Onésimo Flores · 9 de mayo de 2013
Si nos dicen que “vamos bien” y que “estamos avanzando”, la pregunta “¿que tan bien?” no debería resultar ofensiva. Podrían decirnos, “vamos bien pero los resultados todavía no se notan”, o “avanzamos porque ya no estamos empeorando a la misma velocidad de antes”, o “vamos bien porque aunque estamos igual de mal la gente siente que avanzamos”. Podrían decirnos incluso que la evidencia es información reservada. Las condicionantes valen. Sin embargo, cuando las autoridades adoptan un tono contundente para describir sus resultados -por ejemplo, declarando sin cortapisas que la tranquilidad vuelve a tu ciudad– deberían estar listas para presentar pruebas rotundas. En otras palabras, hay que tener huevos para cacarearlos.
El pasado 27 de Abril, el alcalde de mi ciudad tuiteó una fotografía en el marco de la celebración del día del niño. En la imagen aparecen, muy sonrientes, un niño, el alcalde, la mascota de los Saraperos de Saltillo, y tres policías élite portando armas largas. Todavía no logro explicarme la foto. Quizá Kike Conejo exigió la presencia de los guardaespaldas, pues todavía no se repone de la balacera ocurrida afuera del estadio de beisból el 13 de Marzo del 2012. A lo mejor los niños de Saltillo están tan acostumbrados a ver policías militarizados, que las metralletas no los asustan. Quizá el alcalde pensó que compartir esta fotografía con 38,000 seguidores es una forma efectiva de recordarnos que “vamos bien”.
Días después, el Gobernador declaró que “Coahuila avanza en materia de seguridad”. ¿La evidencia? Una fotografía en la que aparece saludando a tres policías enmascarados vestidos de negro, y una larga lista de acciones que presumiblemente deben hacernos olvidar las recientes desapariciones de periodistas, la criminalización de las víctimas y el incremento en la tasa de homicidios.
Vamos bien porque tenemos policías equipados. Avanzamos porque compramos patrullas. Vamos bien porque hay doce motocicletas patrullando el centro. Avanzamos porque cerramos los casinos. Vamos bien porque “hay reuniones periódicas con los mandos de las corporaciones policíacas y militares”. Avanzamos porque “hemos hecho muchas cosas para recomponer el tejido social”. Todas estas acciones son positivas, y suenan tan razonables que extraña que nuestras autoridades no acompañen sus declaraciones con datos, indicadores, o estadísticas que demuestren su efectividad. Ayer mismo, el alcalde de Saltillo continuó con el abuso de la retórica, sugiriendo que “si no hubiera sido por el apoyo del gobernador, Rubén Moreira, hubiera sido muy difícil darle vuelta a la espiral de violencia que la ciudad estaba padeciendo sin control”. Estaba padeciendo. Pretérito imperfecto.
No critico la política de seguridad sino la estrategia de comunicación que han adoptado nuestras autoridades. Ojala sus acciones rindan los resultados esperados, pero mientras tanto, parecen dispuestos a tratarnos como menores de edad. ¿Cómo vamos en realidad? ¿Bien, en camino a estar bien, o confiando en que eventualmente estaremos bien? ¿Cuál es la evidencia, cuáles son los indicios, qué sugieren los números? Miremos las estadísticas -una tarea complicada porque ni los municipios ni el estado publican datos al respecto. De hecho, a juzgar por la información presentada en la sección de “estadísticas” de la página web de la Procuraduría del Estado, el mundo inició en el 2012 y no hay ningún homicidio registrado. Sólo tras hurgar en las bases de datos del INEGI y del Sistema Nacional de Seguridad Pública (con un poco de ayuda de @ahope71) pude revisar algunas tendencias relevantes. Muestro aquí el caso de Saltillo, como ejemplo:
Entre 1990 y 2006, la tasa de homicidios registrada en la Zona Metropolitana de Saltillo cayó sostenidamente. Avanzábamos. Íbamos bien. Tan es así que en el 2006 Saltillo registró menos homicidios per cápita que Bruselas, Bélgica. Sin embargo, a partir de 2007 -año que coincide con la llegada de Humberto Moreira a la Gubernatura y de Felipe Calderón a la Presidencia- Saltillo se descompuso: La tasa de homicidios creció exponencialmente. Pasamos de 17 homicidios en 2006, a 93 en el 2011. Saltillo, resultó ser tan peligroso como Dili, Timor Oriental.
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Podríamos pasar horas discutiendo si ese resultado es atribuible al Presidente, al Gobernador o al Alcalde. Sin embargo, todos esperamos un cambio a partir de la llegada de las nuevas autoridades -de hecho, ellos mismos lo prometieron-. Jericó Abramo llegó a la Alcaldía en el 2009, Ruben Moreira a la Gubernatura en 2011 y Enrique Peña Nieto a la Presidencia en Diciembre de 2012, y ninguno de esos sucesos ha impactado todavía la tendencia a la alza. Otra vez los números son fríos: En el 2012 Saltillo registró 114 homicidios y el comportamiento de los primeros meses del año sugiere que en el 2013 alcanzaremos los 130.
Si revisamos los robos con violencia, sólo hay datos disponibles para el periodo 2011-2013. Sin embargo, el resultado es similar.
¡Y Saltillo es la parte tranquila del Estado! Revisar el caso de Torreón es invitar escalofríos. Acá pueden ver el Monitoreo de Incidencia Delictiva de La Laguna (pdf), preparado por el Observatorio Nacional Ciudadano, pero creo que con esta gráfica basta para mostrar en que dirección avanzamos.