Redacción Animal Político · 4 de noviembre de 2024
Durante las últimas semanas, la Radio Pública de Estados Unidos (NPR) ha emitido con insistencia una cápsula en la que su corresponsal en la Casa Blanca, Tamara Keith, nos anuncia -quizá para atenuar el tedio de su público- lo evidente: que un buen día, ya muy próximo, las elecciones presidenciales habrán concluido. Sin embargo, su cándido mensaje conlleva también una seria advertencia: quien resulte ganador, es decir presidenta o presidente, tendrá mucho más poder que antes.
Y así será. Y así fue en las últimas elecciones presidenciales celebradas en México. Todo mundo esperaba, con razón, que la ganadora seguiría el mandato de su antecesor; incluso se impuso el lema del “segundo piso de la transformación”. Sin embargo, nadie, o muy pocos, previeron el alcance que, gracias a la super mayoría en ambas cámaras del Poder Legislativo, la presidenta obtendría, en efecto, muchísimo más poder que antes y que no tardaría en utilizarlo en forma indiscriminada, sin equilibrios que la contengan, ni siquiera al interior del partido o movimiento que encabeza el Poder Ejecutivo.
Se pueden debatir hasta el fin de los tiempos las virtudes e inequidades de las propuestas del gobierno “del segundo piso”, pero lo cierto es que se trata de un poder unitario, que actúa y opera políticamente sin contrapeso alguno, en abierto rechazo a cualquier institución o figura pública que cuestione al nuevo gobierno, muestra inequívoca de su mayor, omnívoro poder. Ello nos remonta a los sexenios anteriores al del presidente Ernesto Zedillo, recientemente rebautizado como la nueva “bestia negra” en sustitución del hasta hace poco “innombrable” Carlos Salinas de Gortari.
¿Qué ha pasado tanto en México como en Estados Unidos para que la construcción de una democracia en el primer caso, y la llamada cultura cívica (legendario término acuñado por los politólogos Almond y Verba) en el segundo, hayan terminado en un desastre político, electoral, jurídico y por ende social, especialmente después de haber pasado por pruebas y desafíos no menores?
Una lista que avanza rápida, intercambiando países y experiencias: el asesinato de Kennedy; Diaz Ordaz, el 68 y el papel del ejército; Vietnam; Echeverría y la guerra sucia; la indigna presidencia de Nixon; la abusiva y corrupta por excelencia presidencia de López Portillo; el advenimiento de las Reaganomics y la mutación de la economía y la geopolítica mundiales; el fraude del 88 y la exitosa negociación del TLC; los Clinton y sus complicadas relaciones políticas y sentimentales; el triunfo de Cuauhtémoc Cárdenas al gobierno de la capital en 1997; el desastre electoral entre los candidatos presidenciales Gore y W. Bush en 2000; la esperada salida del PRI de los Pinos el mismo año; Saddam y la segunda guerra del Golfo Pérsico; Calderón y la guerra contra el narco; la Gran Recesión y la llegada de Obama a la presidencia de Estados Unidos en 2008; el regreso del PRI en 2012 y de sus prácticas cleptocráticas versión 2.0; Trump en 2016, AMLO en 2018…
¿Qué fue lo que en México y en Estados Unidos nos trajo hasta un punto de desencuentro con nuestras respectivas experiencias democráticas? Allá se tardaron 237 años para llegar al pleno desencanto, a la absoluta desconfianza en una forma de organizar el poder político a partir de libertades que, guste o no, pusieron el piso y condiciones para generar a su vez un crecimiento y poder económicos nunca antes vistos. Aquí, al sur, resultaron suficientes poco menos de treinta años para desencantarnos, no así para decepcionarnos, pues ello implicaría que alguna vez en México hubiésemos vivido y celebrado nuestra joven cultura de la democracia con la misma devoción con la que cada año festejamos a los muertos, a la Virgen y al Niño Dios, a los Reyes, a los Tigres del Norte, y más recientemente a la Barbie y a los narcocorridos.
Las explicaciones de corte cultural pueden ser tan incompletas y confusas como aquellas que nos ofrecen los politólogos y los economistas. Por donde se lo vea, es un hecho incontrovertible que en México la democracia no trajo consigo el crecimiento y desarrollo prometidos, ni mucho menos la reducción de las centenarias desigualdades sociales y económicas. Resultado: desengaño, indiferencia y escepticismo crecientes lo mismo en las capas medias que bajas. Por su parte, en Estados Unidos la degradación del empleo y del ingreso, de la cultura de masas, de los medios masivos de comunicación, de la política misma y de su discurso tergiversado difundido a escala continental, costa a costa a través de las redes sociales, de la cultura de las celebridades y su inserción, siempre forzada, en la oferta política de quienes se postulan a ocupar un puesto de elección popular, terminaron por aglutinar a los excluidos del reparto de las mega riquezas ―en los ámbitos de la industria, del campo, de los empleos de servicios― y su supuesto efecto de goteo hacia las bases y franjas intermedias de la pirámide social.
Con todas sus abismales diferencias y divergencias, tanto en México como Estados Unidos la respuesta al declive de la cultura democrática, así como al descreimiento en las formas de organizar la política bajo los preceptos básicos de la democracia, sus partidos, sus instituciones y sus poderes constitucionales, tuvieron como primera víctima a sus respectivas sociedades, aquí y allá. Dos líderes, tan distintos como parecidos, se encargaron de organizar la división social en dos campos radicalmente antagónicos.
Por último, cada líder en ambos lados de la frontera se encargó, predeciblemente, de explotar al máximo su discurso divisorio teniendo en el horizonte el próximo ciclo electoral. Allá, mujeres y hombres de a pie, gente común y corriente, están listos y dispuestos a votar en contra de sus libertades y de sus propios intereses. Aquí, en México, los liderazgos políticos han reciclado vejestorios provenientes del cuaternario político. Nuestra auténtica novedad en estas lides reside en que las generaciones “Y” o “Millennials”, “Z” o “Centennials” han resultado unos convencidos a muerte de la supremacía del sistema de Partido Único. Tenemos a cuadros oficialistas jóvenes, o aún jóvenes, dispuestos a hacer aquello que mandató el líder fundacional: mandar todo al diablo, instituciones, división de poderes, organismos autónomos. Algunos convencidos genuinamente por la desinformación y la polarización, otros a cambio de retribución económica. El problema, a ambos lados de la frontera, es que el diablo se mantiene siempre joven y siempre poseedor de un discurso polarizante y de una billetera de la que salen pesos y dólares hasta el infinito.
* Bruno H. Piché (@BrunoPiche) es ensayista y narrador. Ha sido editor, diplomático, promotor cultural y de negocios internacionales. Es autor de los libros Robinson ante el abismo, Noviembre, El taller de no ficción, Los hechos y más recientemente, La mala costumbre de la esperanza (Literatura Random House). En 2025 aparecerá su libro de ensayos biográficos del primer premio Nobel mexicano, Alfonso García Robles, por El Colegio Nacional, del cual García Robles fue un destacado miembro.