Joel Aguirre · 8 de junio de 2026
En las últimas semanas, los mexicanos han visto circular datos de encuestas contradictorios sobre la misma presidenta. Enkoll reportó 68 % de aprobación para Claudia Sheinbaum. Otra encuesta, también en vivienda, también probabilística, la ubicó en 59 %. El Financiero midió 69% vía telefónica. Ninguna de estas casas mintió. Y sin embargo, no dicen lo mismo.
El problema no es que haya demasiadas encuestas. Es que todas llegan vestidas igual: un número, un porcentaje, un titular. Y detrás de ese número hay decisiones que nadie explica y casi nadie pregunta.
Ante esta dispersión, la respuesta más común entre especialistas es la siguiente: solo hay que creerles a las encuestas con muestras probabilísticas, aquellas donde todos los ciudadanos tienen la misma posibilidad de ser seleccionados. Es un criterio válido y necesario. El problema es que no es suficiente. Enkoll y la encuesta que reportó 59 % son ambas probabilísticas, ambas en vivienda, ambas de las mismas semanas. Y, aun así, tienen 10 puntos de diferencia.
Entonces la pregunta correcta no es si la encuesta es buena o mala. Es qué decisiones metodológicas tomó cada empresa que el lector no puede ver, y cómo esas decisiones producen números distintos para la misma realidad.
No todas las empresas preguntan igual. Algunas ofrecen espontáneamente la opción “ni aprueba ni desaprueba”, lo que distribuye de manera distinta las respuestas frente a una pregunta dicotómica directa que solo ofrece aprobar o desaprobar. Algunas mencionan el nombre de la presidenta, otras no. Y algo que raramente se publica: el lugar que ocupa la pregunta dentro del cuestionario importa. Si va después de preguntas sobre voto o identificación partidista, el entrevistado tiende a ser coherente con lo que ya respondió. Eso infla o deprime el número dependiendo del perfil de quien contesta.
De las encuestas mencionadas, AtlasIntel levantó del 24 al 28 de abril; la encuesta que reportó 59 % se presentó el 14 de mayo sin fecha de levantamiento publicada; Enkoll levantó del 16 al 19 de mayo; y El Financiero dividió su muestra en dos bloques, del 8 al 13 y del 21 al 25 del mismo mes. Entre la primera y la última hay casi un mes de diferencia. En ese lapso ocurrieron las acusaciones de Estados Unidos contra gobernadores mexicanos, un evento que movió la agenda política nacional. Una encuesta levantada antes de ese evento y otra después pueden arrojar números distintos, aunque ambas sean metodológicamente correctas. Comparar sus resultados como si fueran equivalentes es un error que se comete todos los días en medios y redes sociales.
Fuera de periodo electoral, la transparencia metodológica en México es voluntaria, y la mayoría de las empresas no publica sus criterios de ponderación de forma completa ni accesible para el público general. Las encuestas en vivienda tienen una ventaja: pueden usar la lista nominal como referencia poblacional. Las telefónicas no tienen ese padrón y las digitales tampoco, aunque cada una lo resuelve de forma distinta. AtlasIntel, por ejemplo, usa reclutamiento aleatorio digital: sus encuestados son captados durante la navegación rutinaria en internet desde cualquier dispositivo. Con esa metodología registró 51 % de aprobación para Sheinbaum en abril, casi 20 puntos menos que Enkoll ese mismo mes. Ambas son probabilísticas. La diferencia está en decisiones metodológicas que ningún titular menciona.
Quienes trabajamos en opinión pública pasamos años aprendiendo teoría, estadística y diseño metodológico. Pero hay una realidad que solo da la experiencia: cuando un tomador de decisiones en gobierno federal o local, o un director de medio de comunicación recibe los resultados, toda esa arquitectura metodológica tiene que caber en una respuesta a una sola pregunta: ¿sube o baja?
Esa tensión entre rigor técnico y urgencia política es donde se pierden muchas lecturas públicas de las encuestas. Y se vuelve aún más evidente en un escenario que cualquier encuestador con experiencia ha vivido: dos estudios sobre la misma figura, levantados en el mismo periodo, ambos probabilísticos, ambos en vivienda. Uno muestra una caída pronunciada. El otro, estabilidad. La pregunta inevitable llega: ¿qué le digo a la presidenta?
La respuesta incómoda es que ambos pueden ser metodológicamente válidos y aun así contradecirse. Las diferencias en formulación de preguntas, en los días exactos de levantamiento o en criterios de ponderación producen resultados divergentes que no se resuelven con acusaciones de manipulación, sino con transparencia metodológica que el mercado mexicano todavía no exige ni practica de forma sistemática.
Las encuestas probabilísticas más consistentes apuntan a una tendencia a la baja moderada desde finales de 2025. Enkoll registró en mayo su nivel más bajo desde el inicio del mandato: 68 %, con una caída de 7 puntos desde marzo. Pero la magnitud exacta del desgaste depende de qué encuesta uses y por qué, que es precisamente el punto central de esta columna.
Lo que sí es claro: la seguridad pública es el rubro que más presiona a la baja, mientras que los programas sociales siguen siendo la principal ancla de aprobación de la presidenta. Ambas cosas coexisten y las dos son verdad al mismo tiempo.
La presidenta probablemente lee varias encuestas. Sus asesores también. La diferencia es que ellos deberían llegar con preguntas precisas: ¿cuándo se levantó?, ¿cómo se formuló la pregunta?, ¿qué método de ponderación se usó? El lector común llega con una sola: ¿es verdad? ♦
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