blogeditor · 29 de mayo de 2014
Por: Aurélien Guilabert (@progresistamx)
Tras obtener más de 25% de los votos expresados, el Frente Nacional (FN) venció no solamente el partido de gobierno, el Partido Socialista (PS- 14.3%), sino también supera la primera fuerza política de oposición del país, La Unión por un Movimiento Popular (UMP- 20.2%). Con estos números, la extrema derecha logró apropiarse de un tercio de las diputaciones que representan a Francia en el Parlamento Europeo.
Las elecciones municipales que tuvieron lugar hace unas semanas habían alertado el fenómeno. Cada día, las encuestas iban comprobando la tendencia en los medios de comunicación. Sin embargo, ni los partidos políticos ni los ciudadanos tomaron medidas al respecto, no hubo reacción alguna.
Ante Europa y ante el mundo, Francia es ahora un país mayoritariamente compuesto de simpatizantes del Frente Nacional. Un golpe fuerte para su régimen democrático basado en los principios de la libertad, la igualdad, la fraternidad y construido sobre el andamiaje de un modelo social reconocido históricamente.
[contextly_sidebar id=”87f3a1ad34a44daa90706202fddf9e57″]Sin embargo, en medio del sensacionalismo mediático que puede provocar el resurgimiento de extremismos en Europa, es esencial relativizar las grandes declaraciones hechas en los medios franceses e internacionales, quienes retoman y dan por hecho el nuevo lema de la extrema derecha: “Frente Nacional, primer partido de Francia”. Sin duda, el Frente Nacional tuvo un avance en Francia. En comparación con las últimas elecciones europeas de 2009, donde obtuvo un resultado de 6.4%, en unas elecciones que registraron una tasa de abstención mayor (59% frente a 57% de las de este año). Nunca en su trayectoria histórica, el FN había llegado en primer lugar a nivel nacional en unas elecciones.
Durante los diez últimos años, la extrema derecha francesa logró consolidar sus bases a través de una estrategia de comunicación seductora y persuasiva: ante coyunturas críticas internacionales que afectaban los privilegios sociales y económicos que se fueron construyendo durante la segunda mitad del siglo XX, el FN ofrecía un discurso populista y demagogo, en la mayoría de las ocasiones inoperable y poco realista. Un discurso público mucho menos directo, en comparación con el manejado por el líder histórico del FN, Jean Marine Le Pen. Este nuevo discurso era vociferado por una líder joven y hábil, atractiva a nuevos grupos indecisos y contestatarios. Y a pesar de haber actualizado la forma, en el fondo, el discurso sigue susurrando argumentos nacionalistas basados en la intolerancia y el racismo.
En las redes sociales, el FN se caracteriza por su dinamismo y supera los niveles de simpatizantes en comparación con el PS o el UMP. Esta virtualización exitosa del FN en Francia es característica del proceso de banalización de las ideas de extrema derecha favorecida por un contexto de crisis económica, social y política que atraviesa el país. La práctica y la historia política nos enseñan que en contexto de crisis multidimensional, acompañado por una pérdida de confianza en las instituciones o del sentimiento de representatividad en la élite política, las tesis autoritarias y extremistas tienden a ganar terreno en la opinión pública, en particular en las clases populares.
Y es en estos grupos que perciben o viven una situación de exclusión por parte de las élites y del modelo político y de sociedad en general, en la que radica la principal amenaza para la visión democrática y solidaria que caracteriza y ha caracterizado a Francia durante décadas.
Debemos ser cautelosos en el análisis de la coyuntura política francesa actual, y no caer en generalizaciones peligrosas. En primer lugar, es interesante subrayar la debilidad del núcleo de militantes del FN, ya que el número de adherentes o afiliados queda muy por debajo de los principales partidos políticos franceses. Por otro lado, el FN tampoco goza de una gran representación popular, al poseer dos de los 577 escaños en la Asamblea Nacional y 11 de los 36 mil 681 municipios disputados en las elecciones celebradas hace un par de semanas. La abstención, el método de escrutinio y proporcionalidad simple fueron los tres factores que favorecieron y potencializaron su representatividad en el Parlamento Europeo.
Es importante considerar que no se trata de un caso aislado. En varios países europeos como Austria, Dinamarca y Reino Unido, entre otros, los euroescépticos también superaron el 15% de los votos expresados. Por lo que de un total de 766 diputados europeos, las corrientes de extrema derecha ocuparán alrededor de 40 asientos.
Por ello, más allá de un voto sanción en contra de la política nacional francesa, el resultado de las elecciones europeas es una victoria obtenida por la derecha gracias a su modelo neoliberal y al mismo tiempo por el desinterés y el desamor europeo en su totalidad. Un voto más de confianza a las fuerzas de derecha europeas, quienes promovieron e instalaron dicho modelo, y al mismo tiempo un rechazo brutal con la idea de una Europa solidaria.
El crecimiento de las corrientes de extrema derecha, ahora en las instituciones europeas, representan una amenaza de regresión a las políticas nacionalistas proteccionistas al límite de la xenofobia, que alguna vez tuvieron consecuencias desastrosas para el continente y la humanidad. La Unión Europea está viviendo una crisis en el proceso de construcción permanente llamado ‘proyecto europeo’. Los temas e instituciones continentales se hacen presentes en la opinión pública únicamente en dos momentos: en tiempo de elecciones o cuando una directiva europea desfavorece a algún grupo de interés o sector económico nacional. Las deficientes campañas electorales y la falta de esfuerzos institucionales en materia de comunicación social han promovido la falta de sentimiento de pertenencia comunitario.
No cabe duda. El 25 de mayo los franceses no votaron a favor de un nuevo modelo europeo comunitario social enfocado en el crecimiento durable, responsable y en la juventud. No aprovecharon la oportunidad de impulsar un nuevo liderazgo que hubiera podido ser un contrapeso en una tendencia mundial a la globalización capitalista desenfrenada. Tampoco tomaron consciencia del reto que representaban estas elecciones europeas para el sistema continental, y en las cuales se elegiría por primera vez al Presidente de la Comisión Europea.
Ahora corresponde a los legisladores europeos no solamente tomar consciencia, sino actuar frente a la ruptura y a la falta de representatividad que los separan de los ciudadanos. Cambiar la imagen y el comportamiento de una élite política lejana y aislada en una burocracia de magnitudes continentales. Es necesario ciudadanizar los procesos y dinámicas de un monstruo europeo, conocidos actualmente por una pequeña minoría ilustrada. Es necesario que se promueva la difusión de las ventajas y sobre todo los grandes logros de este mecanismo comunitario único en la historia del mundo. La izquierda europea tendrá que aliarse para repensar su estrategia de comunicación y de difusión en estrecha colaboración con los gobiernos nacionales y las regiones.
Francia no podrá no actuar, ni aparentar un desinterés o permanecer con los brazos cruzados ante este penoso fracaso de los principios de la Quinta República. A la izquierda se le presenta una histórica oportunidad para tomar el liderazgo y reunir a las fuerzas de centro, moderadas y progresistas de todo el continente. Unirse y proponer una alternativa de lucha contra las ideas extremistas. Una unión que forzosamente deberá incluir la totalidad de los partidos republicanos, y no solamente los llamados “de izquierda”.
Los franceses, y los europeos, deberán recordar los errores que un sentimiento populista e intolerante que logró permear en las instituciones democráticas, provocó hace menos de un siglo. Un pasado triste que se está despreciando hoy en día. Europa deberá construir un frente común republicano a favor del respeto a la libertad, la igualdad, la fraternidad y a la defensa y la aplicación de los Derechos Humanos. Europa deberá restablecer la confianza en los partidos republicanos a través la mejora de la representatividad y una comunicación más cercana con los diferentes grupos de la sociedad. Los gobiernos del continente, de la mano con esos partidos y en estrecha vinculación con la sociedad civil organizada, la academia y la iniciativa privada, tendrán que formar una coalición en contra de las derivas demagogas y los desvíos intolerantes propios a la extrema derecha. El trabajo con la juventud será clave del cambio de la sociedad.
El cambio de paradigma en la izquierda francesa es inminente. El Presidente francés recibe otra llamada de atención. Ojalá que en esta ocasión, ni el Gobierno, ni los ciudadanos pasen por alto este vergonzoso acontecimiento de la historia de nuestro país, y en la historia de la construcción europea.
* Aurélien Guilabert es socio fundador de Espacio Progresista, thinktank independiente, apartidista y sin fines de lucro que busca proponer y difundir soluciones políticasprogresistas e innovadoras en México @progresistamx / www.espacioprogresista.mx