En los zapatos de otros

Dulce Ramos · 16 de marzo de 2011

En los zapatos de otros

Atticus Finch, el emblemático personaje de la novela de Harper Lee “Matar a un Ruiseñor”, nos deja una importante lección cuando le dice a Scout: “para entender a los demás, hay que ver las cosas desde su punto de vista, meterse bajo su piel y andar con ella.” Entre nosotros este consejo se resume en la frase de “ponerse en los zapatos de otro”, pues para poder entender a los demás, para poder sentir empatía con causas que no necesariamente son las nuestras, hace falta imaginarse qué es ser otro, cómo es ser otro. No es ser altruista, es simplemente cuestión de comprender a los demás.

El viernes amanecimos con la noticia del terremoto en Japón, es posible que la gran mayoría de nosotros no hayamos ido a Japón y ni siquiera conozcamos a un japonés, pero aún así logramos ponernos en su lugar cuando vimos en las imágenes cómo entraba esa enorme ola y arrasaba con todo, sentimos todos como si fueramos japoneses, imaginamos su tragedia, percibimos su dolor. Inclusive algunos seguramente pensaron en su propia experiencia en el temblor de ’85 o en alguna otra tragedia similar. De eso se trata la empatía, de identificarse con otros.
Ese mismo día se recordaba el atentado de Madrid en Atocha en 2004 – el 11-M-, en aquella ocasión, recuerdo que con lágrimas en los ojos escribí un email a mis amigos en España que llevaba por título “hoy, todos somos españoles.”

¿De qué forma puede uno entender la justicia, si no se ve como el otro? ¿Qué se entiende por igualdad y no discriminación si uno piensa que es distinto a los demás?
La semana pasada el Senado mexicano aprobó, después de muchos traspiés, la reforma más importante del último siglo en materia de derechos humanos. Tristemente, muchos legisladores se oponían a su aprobación por la inclusión de preferencias sexuales en la lista de la cláusula de no discriminación. Escuchamos los pretextos más ridículos, pero todos estaban basados precisamente en esa falta de empatía, en el miedo a lo diverso, en el pensamiento de que quien tiene una orientación sexual distinta, no es como yo, y seguramente tiene “una agenda para destruirme”, “para dañar todo lo que para mí es importante”, “¿comprenderles? ¡bah!, que me comprendan ellos a mí si los que están desviados son ellos.”

La historia presentada por la película documental Presunto Culpable me hizo ponerme en los zapatos de otro, dos veces. Por un lado, en los zapatos de “Toño”, acusado de homicidio de una persona que no conoció, sin pruebas; juzgado por un juez tan arrogante y estúpido que se regodea al exhibirse –en toga– ante las cámaras. El efecto de “Presunto Culpable” –creo- fue la lección de que al final del día y ante el sistema de justicia, todos somos Toño. El mensaje más poderoso del documental para mí fue entender que a todos interesa la mejora del sistema, porque en un Estado de Derecho, todos somos iguales, y todos, como Toño, podemos un día ser víctimas de esos funcionarios y de esas reglas del proceso tan atrofiadas.
Por eso no puedo comprender ahora, cómo es que todos esos que se pusieron en los zapatos de Toño, no logren ponerse en los zapatos de Víctor, el testigo maldito.

Mucho se ha criticado el amparo que presentó Víctor, más se ha gritado por la suspensión que otorgó la jueza para dejar de exhibir la película temporalmente. Eso está bien, la crítica es necesaria en una sociedad democrática, lo que resulta verdaderamente incomprensible es que nadie logre ver las cosas desde el punto de vista de Víctor, que nadie logre “meterse bajo su piel y andar con ella.” Es para mí inconcebible que a todos les parezca de lo más natural que particulares filmen a alguien en una audiencia pública, editen esa grabación de acuerdo con su interpretación de la realidad, se apropien de ella y después la exhiban en festivales de cine, en cientos de salas de todo el país y la vendan en formato DVD. ¿Han intentado ponerse en sus zapatos?, yo sí, y me parece una injusticia pensar que Víctor tiene que soportar -por el resto de su vida- la representación que se hace de él en la película y que provoca que sea insultado y maltratado en su vida cotidiana. Y también, todos somos Víctor.

Los derechos humanos son primariamente barreras frente al poder público, pero son, al mismo tiempo, valores fundamentales de una comunidad. Me aterra pensar que en México la dignidad y el derecho al honor de una persona carecen de relevancia frente a los intereses de la mayoría, y más cuando hay gente que se siente diferente que Víctor, porque tiene más recursos, su piel es más blanca, tiene mejor educación y un futuro más claro. Pensar en la libertad como un valor unilateral, que sólo concierne al interesado, es no comprender la función social que tienen los derechos, es no entender que mientras se respeten los derechos de uno, se respetan los de todos. Es no captar que todos sufrimos ante la inoperancia de las reglas del Estado de Derecho.
Lo mismo ha sucedido con Florence Cassez, la ciudadana francesa acusada de secuestro y que fue víctima del mismo sistema injusto -que la exhibió en TV y la prejuzgó -y de los mismos funcionarios incompetentes y corruptos que no les importaba jugar con la vida de Toño, como no les importó hacerlo con la de Florence, total “pinche francesa que se pudra 60 años, si vimos en la tele cómo la atraparon.”

Muchos se tapan los oídos cuando Florence y Víctor cuentan su versión, si la pantalla ya les contó como fue, para qué escuchar sus pretextos y mentiras. “pero si era novia del fulano ese”, “pero si estaba ahí chacoteando con los judiciales”. La sociedad emite su juicio y no hay persona que escape de él. La pantalla se ha convertido en la picota moderna.
La realidad es que tanto Víctor como Florence no lograron simpatías porque la opinión pública no los percibió como “uno”, la pantalla les asignó un rol villanesco que vendió bien y que nadie cuestionó.

Esa incapacidad de empatía, de ponerse en los zapatos de otro, está basada en la falsa división de las personas en amigo-enemigo. De “el otro” como diferente y por lo tanto inferior u opuesto, una amenaza en potencia. Ésta división la encontramos no sólo entre personas, también entre culturas, entre religiones, entre visiones políticas, entre partidos políticos, entre nacionalidades, en fin, y se olvida que todos somos seres humanos, y que la humanidad es diversa. Se olvida o se prefiere olvidar, que todos merecemos el mismo trato digno y de respeto y que todos merecemos que nos sean reconocidos, protegidos y garantizados nuestros derechos.

En un Estado de Derecho se parte del principio de que todos nacemos iguales, ponerme en tus zapatos implica pensar que yo soy como tú, que entre los seres humanos no hay, ni puede haber jerarquías y por ende diferencias de trato. La ley aplica y debe aplicar a todos por igual, tengamos 5to de primaria o posdoctorados en Salamanca, seamos nacionales o extranjeros.
Eso quieren decir las palabras primeras de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, declaración, que por su contenido ilustrado y liberal, no tiene ya nacionalidad: “We hold these truths to be self-evident, that all men are created equal.” Declaración que debe ser vista no sólo como una afirmación, sino como una meta que debe ser continuamente perseguida por la humanidad.

Ello quiere decir que todos somos seres humanos más allá de nuestra raza, género, religión o filosofía, ideología, capacidades, preferencia u orientación sexual, origen étnico o nacional, edad, condición social, condiciones de salud, opiniones, estado civil, etc.
Al final del día nuestros cuerpos tienen, todos, la misma temperatura. Y todos, con nuestros treintaysiete grados, tenemos los mismos “derechos inalienables, entre los que se encuentran la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.”