Empujando cuesta arriba: el mercado de las artes escénicas y la pandemia

blogeditor · 20 de abril de 2022

Empujando cuesta arriba: el mercado de las artes escénicas y la pandemia

Por iniciativa de la UNESCO, desde 1982, cada año se celebra el 29 de abril el día internacional de la danza, una de las artes escénicas clave en nuestra cultura. Este año los bailarines regresarán a los escenarios a festejar su día después de una larga pausa en la que la pandemia de Covid-19 comprometió su naturaleza ritual y presencial.

El sector cultural es sumamente relevante para la economía mexicana —en 2019 produjo 724,453 millones de pesos (3.1% del PIB nacional total). Pero, si miramos más de cerca, engloba un sinfín de actividades que se comportan de manera muy distinta; las artes escénicas, por ejemplo, solo aportaron el 5.6% de todos esos miles de millones de pesos (INEGI).

Como consecuencia de la emergencia sanitaria la producción del sector cultural bajó a 640,687 millones de pesos en 2020 (2.9% del PIB nacional total); es decir, se contrajo 9.4% –una pérdida mayor que la del total de la economía, que se contrajo 7.9%. Las artes escénicas fueron el área que presentó la mayor disminución: se contrajeron 43.1%, pasando de representar 5.6% del total del PIB cultural en 2019 a 3.8% en 2020 (INEGI).

Las artes escénicas —especialmente la danza— requieren de muchos recursos para existir: escuelas profesionales, teatros para presentarse y una serie de gastos de producción, promoción, etc. Por ello se tiene la percepción de que han dependido exclusivamente del Estado, los gobiernos y sus políticas. Sin embargo, del PIB cultural de 2020 la mayor aportación vino del mercado, es decir, de los negocios y la actividad comercial (81.8%); en segundo lugar, se encuentra lo que se produce en los ámbitos familiares y comunitarios (12.6%), y en tercero está la canasta donde se suelen poner todos los huevos, el gobierno (cuyas actividades produjeron 5.6% del PIB cultural) (INEGI).

Esto nos pone como sociedad en un aprieto: por un lado, es claro que el sector cultural depende del mercado más que del Estado; por otro, la naturaleza específica de los bienes culturales (como la danza) es distinta a la de las mercancías o los artículos de consumo pues son, en sí mismos, una expresión de las identidades colectivas e individuales y, por lo tanto, su valor y significado trascienden a la sociedad en su conjunto (de hecho, su acceso se considera ya un derecho humano). Para empezar a desenmarañar el conflicto es necesario conocer cómo se comporta este mercado (algo para lo que aún estamos en pañales).

Determinantes de la oferta de bienes y servicios culturales: el mercado laboral

La falta de información sobre la oferta de bienes y servicios culturales nos lleva a hablar de uno de sus determinantes. En 2020 el sector fue una fuente importante de empleo: generó 1,220,816 puestos de trabajo (de los cuales solo alrededor de 18,000 correspondieron a las artes escénicas), lo que representó 3.0% del total nacional (INEGI). Pero en términos de calidad el campo laboral de la cultura es precario: la mayoría de los trabajadores (73.5%) dedican su tiempo completo a la práctica cultural, aunque solo representa la fuente principal de ingresos para 61.4%; además, un poco más de la mitad (53.2%) son trabajadores independientes y no disfrutan de los beneficios de los asalariados (UNAM).

Durante la pandemia, 68.5% de los trabajadores del sector vieron disminuida o perdieron su productividad y 38.3% dejaron de recibir más de la mitad (56.38%) de sus ingresos. Solo 34% generó sus ingresos en línea, 46.2% consideran que fue difícil convertir su práctica artística/cultural en un espacio virtual y la gran mayoría (72.9%) no tienen claridad sobre la recuperación de su práctica cultural después de la emergencia (UNAM).

La demanda de bienes y servicios culturales

Antes de la pandemia, 57.8% de la población mayor de 18 años asistió (de manera presencial) por lo menos una vez a algún evento cultural, cifra que se redujo a 17.3% durante la pandemia. Este dato es más preocupante para la danza: de 12.1% antes de la pandemia pasó a 1.5% durante. Además, en 2021 74.2% de la población estaba poco o nada interesada en asistir a un espectáculo de danza (INEGI).

Al sobrevenir el encierro y abrirse la enorme oferta cultural digital de este periodo, el consumo cultural en general incrementó para algunas actividades –como en el caso de películas vía streaming y series–; sin embargo, otras no tuvieron la misma suerte: 61.6% de las personas no invirtió tiempo a ver presentaciones de danza en línea y 23.5% invirtió menos de una hora a la semana (UNAM).

El encuentro de la oferta y la demanda

Por un lado el trabajo, que es uno de los determinantes de la oferta de bienes y servicios culturales, ha sido históricamente precario y por tanto sensible a las crisis externas. Por otro, la demanda, particularmente en el caso de las artes escénicas, ha sido baja en comparación con otras actividades culturales. Aunado a esto, la crisis sanitaria ha derrumbado la oferta cultural y cambiado significativamente la demanda. Esta situación ha puesto de manifiesto las fallas de este mercado, así como las carencias de la política cultural de Estado que intenta, a tropezones, empujarlo hacia arriba en una cuesta cada vez más inclinada.

Si las fuerzas del mercado no siempre pueden garantizar la conservación y promoción de las distintas expresiones culturales, ¿de qué forma y hasta qué punto debe el Estado priorizar el beneficio colectivo e intervenir en forma de políticas culturales y prestación de servicios para regular el mercado y velar porque se respeten y materialicen los derechos culturales?

* Rafael Arriaga Carrasco (@racarrasco) es analista cuantitativo en @LexiaGlobal. Internacionalista por la UNAM y bailarín de danza contemporánea por la ENDNGC, intenta siempre combinar sus facetas artística y académica. Tiene experiencia en investigación de políticas públicas sociales, consultoría de asuntos públicos y de gobierno, producción de eventos culturales y, más recientemente, investigación de mercados.