blogeditor · 25 de junio de 2015
Por: Guillermo Fajardo
Las salidas de este Gobierno se transforman en laberintos. Esta vez no fue la excepción. Su forma de hacer política es inextricable y nudosa: no han encontrado en la figura del Presidente al candidato que los llevó a los Pinos. Enrique Peña Nieto se ha convertido en el activo menos prestigioso del Gobierno que encabeza. Si llegara a renunciar, puede que le hiciera algún bien a su legado. Por eso Emilio Chuayffet -con toda la carga emocional y principiante de los novilleros- aclaró, en una conferencia pronunciada en el Club de Industriales, lo siguiente:
Llueva o truene habrá evaluación. Seguirá habiendo evaluación en México, porque quien piense lo contrario ofende al Presidente Peña, quien desde su discurso inicial señaló: “no más plazas espurias, no más plazas vendidas, no más plazas heredadas”.
[contextly_sidebar id=”BVYbPjyl9J1X7MoNSYs5ezQ671wwOvvt”]El Secretario ve en la ofensa al Presidente la más terrible consecuencia de quienes se oponen a la evaluación docente. La doctrina del Secretario es -me imagino- aquella del temor reverencial que busca, ante cualquier eventualidad, recurrir a su inmediato superior para desahogar las quejas. Es significativo el gesto retórico: esta hipérbole política por la que Chuayffet parece decantarse. Pone al Presidente como el primer ofendido cuando Peña Nieto debería ser el primer interesado. Aplaza la responsabilidad del Presidente pues no ve en él a un líder sino a alguien que puede ser golpeado políticamente. Sorprende que el Secretario vea a su jefe como víctima cuando es autoridad y no cualquiera: se trata de quien -se supone- debería ser expedito en su actuar político, sorpresivo en sus maniobras, plagado de ideas. No es así: excepción hecha del talento que tiene para desperdiciar su capital político. De esta forma tenemos un mandatario renegrido, pero sport; líder, pero víctima; conciliador, pero golpeado.
Una de las acciones más importantes del sexenio no podía ser dejada de lado. México lleva años esperando que se prenda el oscuro cuarto de la educación: un hoyo negro cuyo rótulo dice: “Aquí se venden plazas porque nos dejan”. A la deriva, como una tabla en medio de la tormenta, el sistema educativo mexicano gozó de la robustez opaca que producían los pactos con el Gobierno Federal y el aplazamiento indefinido de sus metas. La CNTE actúa como lo hace porque se lo permiten y porque su comportamiento no es de ninguna forma excepción en un país acostumbrado a la impunidad. El Gobierno es, por supuesto, cómplice de las trapacerías huecas de docentes incompletos. Las cifras dan miedo. Son el resultado de quien no hace su trabajo.
1) Solo poco más de la mitad de los jóvenes de entre 15 y 17 años cursa la educación media superior; 2) según la prueba PISA, cerca del 40% de los estudiantes de 15 años es incapaz de utilizar la lectura como herramienta para impulsar y ampliar sus conocimientos en otras áreas, y 3) 60% de los normalistas que se presentaron al Concurso de Ingreso el año pasado carece del perfil necesario para ejercer la docencia.
No hay que olvidar la frase de Chuayffet, pues revela mucho de la debilidad de este Gobierno. Ante la ausencia de eficacia educativa, el recurso de la victimización política. El problema en México ya no parece ser la forma y la manera en que se comparte el poder sino cómo se ejerce. Ya no de forma desmedida sino de manera incompleta, a la manera de una figura geométrica a la que olvidamos ponerle el trazo final de manera deliberada. No es un problema exclusivo de este Gobierno sino del arrastre íntimo de un poder demasiado interesado en hacerle bien a sus élites, pero no a sus ciudadanos. Lo dicho por Chuayffet no es de ninguna forma accidental sino algo promovido desde una visión autoritaria del poder, pues es también una amenaza escondida: no vayan a hacerlo enojar. De las épocas del presidencialismo más fuerte hasta el día de hoy, la figura del Presidente se ha transformado a tal grado que Emilio Chuayffet no duda en hacerlo recipiente de ofensas y maltratos, cuando antes era motivo de adoración política a través de la depauperación y supresión absoluta de los pactos y la negociación. El Presidente existía para sí mismo.
El Secretario parece creer que invocar la figura de Peña Nieto es motivo suficiente para olvidarnos del maltrato de su partido y de su incapacidad. Esto revela que la clase política también está dividida en estamentos: los que ven en el Presidente al decisor último y los que, como Chuayffet, ven en el Presidente a la víctima última, a la que no hay que ofender.
No vaya a ser que se lo tome tan a pecho.