Jorge Avila · 29 de abril de 2026
Por Sergio Alan Piña Amaya
“No es placentero verlos afligidos,
pero es agradable carecer de esos males.”
— Lucrecio
“No tolero ver a mi hija llorar.
[Procede a no verla.]”
— Homero Simpson
Se asume con cierta frecuencia la deseabilidad de ser empático, porque la empatía se asocia con diversos valores del mundo moral: bondad, solidaridad, compasión, amabilidad, etcétera. También es frecuente considerar que muchos problemas sociales pueden resolverse con empatía. Quizá sea momento de reflexionar sobre los bemoles de este proceso para evitar una simplificación en la resolución de problemas complejos. Para esto podemos apoyarnos en la disciplina psicológica, la filosofía moral y la perspectiva evolutiva.
Si bien la empatía es funcional para nuestra vida social, hay problemas al sobreestimar el proceso de reconocer el sentir de otro en nosotros. El tema tiene larga data en el interés filosófico cuando se agrupa en lo emocional y lo moral, pero es hasta principios del siglo XX cuando toma lugar en el interés científico. Podríamos hacer un recuento histórico sobre diversos pensadores que comentaron al respecto, pero propongo otra estrategia: centrar nuestra atención en los problemas mediáticos contemporáneos: funas, cancelaciones, linchamientos o condenas públicas.
Señalar los límites de la empatía no implica negar la bondad o la amabilidad en un sentido general; basta con reconocer que no puede ser una respuesta universal. Paul Bloom, en Against Empathy: The Case for Rational Compassion, defiende el razonamiento deliberativo sobre la moralidad —un ejercicio algo kantiano—; es decir, darle lugar a la reflexión y al razonamiento en determinados problemas morales y sociales vinculados con el ámbito de la justicia y, con ello, evitar que nuestra sensibilidad determine lo justo.
Parece que Bloom establece una división entre el campo racional y el emocional, aunque es importante reconocer que no hay tal división, sino continuidad en diversos grados: lo emotivo es racional y lo racional, emotivo. La propuesta de la compasión racional tiene el mérito de advertir los límites del componente empático y traza una serie de explicaciones.
Pensemos que podemos empatizar con personajes imaginarios cuando vemos una serie o una película; ahí está su funcionalidad: reconocemos el sentir de otros en nosotros. Pero, si asumimos esa vinculación inmediata, dejamos de ver el entramado ambiental en el que participamos; con ello, es menos evidente el carácter reactivo de este proceso.
Pongamos algunos ejemplos. Es probable que quienes vieron Game of Thrones hayan sentido rechazo por Ramsay Bolton o Joffrey Baratheon, y este rechazo es un efecto, no de comprenderlos a ellos, sino de empatizar con sus víctimas. Desaprobamos su actuar en función del daño causado que es percibido, pero aquí no se detiene el proceso empático y esta es la condición reactiva: creemos que hay justicia en un castigo recíproco. Así, debemos admitir que hay un grado de satisfacción cuando estos personajes desaparecen o —alerta de spoiler— mueren.
Hay situaciones diferentes. Pensemos en Buzz Lightyear, por quien sentimos empatía cuando no puede volar; observamos en él esa incapacidad de sobreponerse a una situación y la impotencia de aceptar una condición limitada en su ambiente. Es posible tener inmersión afectiva; es decir, empatizamos con un muñeco.
Ambos ejemplos son ficción, pero también activan algo real en nosotros. Entonces, ¿cuándo la empatía juega en nuestra contra? Bloom considera que reconocer el sentimiento de otro en mí puede predisponernos a centrar un sentimiento específico. También alude a lo selectivo de este proceso y a que, por su carácter reactivo, puede conducirnos a soluciones inmediatistas.
Digámoslo con otras palabras: sentimos empatía por ciertas personas, con frecuencia maximizamos los agravios más que otras emociones, y esto promueve una búsqueda de respuestas satisfactorias a corto plazo.
De manera que una situación compleja puede no resolverse de forma inmediata, y entra en conflicto con nuestra necesidad de resolución rápida. Las llamadas cancelaciones y “funas” parecen tener un componente empático que juega en nuestra contra. “Cancelar” a alguien puede ser satisfactorio, pero no disuelve el problema que motiva nuestro desagrado. Para Bloom, hay problemas que requieren mayores ejercicios racionales, de forma que existe un riesgo en basar nuestros juicios morales, éticos o jurídicos exclusivamente en procesos empáticos.
La empatía es selectiva hacia lo conocido; funciona para la vinculación con grupos. Por ejemplo, en un partido de fútbol se comenten faltas —algunas técnicas y otras dolosas— que no necesariamente nos hacen sentir empatía ante la infracción cometida, y sentimos mayor indignación si el atropello lo sufre uno de “los nuestros”. Sentimos su dolor y con ello se exacerba nuestra ira.
A nivel político, comenta Bloom, se juegan narrativas y retóricas: el rechazo contra los inmigrantes tiene un componente empático que se instrumentaliza. Se exacerba la distinción entre un “ellos” y un “nosotros”; se maximizan situaciones negativas; se incentivan la ira o el miedo mediante este proceso. No es empatía hacia las víctimas: es una distorsión que agita afectos. Exacerbar preocupaciones, ancladas en un proceso empático, puede actuar en nuestra contra.
El funcionamiento del proceso empático destaca por el grado de atención selectiva en relación con nuestros intereses. Ya que la atención no puede ser omniabarcante, descuida otros puntos presentes en la circunstancia o elude la comprensión de organizaciones complejas, de forma que asimilamos el dolor o el sufrimiento causados por procesos sistémicos sin ver que son efectos del sistema mismo. Vemos al racista, pero no el racismo; vemos machistas, pero no machismos; vemos inanición, pero no bloqueos. Y ambos, sujeto y acción, duelen. El punto efectivo es que no haya ni lo uno ni lo otro.
La comunicación también tiene un papel importante en el proceso empático. Reconocemos agravios e injusticias cuando enfocamos historias vitales; en contraste, una abstracción estadística o un dato numérico impiden una conexión orgánica. Las cifras de trabajo infantil nos resultan ajenas en comparación con un niño que pierde los productos que vende. Con frecuencia empatizamos con el caso particular y, en ocasiones, esto nos motiva al apoyo. Sin embargo, puede actuar en contra nuestra cuando no valoramos que con nuestro acto sostenemos el trabajo infantil.
Si bien la empatía puede generar cercanía emotiva, hay una gama de problemas que la sobrepasan. Bloom considera, de forma realista, que existen límites en aquello que llamamos empatía y es prudente entenderla como una herramienta que moviliza afectos. Debemos estar prevenidos para que no funcione en contra nuestra.
Hay también cierta arrogancia en instrumentalizar la empatía ante problemas de mayor complejidad. Si centramos la empatía a niveles personales, puede ser agotador presenciar un mundo en sufrimiento, ser susceptibles a la manipulación o tener sesgos y favoritismos ante amistades, debido a la condición empática.
Quisiera cerrar con algunas puntualizaciones, aunque el tema no se agota. En un nivel técnico, cuando se habla de empatía referimos segmentos de conductas que compaginan procesos naturales y socioculturales. No hay un término que pueda tener un consenso claro y el problema semántico es una ruta sencilla para hacer crítica de posturas como la de Bloom. No deja de ser interesante su visión.
Estos debates que llamamos contemporáneos tienen ecos con visiones históricas. David Hume veía en la simpatía una gama de cualidades; Immanuel Kant hablaba de la ceguera de la simpatía de forma similar a Bloom, negándose a fundar la moral en algún sentimiento. Baruch Spinoza y René Descartes tienen apuntes relevantes sobre la piedad, y psicólogos del siglo XIX como Theodor Lipps, Edward Titchener, James Mark Baldwin y Sophie Bryant también dedicaron visiones experimentales al respecto.
Es importante remarcar que somos empáticos y debemos reconocerlo. Frans de Waal, en The Age of Empathy, advierte que una explicación “natural” no justifica marcos ideológicos. La idea de asumirnos egoístas, competitivos o agresivos por “naturaleza” debe cuestionarse mediante el mismo estudio natural.
Siguiendo con De Waal, la empatía ha cumplido, a nivel evolutivo, la función de congregación de comunidades, y es una respuesta automática que no se vincula necesariamente con la amabilidad u otras cualidades morales. Además, comenta de manera brillante: “Una sociedad basada en la empatía no se libera del conflicto, tampoco un matrimonio basado en el amor”.
Si pudiéramos dar alguna reflexión final, diríamos que somos seres naturales, sensibles; en ambientes históricos, culturales y políticos es prudente seguir asumiendo los límites que tenemos. La empatía no es la solución universal a problemas complejos; es una herramienta natural presente en diversas especies —elefantes, delfines, ballenas, entre muchas otras— y es importante seguir aprendiendo de ellas.
De Waal mencionó:
“El poder y la jerarquía son una parte central de la sociedad de primates y ahí está el conflicto presente. Irónicamente, las expresiones más llamativas de cooperación ocurren durante peleas, cuando se defienden unos de otros; después del conflicto, las víctimas reciben consuelo. Parece que lo desagradable antecede a las expresiones de amabilidad”.
“Al igual que los humanos, los babuinos dependen de las relaciones amistosas para ayudarlos a lidiar con el estrés […] Los monos sienten la angustia de los demás, pero no comprenden bien lo que les sucede. No pueden alejarse de la situación para entender las necesidades del otro. Cada mono vive en su propia pequeña burbuja”.
Bio del autor: Sergio Piña es maestro en Ciencias y Humanidades y doctorante en el posgrado de Filosofía de la Ciencia en la UNAM. Ha impartido cursos en la Universidad Juárez del estado de Durango. Sus áreas de interés son la historia y la filosofía de la psicología, así como las explicaciones evolutivas sobre la moralidad. X: @bioeticaunam, @SergioA_PinaA
Las opiniones publicadas en este blog son responsabilidad exclusiva de sus autores. No expresan una opinión de consenso de los seminarios ni tampoco una posición institucional del PUB-UNAM. Todo comentario, réplica o crítica es bienvenido.