Manzarek: en medio de las puertas

blogeditor · 24 de mayo de 2013

Manzarek: en medio de las puertas

Por: Julia Palacios (@JuliaPalacios)

Me pegó la muerte de Ray Manzarek, como le puede pegar a uno la muerte de alguien que marca y acompaña de manera intensa los años adolescentes. Esa edad cuando se está descubriendo el mundo y encontrando referentes de vida. Luego uno entiende que esos referentes van a ser determinantes.

Recuerdo claramente en mi memoria auditiva la primera vez que escuché el sonido del órgano de The Doors en “Light my Fire”. Las manos mágicas de Manzarek en una especie de ritual de trance sonoro que mezclaba la psicodelia con el sexo tántrico llevando al escucha a espacios idílicos, envolventes, hipnóticos. La voz de Jim Morrison y los teclados de Ray Manzarek eran la combinación perfecta, junto con las puntuales presencias de John Densmore en la batería y Robby Krieger en la guitarra.

Ellos cuatro eran The Doors, el enigmático nombre que nos remitía a la cuasi ilógica explicación de que se habían inspirado en la frase atribuida a William Blake: “hay cosas desconocidas y cosas conocidas, en medio de las puertas”. Y en ese 1967, cuando apareció su primer álbum, tratar de imaginar lo qué había en medio de las puertas era una suerte de ejercicio mental para intentar entrar a lo que se llamaban los estados alterados de conciencia.

O bien, The Doors rendían tributo con su nombre a aquellas “puertas de la percepción”, obra de Aldous Huxley en la que describía sus experiencias con la mescalina. Quizás lo que había en medio de las puertas era precisamente esa línea fina entre la realidad y la conciencia alterada. Todo conocido y todo desconocido.

Manzarek, oriundo de Chicago y estudiante de economía en la Universidad de De Paul, partió hacia Los Angeles a continuar sus estudios en la escuela de cine de UCLA. Y ahí se dio el encuentro con otro estudiante talentosísimo: James Douglas Morrison. Uno hacía música y otro escribía poemas. El encuentro trascendió el ámbito de la música, ya que ambos compartían su pasión por la literatura, la poesía, el teatro y obviamente, el cine.

La corta vida de The Doors con Morrison, Manzarek, Densmore y Krieger, duró prácticamente hasta el fallecimiento de Morrison en 1971. Manzarek sostuvo a los Doors incluso en dos álbumes más, sin la voz de Morrison. Posteriormente él mismo incursionó como vocalista de la banda y después la mantuvo hasta lo que se llamaron The Doors del siglo XXI, con diversas alineaciones.

Y si bien para muchos los Doors habían acabado con la muerte de Jim Morrison y nunca volvieron a ser lo mismo, la realidad es que el sonido de The Doors era fundamentalmente el teclado de Manzarek.

Talentoso, virtuoso, trabajador, inquieto, generoso y con una sensibilidad llena de buen humor que permeó su vida, Ray Manzarek no parecía tener límite en la imaginación y en su creatividad inagotable. Ray Manzarek era en sí mismo la genuina expansión de la conciencia. Con proyectos como solista, como productor en estudios de grabación y sobre el escenario, Manzarek parecía eterno.

Alguna vez en una entrevista más o menos reciente, Manzarek comentó con su joie de vivre característica: “No haces música para la inmortalidad, haces música para el momento de capturar la pura alegría de estar vivo en el planeta tierra.”

Pero la realidad es que Manzarek, con esa alegría de estar vivo tuvo el don de capturar en su música los momentos, esos momentos que permanecen y permanecerán en el inconsciente auditivo de su generación, de las que le han seguido y de las que están por venir. Finalmente,  en medio de las puertas puede suceder todo, lo conocido y lo desconocido, el momento y la inmortalidad.

 

* Poca gente sabe más de rock en este país que Julia Palacios, Socióloga, quien además es maestra de Historia en la Universidad Iberoamericana.