blogeditor · 12 de junio de 2020
Últimamente he hecho el ejercicio de revisar las redes sociales con un filtro emocional. ¿Qué emociones se esconden detrás de la información que se publica? Me ha llamado particularmente la atención la cantidad de juicios polarizados frente a personas, instituciones y autoridades. Burlas y desacreditaciones hacia personajes públicos, medios y ciudadanos opinantes que se convierten en objetos de opiniones agresivas usando insultos a modo de argumento.
Ese fenómeno, que al principio me enojaba mucho, ahora me entristece. Opiniones precarias, que parecen ser producto del desasosiego, de la frustración y del miedo.
La crítica y el cuestionamiento son, sin duda, herramientas para la construcción de una sociedad democrática; sin embargo, deben de estar realizadas con rigurosidad y fundamentos para tener un impacto social constructivo. En la medida en que nos demos oportunidad de detenernos a pensar, sentir, cuestionar, verificar, argumentar y expresar nuestras opiniones, alcanzaremos esa madurez tan necesaria para ser agentes activos de cambio social y no simplemente opinantes lidereados por sus emociones.
¿Cuál es el motivador para generar críticas precarias y desacreditaciones de unos hacia otros?
El aislamiento y la amenaza sanitaria han podido generar emociones intensas de miedo, tristeza y frustración. La convivencia forzada e intensiva, la incertidumbre económica, los riesgos en la salud y el distanciamiento con seres queridos no son cuestiones menores y pueden detonar emociones extremas. Si a esto sumamos la gran cantidad de enfermos y fallecidos en el mundo, el desasosiego puede ser abrumador.
Existe también otro factor que suma a este desconcierto emocional: la desconfianza histórica hacia aquellas instituciones públicas de las que esperamos respuestas certeras en plena incertidumbre.
Sin embargo, el problema actual no resulta suficiente para explicar este fenómeno, esta crisis es un detonador que desnuda cierta condición humana y social.
Hace algunos unos años, la psicoanalista Mirtha Cucco nos explicaba sobre un concepto llamado “precariedad narcisista”. Decía: “Nos encontramos hoy cada vez más con la propuesta de un hombre torpemente vivo, con fragilidad narcisista, inhábil en el reconocimiento del otro, en el manejo de los conflictos y en el sostén de un vínculo, con predominio de defensas primitivas y gran sentimiento de vacío o de pérdida de sentido”.
Uno de los fenómenos que más interés me despierta en ese sentido es el del “reconocimiento del otro”, de ese otro como alguien diferente, con deseos, necesidades y opiniones diversas a las propias. Esta persona puede estar representada en nuestra pareja, amigos, familia, ciudadanos, medios y autoridades y, sobre todo, en aquellos diferentes a uno. Llama la atención cómo ahora, durante la pandemia, también se han acrecentado los gestos de discriminación racial y violencia machista; la intolerancia a la alteridad, a lidiar con la diferencia se agudiza en momentos de vulnerabilidad.
Sin embargo, en mi relación con este otro, puedo encontrar múltiples opciones afinidades y desacuerdos. Puedo descubrir que me identifico con un 30% de lo que el otro opina, pero no con el 70% por tal o cual razón, o al revés; al escuchar descubro que tengo menos afinidad de la que yo creía con tal o cual persona o institución.
Sin embargo, en las redes encuentro opiniones radicales: “estoy 100% en contra de otros, porque tengo 100% de razón”. El otro queda desacreditado desde una visión parcial y fuera de contexto.
Me pregunto, ¿qué tanto esta necesidad de opinar así acerca de los otros responde a mi necesidad de confirmar que estoy en lo correcto? Esta puede ser una forma de reafirmarse frente a un enorme sentimiento de vulnerabilidad: “Si el otro está mal porque hace o piensa diferente a mí, entonces lo que yo hago es lo correcto. Y tengo una enorme necesidad de saber que yo estoy haciendo lo correcto porque necesito alguna certeza dentro de este caos”.
Por ello, resulta interesante indagar ¿qué emoción hay detrás de esta u otra opinión que estoy emitiendo? Y ¿qué tipo de emociones voy a detonar en otros con mis opiniones?
En definitiva, estos son tiempos para opinar desde un afán constructivo. Eso toma tiempo y sí, es más difícil, y requiere pensar y pensarse, contrastar saberes, saber dialogar y disentir. Requiere dejarse sentir, a veces llorar, permitirse dudar y abrazar la incertidumbre.
Tal vez ese sea un buen comienzo para construir opiniones que sumen poder tanto a quien las emite como a quien las recibe, que nos llamen a la acción para experimentar posibles salidas, pequeñas acciones motivadas por una necesidad común.
El primer paso para ello puede ser aceptarnos como seres vulnerables, sensibles y sujetos al error, siendo compasivos con nosotros mismos y con aquellos otros diferentes que también pueden ser aliados para luchar por una causa común.
* María Tovar es Psicóloga.