blogeditor · 27 de junio de 2014
A las dos en punto de la mañana ¡motín a bordo! Ronquijote de la lancha, junto con muchos mexicanos, se rehusaron a desembarcar rumbo a Natal (¿pos no que muy sabrosos?). Ahí solo nos tocaba ir a firmar de testigos de un asunto entre italianos y uruguayos, pero esto es un mundial y a mí la sola idea de ir a ver jugar a Pirlo y a Balotelli, así como ver de cerca las mordidas de Suárez y en una de esas de reojo a Forlán para echarle un piropo en honor de Karla Iberia, eran razón suficiente para treparme a un autobús que tardaría siete horas en llegar al estadio. Tomen en cuenta que veníamos del juego del TRI, tuvimos dos horas para bañarnos, cambiarnos y lucir como un aficionado promedio, aunque en este mundial ese promedio ya es minoría vulnerable.
— Georgina Gonzalez (@Geo_Gonzalez) junio 26, 2014
Natal sigue siendo parte del homenaje a nuestro frondoso sureste. Escárcega, Carrillo Puerto venían a mi mente. Esto lo supe de regreso, porque de ida clavé el pico sin escuchar la selección musical del chofi. Para poder subir al autobús nos piden dos copias del pasaporte, creo que los que traigan Calcomanía Uno ya no podrán circular tan libres. Ignoro si subieron a revisar, de haberlo hecho seguro no habría tenido problema, en mi foto de pasaporte salgo de jeta, misma que me estaba reventando en el primer asiento del autobús.
— Georgina Gonzalez (@Geo_Gonzalez) junio 26, 2014
Esta sede mundialista le echó mas ganitas, pero también les agarraron las prisas: el estadio una chulada -que es lo que a FIFA le importa- los accesos funcionales, los alrededores ahí están, lo demás al estilo de “el alambre, el clavito y agárrale aquí tantito”. Repuse mi energía sólo para venirla a perder en tres horas de estar parada, una y media para entrar (porque han de saber que tanto acarreo es sólo para botarlo a uno cuando ni habían abierto el estadio) y otra hora y media para comprar dos Fulecos y un llavero. Ah, porque si otra cosa nos sale natural a los mexicanos es la compradera. “Éste le va a encantar a mi comadre”, “mi vecinito se va a volver loco con esta playera”, “ay, no le llevo nada a los ahijados de la de la tanda” y así.
Para la venta de chunches oficiales el lema de “orden y progreso” se fue a la fruta; un puesto al estilo mercado sobre ruedas con logo oficial de FIFA, cuatro garotas haciendo su mejor esfuerzo y cientos de fanáticos haciendo bola, porque ni siquiera se armó la cola. “Donde veas un espacio, clávate”. Formábamos una especie de scrom de rugby donde todos se enlazan, se empujan, se mueven y no avanzan. Todo eso en un bochornoso calorón. A mí me tocó que un gordo me epujara todo el tiempo. Cuando logras llegar al mostrador, la onda es llamar la atención de la garotinha, hacer contacto visual y de ahí que te atienda. Obvio durante la hora de lucha libre en Temazcal no da tiempo de ver qué es lo que venden, asi que llegas a pedir que te muestren todo de cerca.
[contextly_sidebar id=”9dc0c57b42df7c016dcc6dbfa45167d2″]La peor rechifla se la llevó un tenochca que, después de la odisea, sólo pidió la playera de Japón. “Pero mirá a este loco, shegar hasta acá en el Uruguay-Italia y pedir la remera de Japón”, gritó una incha uruguaya. Acto seguido yo cancelé mi imán de Costa de Marfil que ya traía la señorita en la mano. Ahí no acaba la cosa. Después de pedir, lo guardan en una bolsa, te dan una contraseña y te tienes que volver a formar otra media hora para pagar, la señorita ya no sabe dónde quedó la bolsa con tu shoping oficial de FIFA, pero lo encuentra y lo abre para revisar si es lo que pediste o si todavía quieres algo más, vi que el imán de la tierra de Drogba estaba junto y siempre si me animé.
Mi lugar en el estadio, justo atrás de la banca de Uruguay, que eran mayoría, dos filas adelante de un uruguayo al borde del colapso. Los italianos eran pocos, de hecho éramos más mexicanos y nada qué ver con la manada de suricatos hambrientos en que solemos convertirnos cuando juegan los nuestros. Hay una cámara enfrente donde despeja el portero, pero ni éxito tuvo el gritete ése. De hecho hubo tres intentos y no prendió.
El calor bravísimo y con la disposición de FIFA de regar el campo, el estadio de Natal vino a transformarse en un Coruco Díaz. Eso y el que los uruguayos convirtieron el asunto en un juego de vuelta de final de Libertadores, los italianos nomás no vieron ni dieron una. Yo entonces decidí apoyar con todo al árbitro, Chiquimarco, que corría sus diagonales maravillosamente y que sufrió en serio para tratar de hacer un juego fluido. Entre mañas y dramas de unos y otros, el juego se interrumpía cada tres minutos. El único cabezazo peligroso del primer tiempo fue mío; el cansacio y el mal ritmo del juego lo provocaron.
Para el segundo tiempo alguien le avisó a los uruguayos que sólo ganando pasaban, así que comenzaron a tirarse menos y a jugar más, aunque sólo para continuar tirándose en el area italiana. Pobre Marco, parecía policía de crucero sin semáforos y en hora pico, todos exigiendo, reclamando, fingiendo. Las bancas se vaciaban por cualquier jugada, el cuarto árbitro ya pedía esquina, no quedaba bien con nadie.
Marco se hartó y echó a un italiano con arrojo, personalidad y sobretodo justicia, después de un santo mulazo. Vino la jugada perrona, no se vió nada, no hubo repeticiones (tan acostumbradotes que nos tienen en la tele). Veíamos a Suarez agarrarse la boca y al italiano enseñarle el hombro a Marco. Uno decía ¡me encajó el colmillo!, el otro sólo se lo tapaba para ocultar lo retorcido que lo tiene. Marco no actuó, su asistente tampoco vió nada. Y en esas estábamos cuando ¡gol de Uruguay! Godín el héroe #fuerzagodin o #todosomosgodin. Ya no hubo ni tiempo ni manera, los del pais de la bota fueron botados del mundial en el Coruco Diaz y al más puro estilo cañero.
Creo que los aficionados también debemos tener un proceso de preparación para asistir y resistir un mundial. No es de dios este sangoloteo en aras de andar buscando el jogo bonito y luego siete horas de retache. Y ahí no paró la cosa, en el autobús me tocó junto al gordo de los souvenirs y adelante de Ronquijote de la lancha, que finalmente se animó.
Contrario a los uruguayos, nos falta colmillo. Regresamos disminuídos, gastados, con sueño. Firmas como testigos de que el Mundial junta estilos dentro y fuera de la cancha, que cada país busca y encuentra sus procesos y sus modos, que la conciencia de la diversidad es el camino a la tolerancia, pero que los límites son tan necesarios como innecesarias siete horas de ida y siete de vuelta. Y sobre todo que alguna baja de lithio debe darle periódicamente a ese Luis Suárez, para ponerse como se pone. Y algo deben tener los italianos en mundiales que cuando no les dan cabezazos los muerden. Con todo y todo, celebro no haber sido parte del motín a bordo.