Redacción Animal Político · 25 de junio de 2025
Viajar a Tailandia es sumergirse en un mosaico vibrante de cultura, historia y paisajes que deslumbran por su exotismo. Pero también es descubrir una realidad compleja detrás de los símbolos más representativos del país, como los elefantes que ocupan un lugar especial como íconos nacionales con un profundo arraigo en la historia, la mitología y, más recientemente, la economía turística.
Los dos autores de este texto hemos sido testigos in situ, de cómo los elefantes interactúan con los humanos: pintando cuadros frente a turistas, llevando gente en sus lomos o participando en rituales tradicionales. Estas escenas, que en internet suelen aparecer como postales idílicas, contrastan profundamente con lo que sabemos de ellos como seres sintientes, capaces de experimentar emociones, formar vínculos y sufrir tanto física como psicológicamente.
Detrás de las imágenes de visitantes bañando elefantes o asistiendo a espectáculos en apariencia inofensivos, se esconde una realidad menos romántica: animales que por siglos fueron fuerza de trabajo indispensable en la agricultura han sido reciclados como piezas clave en la maquinaria del turismo global. Esta experiencia personal y la reflexión ética sobre su explotación pasada y presente nos motivaron a escribir este texto, con el objetivo de analizar de manera crítica su papel en la economía y la identidad de Tailandia, y contribuir a un diálogo necesario sobre nuestro trato hacia estos magníficos animales.
El auge turístico de Tailandia es innegable. En 2023, el país recibió 28 millones de visitantes extranjeros, según la Organización Mundial del Turismo. Aunque esta cifra aún no alcanza los casi 40 millones previos a la pandemia, el turismo sigue siendo un pilar fundamental de su economía, representando hasta 15 % del Producto Interno Bruto en su mejor momento. Pero esta prosperidad tiene un costo oculto: la transformación radical del papel de los elefantes en la sociedad tailandesa. Si antes eran esenciales para el trabajo agrícola y el transporte de madera, hoy son una atracción central en espectáculos, paseos y los llamados ‘santuarios’. En los últimos años, estos centros turísticos han proliferado bajo nombres que evocan compasión: ‘refugios’, ‘orfanatos’ y ‘centros de rescate’. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿son estos lugares auténticos espacios de rehabilitación y cuidado o sólo son negocios disfrazados de práctica ética?
Aunque algunos de estos espacios son legítimos y buscan proteger elefantes rescatados del maltrato, muchos otros han encontrado en el turismo ecológico una nueva forma de explotación. En estos lugares, los turistas pagan por experiencias que incluyen alimentar, bañar o fotografiarse con los animales, actividades que, aunque parecen inofensivas, responden más a una lógica de mercado que al bienestar de los elefantes. Pocos se preguntan si el contacto constante con los visitantes les genera estrés, si sus comportamientos han sido modificados para adaptarse a las exigencias del turismo o si en realidad están en un entorno adecuado para su recuperación.
La relación de Tailandia con los elefantes es una intersección entre lo económico y lo simbólico, arraigada en la historia, la religión y la transformación del país. En el budismo, la religión predominante, los elefantes tienen un significado sagrado: según la tradición, Buda se reencarnó en múltiples vidas en forma de elefante antes de alcanzar la iluminación. Entre ellos, el elefante blanco se ha considerado un emblema de pureza y sabiduría, estrechamente vinculado a la realeza. En el pasado, poseer elefantes blancos no solo confería prestigio, sino que era un símbolo de legitimidad y poder para los monarcas tailandeses.
Por otro lado, más allá de su dimensión espiritual, los elefantes también han sido pilares de la economía tailandesa. Durante siglos, desempeñaron un papel esencial, tanto en la agricultura —en especial en el cultivo de arroz— como en la industria maderera, donde eran utilizados para la tala y el transporte de troncos. No obstante, con la industrialización y el auge del turismo en las décadas de 1980 y 1990, Tailandia dejó atrás su economía agrícola para consolidarse como un destino turístico global. Este cambio desplazó a los elefantes de los campos y selvas hacia los escenarios turísticos, donde pasaron de ser herramientas de trabajo a convertirse en atracciones dentro de un espectáculo diseñado para el entretenimiento internacional.
Pero ¿realmente han dejado de ser explotados? El problema ético es claro: aunque los santuarios parecen ofrecer una alternativa más compasiva que los tradicionales espectáculos circenses o los paseos con sillas de hierro sobre sus lomos, muchos siguen instrumentalizando a los elefantes como una atracción más. El contacto repetitivo con turistas, los baños programados para entretenimiento y la dependencia de la financiación turística perpetúan un sistema donde estos animales siguen siendo parte de la maquinaria económica. En el fondo, lo que ha cambiado no es la explotación, sino la narrativa con la que se justifica. Así, la cuestión no es sólo si los santuarios representan una alternativa ética, sino si es posible replantear una relación con estos animales fuera del marco económico que los ha definido durante siglos.
Para ello, es fundamental que tanto turistas como gobiernos asuman la responsabilidad de transformar este modelo. Es necesario impulsar políticas que regulen estrictamente las condiciones en que se mantienen los elefantes en estos espacios, así como fomentar alternativas de conservación, en verdad, enfocadas en el bienestar animal y no en la rentabilidad turística. A su vez, los visitantes deben cuestionar el tipo de experiencias que consumen y reflexionar sobre su papel en la perpetuación de estas prácticas.
La controversia está servida: ¿puede el elefante tailandés ser liberado de esta carga simbólica y económica, o seguirá siendo una herramienta productiva más, adaptada a las necesidades de un mundo globalizado? Lo que está claro es que cualquier solución pasa por cuestionar no sólo la explotación turística, sino también las raíces culturales y económicas de esta relación. Por ahora, el elefante tailandés sigue siendo un trabajador atrapado en la transición, ya sea cargando turistas, pintando lienzos o promoviendo la ilusión de un santuario. Como sociedad global, nos queda reflexionar: ¿estamos realmente dispuestos a cambiar nuestra manera de relacionarnos con ellos o seguiremos siendo cómplices de su explotación bajo nuevos disfraces?
* Marcelo Torres Salem es tesista para obtener el título de licenciado en Geografía. Su trabajo e interés académico se concentra en torno a la movilidad humana y la Geografía Económica. Gino Jafet Quintero Venegas es doctor en Geografía por la UNAM, con un posdoctorado en Bioética. Actualmente es Investigador Asociado “C” del Instituto de Investigaciones Sociales en el área de Espacio social, y profesor de Temas selectos de biogeografía en la Facultad de Filosofía y Letras de la máxima casa de estudios.
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