alejandrohopeeditor · 3 de julio de 2012
Llegaron las elecciones. Peña Nieto ganó, con un margen menor al esperado. El PRI se quedó sin mayoría en el Congreso.
En otras noticias, en las últimas 24 horas sucedieron los siguientes hechos:
La vida sigue después de las elecciones. La violencia también: cada día, se levantan en promedio entre 55 y 60 averiguaciones previas por homicidio (a las cuales hay que sumarle los asesinatos que no son registrados por el Ministerio Público). Tres a cuatro secuestros son reportados todos los días en promedio (y varios más no son reportados). Más o menos medio millón de personas sufre algún tipo de extorsión presencial (no telefónica) todos los años, según datos de la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública 2011 (ENVIPE) del INEGI.
Enrique Peña Nieto, candidato ganador en las elecciones del domingo, se ha puesto como objetivo reducir “pronto” la violencia. Es aplaudible la intención, pero hasta ahora no nos ha dicho como planea hacerlo. Las ideas que ha presentado surtirían efecto en el mediano plazo, si acaso. Formar una gendarmería nacional medianamente operativa va a tomar no menos de dos años y convertirla en un cuerpo razonablemente eficiente varios años más (además, está pensada para ofrecer seguridad en zonas rurales, así que no serviría para ninguno de los casos listados arriba). Aumentar el tamaño de la Policía Federal de 35,000 a 50,000 elementos va a tardar medio sexenio. Incrementar las capacidades de inteligencia es un proceso necesariamente lento: un informante puede no proveer nada de valor durante meses o años (y ni hablemos de la inteligencia financiera: allí un sólo caso puede llevarse dos a tres años). Dotar de eficacia al Ministerio Público es tarea de varios sexenios y consolidar la reforma al sistema de justicia penal se va a llevar lo que queda de la década, por lo menos.
Dudo mucho que los votantes mexicanos tengan la paciencia para esperar la culminación de esos procesos. Después de unas cuantas masacres, la guerra de Calderón se convertirá en la guerra de Peña Nieto: pasada la luna de miel, los muertos, los secuestrados y los extorsionados empezarán a acumularse en su cuenta. Con una dificultad adicional: hoy el gobierno federal puede, con cierta plausibilidad, argumentar que la responsabilidad por la violencia recae parcialmente en los gobiernos estatales priístas. Parte del electorado hace la distinción entre lo federal y lo local (vean si no los resultados electorales en Tamaulipas y Nuevo León). El nuevo gobierno no tendrá ese lujo: dado que el PRI va a controlar 23 gubernaturas además de la Presidencia, casi todo lo que se haga o se deje de hacer a nivel local va a caer en la buchaca príista y, por asociación, en la de Peña Nieto.
En consecuencia, si no quiere perder en estampida al electorado que lo apoyo el domingo pasado, el nuevo Presidente va a necesitar una política de reducción de violencia en el corto plazo. No se que esté pensando el equipo de Peña sobre el particular, pero aquí les dejo algunas ideas:
Estas ideas pueden buenas o malas, viables o descabelladas, pero tienen una carácteristica común: todas podrían tener efectos en el corto plazo (y hay muchas más que podrían tener efectos similares). Más allá de las indispensables reformas institucionales, el nuevo gobierno necesita dar resultados rápidamente. Y rápidamente es un año o dos, no tres ni seis. Si no lo hace, si no hay una mejora palpable en el clima de seguridad en el corto plazo, el respaldo masivo podría volverse rechazo mayoritario para cuando tengamos que ir de nuevo a las urnas.