En tan solo tres días en Filipinas

Médicos sin Fronteras · 21 de noviembre de 2013

En tan solo tres días en Filipinas

Aún tengo muchas cosas por hacer para mañana, pero he decidido tomarme un momento para poner en escrito lo que he visto y escuchado hoy. Luego de un viaje de casi 3 días para llegar a Filipinas, el avión ha aterrizado a las 7.30 en Roxas, en la isla de Panay, inmediatamente hemos comenzado las clínicas móviles, me he unido al equipo con una psicóloga local que ha llegado en un esfuerzo de coordinación de casi 2 horas, era domingo, tenía la jornada libre y decidió acompañarnos, recorrí la primera región, Carles, donde un equipo entusiasmado de enfermeras locales y Barangay Health Workers (voluntarios de la comunidad) nos reciben, en menos de 10 minutos hemos montado la clínica móvil en una escuela, sillas, mesas, el área de curaciones, la consulta médica, el área de triage, el área de entrega de medicamentos, y la gente que espera fuera, se apilan, son filipinos, sonríen, siempre sonríen. Me tomo el tiempo de conversar con ellos, de preguntar cómo están, me parece la pregunta más simple del mundo,  pero sé cuánto puede significar para quien lo ha perdido todo.

Comienzan a apilarse, comienzan a llegar muchos más, sabemos que no tendremos suficiente tiempo para atenderles a todos, lo he explicado, nadie protesta, solo casos de emergencia, fiebres, diarreas, problemas respiratorios, todos entienden, pero quieren estar cerca, quieren quedarse alrededor nuestro.

Nos hemos mudado de Roxas a Estancia, mucho más cerca de las comunidades afectadas, hemos tomado un hotel como cuartel de operaciones MSF. Cada quien en sus labores, las clínicas móviles, los logistas, aquellos que hacen las misiones  exploratorias, los que visitan a las autoridades, todo el equipo sale temprano para regresar al caer la tarde y preparar el día siguiente. Llevo solo 3 días, y siento que he estado aquí más de una semana, somos 15 y trabajo dividido, pero el extra siempre está de compañía, siempre hay algo más que hay que hacer antes de caer en la cama.

Manchas negras

Ayer visite Estancia, la ciudad, pedí que me llevaran a las áreas más afectadas, y acabe en el puerto, donde el nuevo mercado ha desaparecido, me moví a otra zona, donde la estación de petróleo que estaba varada en el mar ha sido empujada desde su base de concreto hasta la costa donde ha destruido las casas, y expulsado petróleo que ha creado marcas como una pintura moderna, las casas que han quedado en pie llenas de negro, y el olor que te hace recordar que esa mancha está también en el mar, afectando la primera entrada de trabajo de las poblaciones: la pesca. El día del tifón, la gente llegaba al centro de salud local, bañados en petróleo negro, habían escapado de milagro, desafortunadamente otros no pudieron. Estancia parece zona de guerra, y por donde te mueves la destrucción, aun sin electricidad, los postes de luz caen sobre las calles y los cables de electricidad se tambalean a la altura de un niño de 12 años.

Hoy hemos emprendido viaje nuevamente, un Barangay cerca de Estancia, al borde la playa, hemos pasado por el centro de salud principal, tres enfermeras y una médico local nos acompañan, recorremos estancia, y para llegar hay que pasar justo al lado de la fuga de petróleo, y la destrucción de las casas y alrededores, nadie habla, el coche va en silencio, es como si compartiéramos el duelo de los que ahí lucharon, continuamos subiendo carretera, y tengo la impresión que un gigante ha soplado tan fuerte, tan fuerte, que ha logrado que todos los árboles de palmera den la espalda al mar, tengo la impresión de que este gigante entró en tierra puso sus pies sobre la arena e hizo pedazos casas, barcos, de los cuales apenas quedan rastros, este gigante tomó los árboles, inmensos, grandes y fuertes y los arrancó de raíz, y los arrojó sobre casas, en medio de caminos, seguimos en silencio en el coche, como parte del paisaje hombres que, sobre lo que queda de sus casas, intentan reparar algo, poner algo, crear algo, levantan sus cabezas para ver pasar los coches.
En el centro de salud, destruido, hemos distribuido rápidamente los espacios, un plástico, puesto con la ayuda de todos, ayudará a hacer de sombra, un poco de mesas y sillas prestadas de las casa vecinas, nos ayudan para las consultas médicas.

“Menos sola”

Nosotros, los psy, nos acomodamos en un espacio pequeño, comenzamos actividades con niños, y las madres que hacen de espectadoras, dibujan, ríen, hablan del tifón, de cómo se sintieron, de dónde se refugiaron, qué sueños tienen por las noches, y cómo se sienten seguros, dibujan casas, otros barcos, escenas de sus vidas cotidianas, unos dibujan la lluvia, otros flores y me hace pensar en cómo intentan darle sentido a lo ocurrido.
El equipo médico me llama, hay una mujer que ha llegado con múltiples quejas somáticas que no tienen una explicación médica, pero no ha dormido bien en la última semana, se queja de dolores en su cuerpo, y dice sentirse muy nerviosa, Lorenza, nos va a conducir a escuchar su historia, cómo se refugió con su familia debajo de una mesa para sobrevivir a la embestida del gigante que decidió soplar sobre la casa de Lorenza y desaparecerla por completo. Lorenza llora de vez en cuando en medio de la historia, hiperventila, trabajamos juntas en sus reacciones, le ayuda saber que lo que siente su cuerpo es totalmente normal después de haber experimentado el desastre, le ayuda saber que puede hacer cosas para sentirse mejor y que de hecho ya ha comenzado a hacer cosas para sentirse mejor. Lorenza ha sido invitada a unirse a un grupo de autoayuda en su comunidad. Hay muchas Lorenzas más que han llegado este día a la clínica móvil.

Estela también llegó, lleva una semana en cama sin poder levantarse, Estela junto a su esposo se refugiaron bajo la cama durante 9 horas que duró la tormenta, sintió que iba a morir,  completamente empapada, sin casa, pero sobrevivió, Estela tiene 65 años, su esposo un poco más, viven solos, Estela no ha dejado esa cama durante una semana, hoy escuchó que venían unos médicos al barangay y decidió ir a visitarnos, tal vez nosotros podríamos ayudarle a sentirse mejor, Estela necesita hablar, me dice al final de la consulta: “Hoy me siento menos sola”.

Pesadillas

El día comienza a oscurecer, puede que llueva luego, ha llegado Antonia, 13 años, su madre la trae a nosotros porque está preocupada por su hija, llora por las noches, tiene pesadillas, se siente nerviosa, en palabras de la misma Antonia, y hace tres días Antonia explica su malestar diciendo que ha sido poseída por el espíritu de un vecino que ha muerto durante el tifón, Antonia permaneció esas nueve horas viendo una pared mientras sus padres hacían de cascos humanos para ella y dos de sus sobrinas, Antonia no dejó de llorar durante todo ese tiempo, he hablado con ella en inglés, tiene 13 años y habla perfecto inglés, cuando nos cuenta su historia su voz es apenas audible, ha explicado sus reacciones a través de este espíritu, es la única forma a través de la que le ha dado sentido a lo que siente, hoy
nos dice que aún este espíritu está lejos, que su padre le ayuda a alejarlo de ella, hemos pedido a Antonia nos dibuje sus pesadillas, y las cuente a sus padres, para ayudarle a enfrentarlas, Antonia regresará a vernos.
El día ha llegado a su fin, hay una distribución de alimentos fuera del centro de salud, multitud de gente, nos abren paso y extienden sus brazos para decirnos adiós, y thank you maam que se escucha constantemente, vamos en el coche, y cae el atardecer, el mar que hace de fondo, islas con montañas que ayudan a formar un paisaje perfecto, admiro la belleza, en medio de tanta destrucción.

Fotos: Yann Libessart/MSF y Laurence Hoenig/MSF

Más información www.msf.mx