuesta.
Por lo general, las encuestadoras “de siempre”, ya han generado lazos estrechos con sus clientes, quienes los buscan independientemente de su calidad, privilegiando el “más vale malo por conocido”. Inclusive, algunas de ellas ya se han aglutinado en una asociación de encuestadoras y que en las pasadas elecciones reunieron a varios twitteros para decirnos que “solo sus chicharrones truenan” y que ellos eran los meros, meros en estos temas y que es más, el propio IFE los consultó para basar los criterios de vigilancia en las prácticas de estas encuestadoras.
Todo iba bien hasta que la mayoría de las encuestadoras fallaron no en la predicción del ganador de la elección presidencial, sino en la medición de las tendencias y la distancia entre los candidatos (el caso más sonado y dramático fue el de Gabinete de Comunicación Estratégica y Milenio Diario). Inmediatamente todos se rasgaron las vestiduras y gritaron a los cuatro vientos: “why the rito?” Tanto tirios como troyanos (no los de látex, que quede claro) dijeron que las encuestadoras los habían engañado y que las encuestas no servían de nada, cuando ya había habido antecedentes sobre la falibilidad de las encuestadoras “de siempre” y su trabajo. Inclusive hace un par de años, habían organizado una especie de mea culpa pública, para tratar de explicar sin decir mucho, porqué habían fallado en las encuestas de las elecciones locales de entonces. Ahora, esa escena se repitió, con promesas de “vamos a revisar nuestro trabajo”, pero entre ellos mismos, es decir, una especie de vamos a lamernos las heridas entre nosotros y luego, nada pasó aquí, al cabo que los clientes no nos contratan por nuestra calidad, sino por nuestra relación personal.
Todavía recuerdo que en la víspera de que iniciara la veda electoral, varios de los directivos de esas encuestadoras “de siempre” acudieron con Leo Zuckerman a tratar de darnos a entender que su trabajo era ejemplar y que las empresas “patito” que ellos les llaman, no eran confiables. Debo admitir es probable que existan encuestadoras que no conocen su oficio, al igual que expertos en redes sociales (un experto en redes sociales que en cada hijo te dio), pero la arrogancia fue mayúscula, al igual que su fracaso. Sólo había espacio para ellas.
Después de eso, el grito en el cielo. Había excesos discursivos que clamaban que se tenían que legislar las encuestas, que se tenían que regular a los encuestadores y una sarta de cosas un poco divertidas, pero nadie atinó en responsabilizar al mercado de las encuestas. Si por un lado se venden encuestas de mala calidad, es porque hay clientes que las compran y que lo único que les interesa es que les den “el dato” de la intención de voto sin reparar en preguntar cómo se hizo la encuesta, cuál fue la metodología, cuáles fueron los protocolos en el campo que se siguieron, el margen de error, el récord de calidad de las encuestas, la calidad de la interpretación de la información. Al final, se dijo que las encuestas no servían para nada y que prácticamente eran producto del chamuco, es decir, al final, se tiraba al escuincle con todo y el agua sucia.
Ahora resulta que esas mismas herramientas metodológicas que se están usando en Estados Unidos para medir la intención de voto ya no son cosas del demonio, sino herramientas útiles. ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué allá si son una herramienta útil y mínimamente confiable y en México son algo que muchos han dejado de creer? ¿Son más confiables las metodologías utilizadas en Estados Unidos que las que se usan en nuestro país? ¿Del otro lado del Río Bravo son más profesionales las empresas encuestadoras? ¿Sólo en México se mandan a hacer encuestas por encargo y cuchareadas? ¿Si la encuesta no reporta lo que el cliente quiere también son inútiles? No debemos olvidar que aquí se crucificó a las encuestas tanto por la izquierda, como por la derecha, pero nadie se tomó la molestia realmente de ver en qué diablos fallaron. ¿Fue el diseño de la muestra, o el trabajo en campo, o la calidad de los reportes?
Creo que las encuestas si se realizan de una manera transparente de cara al cliente (y al público en caso de las de intención de voto), son innovadoras, son realizadas por profesionales, con criterios éticos y deontológicos, es supervisado el trabajo en campo y son utilizadas como una herramienta que nos da una simple aproximación de lo que la gente piensa en un momento específico, sobre un tema determinado, pueden ser un recurso útil para la toma de decisiones estratégicas, pero de ninguna manera son la piedra filosofal, ni un sustituto del análisis contextual serio, ni una forma de evadir la responsabilidad de decisiones públicas por parte de los políticos y los funcionarios gubernamentales. ¿Por qué allá sí y acá no? Es pregunta.