En la ruta del odio

blogeditor · 4 de febrero de 2020

En la ruta del odio

Según la Real Academia Española, el odio es la antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea. No recuerdo haber vivido antes en México entre tanto odio. Ya era terrible la ruta de las violencias, ahora se multiplican los odios al parecer por todos lados y en todos los sentidos. Estamos en la ruta del odio.

Conocí el odio masivo, sus consecuencias y los esfuerzos para desmontarlo en otros países hace muchos años, durante visitas de investigación y formación en Sudamérica y África. Recuerdo cómo se me helaba la sangre cuando en alguna de las visitas conocí por vez primera la normalización del desprecio y el deseo del mal hacia quien es y piensa diferente; jamás olvidaré cuando estuve ante ejercicios de construcción del perdón hacia los perpetradores, por parte de miembros de poblaciones masacradas por el odio.

En México estamos lejos de todo esto, pensé una y mil veces con certeza y relativa tranquilidad. Ahora estamos aquí en la ruta del odio y no puedo evitar imaginar lo peor, justo en la medida que se repiten y se multiplican las expresiones cada vez más parecidas a lo que he visto en aquellos lugares donde el odio ha fracturado todo.

Tengo muchas más preguntas que respuestas respecto al odio. No me es familiar. Nadie me ha dicho jamás que debo odiar; nadie me ha enseñado a odiar. Sucede al revés; el odio camina en sentido contrario a mis más profundas convicciones, a mis orígenes, a mi educación familiar y escolar. Habiendo mi padre y mi madre participado en luchas sociales con organizaciones campesinas y obreras, jamás hicieron suyo el odio. Las pedagogías escolares en las que nos involucramos como familia, desde la educación básica hasta la media superior, afianzaron no solo mi distancia, sino mi profundo cuestionamiento a cualquier forma de odio.

Anclé mi vida profesional en las propuestas de las pedagogías asociadas a la libertad, el pensamiento crítico, la responsabilidad y los derechos humanos. Y decidí colocar mis convicciones, valores y principios en la ruta de la construcción de la seguridad ciudadana, que no es otra cosa que una manera de convivir reduciendo al mínimo posible los riesgos y los daños, ampliando así las condiciones para ejercer los derechos.

El odio representa las antípodas de mi más profundo e íntimo ámbito personal y de todas las decisiones profesionales que he tomado en tres décadas. Por eso cuando miro la normalización del odio, cuando estoy ante la aceptación y reproducción de expresiones que no solo niegan las diferencias, sino además desean al daño a quien es diferente, se dislocan todos los referentes en los que creo.

Además de mirar con atención las expresiones diarias de odio, mi ruta de investigación en torno a las violencias me ofrece interpretaciones múltiples al respecto; pero ahora estoy buscando entenderlo en particular desde el ángulo político. Hace mucho me explicaron la dicotomía entre malos y buenos como una herramienta política; ahora vengo estudiando los formatos que llevan al extremo tal dicotomía para sembrar el odio y por esa vía aplastar las diferencias y neutralizar la diversidad.

Me angustia esta ruta del odio, no solo por el daño que representa hoy, sino por la destrucción hacia la que podríamos ir. Me temo que el intenso entrenamiento cada día deja menos espacio para hacer conciencia del odio.

@ErnestoLPV