Redacción Animal Político · 29 de abril de 2025
Claudia, Gerson, Jennifer, Samir, Nitza Paola, Nancy….. no dejamos de repetir sus nombres, se han clavado en nuestra mente. ¿Cómo no? Si hemos hemos vivido una pequeña parte de su caso, el dolor ajeno, en primera persona: su desaparición, su secuestro, su asesinato.
La indignación, la tristeza se nos ha metido a la piel. Un nudo en la garganta, un retortijón en el estómago, una sensación de ahogo, ojos húmedos al borde de las lágrimas. El teatro, el arte, provocó lo que es tan difícil en estos días, en nuestra sociedad, lo que parece dormida, a veces apagada: la empatía.
El recital escénico “En Primera Persona” cuenta seis historias que retratan un amplio abanico de casos de violencia en nuestro país. Se observan una variedad de personas: dos defensores de derechos humanos, una mujer que fue de fiesta, tres integrantes de una familia y una mujer migrante; distintas formas de violencia ejercida: desaparición, secuestro, asesinato; perpetradores de la violencia diferentes: crimen organizado, agentes del Estado, juntos y separados; años distintos: 2009, 2010, 2013, 2014, 2019, 2021; varias entidades federativas: Ciudad de México, Veracruz, Morelos, Oaxaca, Chihuahua y Tamaulipas. “Por su geografía, México expulsa dramas como estos, como un cuerpo acribillado”, dice rotundamente Paris Martinez, periodista integrante del equipo de investigación de este proyecto, en una entrevista que le hice en Ibero 90.9.
El tema transversal de la puesta en escena: la impunidad. “No es una deficiencia de la obra, sino una característica de la realidad en México”.
En Primera Persona es un proyecto teatral sui generis por varias razones. En primer lugar, por cómo surgió la idea. No fue una investigación periodística convertida a teatro, sino que, por el contrario, surge de una comunidad de artistas de teatro que convocaron a la conformación de un grupo de investigadoras e investigadores para documentar, con rigor periodístico y respetuoso, los casos que serían llevados a escena, aclara el periodista especializado en derechos humanos.
En segundo lugar, se trata de un formato de teatro documental. “El documentalismo es normalmente asociado con cine, video, podcasts, audiovisuales digitales. [Sin embargo, el documentalismo no necesariamente está restringido a esas plataformas, también puede ser en formato de teatro]”.
Por otra parte, se le llama “recital escénico” dividido en “movimientos”, porque “cada historia transita por una partitura melódica. Hay una música compuesta exclusivamente para un caso”, aclara Gabriela Betancourt, actriz de la obra.
El director de escena, Mauricio García; el dramaturgo y guionista, David Gaitán, y todo el equipo artístico lograron, de manera extraordinaria, demoler la indiferencia y los prejuicios y generar en el público, de manera inmediata, la empatía. Ese es el potencial transformador del arte.
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El arte, como una experiencia estética, tiene la capacidad de involucrar tanto al artista como al contemplador en un proceso metacognitivo de atención, respuesta y receptividad. Estas cualidades brindan oportunidades, entre otras, para la retrospección, la escucha, el diálogo, la empatía, la reflexión y la creatividad, como dice Cynthia Cohen, experta en artes y paz.
Eso lo tiene claro Gabriela Betancourt, quien explica que históricamente el teatro ha sido una herramienta política y social de gran importancia.
“A través de este tipo de representaciones el público inmediatamente puede empatizar. Tiene toda la lógica del mundo: somos humanos y estamos compartiendo un hecho escénico único e irrepetible. Lo que se está viendo en ese momento nadie más lo va a ver. Aunque al día siguiente podamos hacer la misma función, no somos los mismos, la energía en el escenario es completamente nueva. Esa es la magia del arte de lo efímero que logra incidir directamente en las consciencias. Hay un reflejo, a eso se le llaman “neuronas espejo”. ¿Cómo mantenerte indiferente cuando tienes frente a ti a alguien que te está contando una historia que te afecta?”.
En efecto, varias y varios investigadores interdisciplinarios han explicado que a través de la experimentación de prácticas artísticas -como lo es la ejecución o la apreciación de artes escénicas, pero también la escucha de narraciones o lectura de literatura, la creación o la contemplación de artes visuales o interactivas que expresan el sufrimiento, los sentimientos y las experiencias vividas- se da un proceso neurológico que estimula la capacidad de sentir lo que otros sienten.
Por esa razón, las prácticas artísticas tienen el potencial para llamar la atención sobre asuntos urgentes, denunciar atrocidades o violaciones a derechos humanos, expresar sentimientos que no podrían ser manifestados con la palabra, generar memoria, fomentar la resiliencia, visualizar nuevos horizontes, entre muchas otras cosas.
¿Es el arte una panacea contra la violencia del país? No realmente, pero sin él la paz sería simplemente imposible. Vista de manera ejemplificativa, la paz es un “terreno” compuesto por diferentes “parcelas”. Así, las artes son una de estas “parcelas” que hay que cultivar y cuidar para lograr el pleno crecimiento de todo el “terreno”. Es decir, difícilmente la práctica de las artes por sí misma podría alcanzar la paz, pero junto con otros ámbitos esta puede catalizar y hacer más sostenible dicha paz.
* Ana Limón es licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana, activista e integrante de varias iniciativas de la sociedad civil.