blogeditor · 18 de abril de 2021
En su larga trayectoria como investigador de mercados, en particular el gastronómico, el psicofísico estadounidense Howard Moskowitz ha demostrado la necesidad de sistematizar las preferencias de la gente y reconocer la enorme diversidad de gustos. En los temas ambientales, lo que sabemos o nos importa de la naturaleza también debe ser una amalgama cultural.
La agenda ambiental mexicana (las voces que comunican) sigue repitiendo los lugares y conceptos de las ciencias naturales que documentan el deterioro y promueven la conservación, y sigue cantando el ritmo dramático de las consecuencias. Pero al mismo tiempo podría afirmarse que está perdida, que está aislada, encapsulada y lejos (alejada, y en términos de conquista o batalla, perdida también) de la agenda social, de partidos políticos y de la población en general.
De ahí que, podría afirmarse también, que tanto la academia como las ONG están perdidas al impulsar esos mensajes, no porque no sepan lo que dicen, sino como efecto de que está codificado. Su lenguaje perdió la batalla social, en paradoja con la importancia creciente de los problemas ambientales.
Los conceptos de los temas ambientales, con todo y su evolución e integración de algunos nuevos y vanguardistas aspectos, tiene estancada y divorciada esta agenda de otros sectores y de la sociedad en general. Por esto debemos buscar nuevas rutas.
Si enlistamos los conceptos, fenómenos o procesos claves que se han utilizado en el gremio ambiental de México (y del mundo) veremos que han sido sobre todo estructurados con un lenguaje científico (técnicamente propios), pero en un país poco instruido, cada vez más urbano y consumista, el lenguaje suena a la liturgia de la iglesia cuando se daban las misas en latín. Sólo los del gremio lo entenderían: ecosistema, biodiversidad, desarrollo sustentable, servicios ambientales, emisión de Carbono, cambio climático, por decir algunos. Ahí también se concentraron sin cambio en los últimos 30 años algunos otros que se convirtieron en instrumentos de política pública: Ordenamiento Ecológico, Manifestación de Impacto Ambiental, áreas protegidas o las normas ambientales. Un conjunto de mantras que sirven de credenciales de aceptación en el gremio. Un conjunto de códigos que dejaron aislado a los especialistas, a la agenda iluminada del resto de los mortales urbanos y rurales.
El sector antagónico principal de este lenguaje ha sido el sector agropecuario, incluido el que oficialmente regula el agua, y por supuesto las grandes empresas (mineras, agroindustria, embotelladoras, ganaderas, etc.). Tal parecería que el aislamiento del sector ambiental, provocado por intentar ser académicamente robusto y técnicamente fuerte, condujo a una trinchera que dejó a los defensores del medio ambiente en una gran encrucijada.
Las ONG en México, nacionales e internacionales, siguieron las pautas de comportamiento y discurso que eran válidos en la arena internacional. Dejaron las luchas locales y la empatía que requerían los grupos y luchas de cada territorio sin atender, sin apoyo y sin visibilidad; luchas locales cuyos líderes son asesinados constante y crecientemente. Esa agenda y discurso no tuvo empatía, pero sí divorcio y desconfianza.
Otros no manejan el tema porque sea moda, sino porque probaron que era un buen negocio. Por ejemplo, la producción orgánica o el uso de prácticas silvopastoriles, o bien porque defienden un río, un bosque o la pesca. Estos grupos dispersos en el territorio no tienen tiempo para lo global ni para lo nacional. Algunos crearon redes regionales muy fuertes como las del Golfo de California con éxitos y luchas muy sustantivas.
A la par, la naturaleza se volvió un objeto de aventura y de consumo, con el efecto de la National Geographic o de los programas como Animal Planet… la naturaleza queda lejos y tiene sabor a película de aventura. El lenguaje críptico del gremio contrasta con el mundo de la aventura que tiene buenas o malas noticias, pero que en unos minutos crean un universo muy atractivo, distinto del que reportan los académicos y las ONG. Incluso las buenas noticias que da el gremio se enfrentan a un mercado y unos consumidores que desconocemos.
Para comunicarnos con los mexicanos no basta saber que somos urbanos versus rurales o norte versus sur, o millenials versus babyboomers. ¿Qué es lo que piensa o define o sabe el sector ambiental sobre la población como para convocarla a defender, restaurar o apoyar las medidas de la producción sustentable o de la conservación? No está claro, y esa es la otra falla de las campañas o de los supuestos que tienen las ONG o el ambientalismo en general. No sabemos tampoco si ha cambiado de los 80 a la fecha. Por ello se navega sin rumbo y sin brújula social.
En 2011 la revista Nexos publicó un estudio muy creativo: “El mexicano ahorita: Retrato de un liberal salvaje”, que por primera vez propone diferentes categorías para clasificar a los mexicanos y sus aspiraciones o deseos. En ese estudio se preguntaron ¿qué sueñan, qué esperan, qué anhelan, repudian o añoran de su país y de ellos mismos? Usando la misma estructura y categorías, en 2017 vuelven a hacer el estudio y concluyen que ha habido pocos cambios:
“Al mexicano no le importa el pasado ni el futuro: le importa el presente. Los mexicanos vivimos casi siempre en el presente continuo. Ese tiempo verbal que bloquea nuestra mirada hacia el porvenir y que hace del pasado más un simulacro que un sólido basamento… Sin embargo, nuestra mala relación con el pasado y con el futuro tiene consecuencias negativas para la construcción de la sociedad mexicana. El orgullo por nuestro pasado es tan ruidoso como superficial… Somos liberales porque creemos en nuestra libertad, somos salvajes porque buscamos la satisfacción a costa de todo y contra todos”.
Mientras no tengamos un estudio más específico, las clasificaciones de este estudio pueden servir para recodificar los mensajes de la agenda ambiental, la nueva narrativa.
Con las últimas elecciones, emergieron retos adicionales. En el lenguaje hubo convergencias desafortunadas que enturbiaron el de por sí aislado lenguaje elegante del ambientalismo (chic, fino, delicado). Ser conservacionista ambiental se mezcla con ser conservadores políticos.
El mejor indicador que podríamos mencionar del aislamiento es que el presupuesto federal y el peso de la agenda ambiental en el gobierno no ha dejado de reducirse, al grado que se puede afirmar que el sector está siendo desmantelado. Pero ciertos subsectores, algunas personas y experiencias institucionales tienen claves para servir de puentes entre lo ambiental y lo productivo, por ejemplo, los que impulsan la agricultura orgánica, sobre todo porque este mercado ha crecido y se espera que siga creciendo.
Si los consumidores o ciudadanos no entienden el lenguaje de los ambientalistas, ¿cómo saber qué los mueve o puede mover para sumarlos? Si utilizáramos una perspectiva de Mind Genomics o de economía del comportamiento (Dan Ariely), podríamos saber qué nos mueve a los mexicanos en los temas ambientales. Sabríamos qué discurso habría que hacer. Aquí la historia del “nuevo etiquetado de alimentos y bebidas no alcohólicas” es una gran historia. Es un referente sobre una lucha de éxito de la sociedad civil, con ganancias en salud e indirectamente ambientales.
Uno de los retos será reconocer que nadie puede solo, y que se requiere una amplia convocatoria para formar alianzas. Que pasaremos por la dura tarea de reconocer que no tenemos mucho qué prometer; que el deterioro ambiental del país y de lo que nos rodea, sumado a los retos de la variabilidad climática será un baño de agua fría (o hirviendo) constante. Necesitaremos las técnicas que promueve Adam Kahane o Betty Sue. Técnicas y derroteros los podemos visualizar, pero no el liderazgo de quiénes darán este primer paso.
* Cuauhtémoc León es director del Centro de Especialistas en Gestión Ambiental. Contacto: [email protected].