blogeditor · 24 de mayo de 2013
El fin de semana estuve en Lea LA, la feria del libro en español de Los ángeles. En una u otra capacidad, tengo más de 15 años asistiendo a este tipo de encuentros: he estado ahí como vendedor de libros cuando trabajaba en Editorial Clío, como promotor de mi propia obra o, cuando mis colegas me hacen el honor, como presentador. Sin importar si es en Los Ángeles, Guadalajara, Monterrey, Tampico o Minería, siempre me he encontrado con las mismas dos preguntas del público: ¿cómo comenzar a leer? ¿Cómo promover el hábito de la lectura?
La respuesta de cajón también siempre es la misma: a leer se aprende leyendo. Pero es una respuesta injusta e incompleta. En realidad, creo más preciso decir que a leer se aprende encontrando lecturas que inviten a quedarse en ellas, a continuar el camino del libro. La lectura es un músculo como cualquier otro y hay que comenzar a ejercitarlo poco a poco; enseñarle el movimiento desde lo más elemental. En eso, los padres debemos ser más astutos y los autores más generosos. O mejor dicho: los padres tienen que ser más astutos para encontrar a los autores más generosos.
En ese proceso, no cabe la pedantería. Estoy convencido de que alguien que comienza a disfrutar de la lectura no podrá hacerlo si se le impone como punto de entrada algo de Proust. Suena obvio, pero no lo es tanto. Si yo les contara, queridos lectores, la cantidad de veces que he tenido que aguantar a colegas expresándose con desprecio de literatura más ligera o de divulgación, no terminaríamos jamás.
Pienso por ejemplo en el caso del novelista Dan Brown, autor de El código Da Vinci. La prosa de Brown no tiene sofisticación alguna: nunca podrá estar a la altura de Stephen King, ya no digamos de Cormac McCarthy. Pero sus libros cumplen una misión necesaria y, para mí, loable: sirven como punto de ingreso no sólo a la literatura sino a otro tipo de conocimiento. Ahora estoy a punto de terminar su nueva novela, Inferno. El libro es divertidísimo, fácil, y erudito. Con la amenidad de un buen maestro, Brown invita a la Florencia de Dante, a la Divina Comedia, a la devastadora peste negra, al renacimiento, y a un número notable de otros temas que, de otra manera, el lector quizá habría ignorado. Si este libro hace para Dante lo que el anterior hizo para Da Vinci, bendito sea Dan Brown.
Aún así, no faltará quien critique a Brown por hacer literatura chatarra, basura de best-seller. Yo no seré uno de ellos. Yo veo en Brown, como en otros escritores de su género, a divulgadores talentosos que, para su suerte, han conseguido hacerse millonarios con el ejercicio de la pluma y al mismo tiempo han construido una legión de nuevos lectores que tras leer las novelas de Brown tal vez fueron a la librería a buscar el poema de Dante. Así se aprende a leer: con un Virgilio generoso que nos guía.