Elogio de la guerra contra el narco

blogeditor · 16 de mayo de 2020

Elogio de la guerra contra el narco

Vale la pena sacarlo del camino desde el principio: el título, como el resto de este post, es una provocación. Pero no es una provocación gratuita y, sobre todo, no es deshonesta. He leído y estoy seguro de que seguiré leyendo excelentes críticas a los aspectos más nocivos de la guerra contra las drogas de las últimas 4 décadas. Yo mismo me he pronunciado desde hace una década por la legalización de la mariguana, aunque permanezco (muy) escéptico de quienes le atribuyen propiedades mágicas para reducir la violencia y acabar con los mercados ilegales. Me opongo también a la presencia permanente de las Fuerzas Armadas en labores de seguridad pública y celebro la claridad y contundencia del último comunicado de #SeguridadSinGuerra. Y esto es sólo relevante para decir que, en realidad, quienes hemos observado y analizado los temas de seguridad pública y justicia penal por algún tiempo tenemos muchas más coincidencias que diferencias y nuestras diferencias son, la mayor parte del tiempo, bueno, particularmente nerdas.

¿Para qué venir a hacer una provocación justo ahora, entonces, cuando se consolida el tercer sexenio consecutivo de dependencia operativa y política de las Fuerzas Armadas? ¿No habría que buscar un frente común para impedir la continua militarización del país? Suena bien, claro está, y si tuviera alguna posibilidad de éxito… pero el debate lleva años estancado y debería quedar en claro que su impacto en la era de la 4T, después de la reforma constitucional del año pasado y el acuerdo publicado por el Presidente hace unos días es ya nulo. Leer a tantos activistas, académicos y especialistas—otrora críticos furiosos que no cedían un centímetro, muchos de ellos— aceptar explícita o implícitamente que el tema se posponga hasta 2024 es simplemente decepcionante. Que se dé por bueno el argumento de que “no hay condiciones” para el retiro de soldados y marinos, otra vez, a 14 años de distancia del primer operativo en Michoacán y a más de 40 de la Operación Cóndor es, francamente, deprimente. Que se asuma que hay alguna probabilidad mínima de que “esta vez las cosas serán distintas” sólo da para brincar del techo.

En blanco y negro: nunca “habrá condiciones” para el retiro, progresivo o súbito, de las Fuerzas Armadas de las labores de seguridad pública. Y no las habrá porque la guerra contra el narco que las puso en las calles nunca fue una estrategia propiamente dicha, sino un paraguas para un conjunto de agendas políticas, institucionales y operativas que, quedó en claro pronto, tenían poco o nada que ver con el objetivo original de acabar con los cárteles como amenaza a la seguridad nacional. Al igual que la “pacificación” que mantiene ahora a las Fuerzas Armadas en las calles, la guerra contra el narco era una iniciativa que en poco tiempo se volvió irreconocible y pronto dejó incluso de disimular que era más que un pretexto para desplegar a soldados, marinos y policías federales donde hiciera falta. Justo como ahora. ¿Vieron las fotos de la Guardia Nacional persiguiendo mujeres y niñas con mochilas para evitar que cruzaran la frontera hacia Estados Unidos? ¿Se preguntaron qué tenía que ver eso con la seguridad pública o la pacificación? Bien, ese es el punto precisamente: sin que uno se dé cuenta, o casi, lo que se termina haciendo no tiene nada que ver con lo que se proponía originalmente, ya no se diga con el espíritu o la letra de la ley. Por eso no hay ni habrá condiciones para retirar a las Fuerzas Armadas de las calles, en plazos o de inmediato: siempre hay algo más que alguien considera conveniente que se haga y no, nunca hay nadie más a la mano que se pueda hacer cargo.

En inglés se le llama mission creep y en realidad no tiene una buena traducción, pero el concepto es relativamente fácil de explicar: se inicia con un objetivo relativamente acotado al que luego se le van añadiendo otros, cada vez más alejados del objetivo original y, en ocasiones, completamente desconectados con éste. No se añaden más capacidades ni mejores herramientas, pero cada vez se intenta hacer más con lo mismo. Así, con el mismo martillo del descabezamiento y contención territorial de los cárteles, fue necesario luego combatir secuestros, extorsiones y partir de Villas de Salvárcar en 2010, homicidios—nadie debe olvidar, aunque sea como anécdota, que en el Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad de 2008, la cúspide del entendimiento entre sociedad civil y gobierno, la palabra homicidio no aparece una sola vez. Fue cuestión de tiempo también para que toda forma de crimen organizado y desorganizado, incluyendo el robo de vehículos y los robos a transeúnte y a negocios y a casas, quedaran bajo la égida de la Guerra contra el Narco, transmutada en Estrategia de Seguridad a secas. Que ahora la Pacificación, orgullosa heredera de la Guerra contra el Narco y la Estrategia de Seguridad, incluya todos estos temas y añada asuntos migratorios —por lo pronto— era, bien visto, inevitable.

Ese es mi elogio a la guerra contra el narco, la original: fue tan exitosa que no sólo pulverizó a las grandes organizaciones criminales y creó excelentes cuadros operativos y de mando que dirigen la mayoría de las instituciones de seguridad pública del país, sino que finalmente se convirtió en la única forma de entender y atajar los problemas de seguridad pública del país, estuvieran o no relacionados con, bueno, el narcotráfico. Esa es también mi denuncia de la Estrategia de Seguridad en la que se convirtió la guerra contra el narco; una “Estrategia” tan hinchada que no puede distinguir entre seguridad nacional, seguridad pública y contención de borrachos rijosos. Y ese es, finalmente, mi lamento: que se hayan engendrado una Pacificación y una Guardia Nacional que sólo es civil de nombre y que, gracias a la herencia de sus predecesores —no sólo la Policía Federal, sino también los operativos conjuntos con el Ejército y la Marina— nació con el mandato imposible de prevenir y combatir toda clase de delitos en todos los rincones del país, atender asuntos migratorios y lo que se le sume antes de que sea tiempo de “sacar definitivamente al ejército de las calles” en 202… bueno, ni para qué repetir esa fantasía.

La guerra contra el narco, deformada, transmutada en Estrategia de Seguridad y ahora de Pacificación, crece a sus anchas, aunque ya no se reconozca ni a sí misma. Se fortalece un poco más cada vez que alguien acepta acríticamente que es posible, ya no se diga deseable, que el gobierno federal resuelva por sí mismo la Seguridad Pública —así, con mayúsculas— del país. Se clava en las entrañas del Estado cada vez que, aunque sea con un suspiro, se escucha un “no hay condiciones”.

@jaimelat

 

Adendum Ad Hominem

El adendum debería ser innecesario, pero me temo que conforme se ha ido fortaleciendo y ganando terreno, el debate sobre la guerra contra el narco se ha vuelto menos una discusión de políticas públicas alternativas, concretas y realistas —cuando las hubo, que tampoco fue tanto— que una designación de bandos, de legitimación y deslegitimación de participantes. Se entiende, supongo. Debe ser increíblemente desconcertante encontrarse con que de pronto se está del mismo lado que “los calderonistas” y peor, con gente que de hecho tuvo la experiencia de operar en la guerra contra el narco —e incluso, como en mi caso, ser uno de sus voceros por una temporada o dos. Leer a los “enemigos” de antaño lanzando al nuevo Ejecutivo las consignas que antes iban dirigidas a ellos no puede ser menos que una ironía horrorosa. Sea, pero habrá que superarlo, porque perderse en los ad hominem de adscripciones burocráticas e identidades partidistas es, lo lamento, increíblemente perezoso intelectualmente y bastante tribal. Y más importante que eso, como seguramente lo hemos notado todos, no podría importarle menos a quienes han decretado que el camino hacia el futuro es hacer exactamente lo mismo esperando, otra vez, resultados distintos.