El vuelo de Paloma. La justicia que nunca llegó

blogeditor · 28 de marzo de 2022

El vuelo de Paloma. La justicia que nunca llegó

LA VIDA

El 17 de junio de 1985 a las 4:55 de la mañana en el hospital central del estado de Chihuahua nace Paloma.

Al tenerla por vez primera, jamás imaginé lo que años después pasaría; tenía en mis brazos una promesa de vida, una niña, una hija que en mi visión sería feliz en mis brazos y a mi lado. La protegería siempre contra todos y contra todo. Al sostener su diminuto cuerpo en mis brazos le prometí que yo sería para ella como las puertas de un templo que siempre están abiertas, como el puerto para los marineros, eso sería para ella, ya que ella para mí era el comienzo de una nueva vida, la esperanza de vida la tenía en los brazos. Cuando me tomó con su pequeñita mano el dedo índice de la mía, no había duda: esa vida concebida hacia 9 meses atrás, hoy se volvió una realidad. Mi sol brilló diferente, mi alma rebosaba de alegría y de amor, mi vida cambió de rumbo, mis pensamientos, mis sentimientos y mi visión hacia el futuro ahora tenían un nombre, Paloma, nombre en el cual llevaría su significado y su destino, la paz, la tranquilidad, esperanza, libertad y un día emprendería un vuelo alto, un vuelo sin retorno.

Distinguida desde muy pequeña por su intensa y firme mirada, por su amor incomprensible hacia los animales y más aún a los niños y los ancianos; estos eran su debilidad, expresaba con sus actos ese amor inmensurable para los más vulnerables. Su amor mayormente expresado fue cuando nació su hermano Fabián, ahí desbordó todo lo que ella era, su protección, su amor incondicional y un futuro que ella vislumbra al lado de su pequeño bebé, como así llamaba a su hermano. Distinguida por  su fe radical en Dios, creció y vivió hasta sus 16 años.

Jamás por mi cabeza paso cuál sería su final en esta tierra, hecho inconcebible aún para mi mente, mi alma y mi corazón; con un futuro prometedor y con unas ganas intensas de vivir salió de su casa el 2 de marzo del 2002 hacia el centro de la ciudad de  Chihuahua Capital, para asistir a su clase de computación los sábados por la tarde, ilusionada porque en tres semanas se celebraría la boda de su mejor amiga Brenda. Ella sería su dama de honor y la ilusión por ese evento lo manifestaba en la preparación para ese día: ella pondría los cojines para la boda. Los cojines nunca llegaron, porque Paloma nunca regresó desde ese sábado 2 de marzo. 29 días ininterrumpidos de búsqueda día y noche, no hubo paz ni sosiego. La incertidumbre, la angustia, la ansiedad  y la desesperación se apoderaron, quedaron en mi vida y en la de la familia

Recorrimos todas las calles de la ciudad, los alrededores, pegamos la pesquisa con su nombre, tocamos puertas, suplicamos a través de los medios y de protesta al gobierno y a todas las autoridades que nos ayudaran a buscarla.

Mientras que mi anhelo más grande de recuperarla con vida permanecía en mi ser, en el interior de mi alma la certeza de que ya no estaba en este mundo era una realidad. Ella nunca se hubiera ido de casa, nunca se hubiera separado de su hermano, por ese motivo tenía la certeza que le habían hecho ya un daño irreversible.

LA MUERTE

Esa mañana del 29 de marzo del año del 2002, un viernes Santo, llegaron a mi casa policías judiciales y me trasladaron a las oficinas de la subprocuraduría. Ahí me avisaron que habían encontrado el cuerpo de una mujer en el kilómetro 4 y medio de la carretera Aldama, muy cerca de las instalaciones del c4.

Sin ningún acompañamiento adecuado, sin preparación alguna se dio fríamente la noticia.

Ahí en un arroyo seco dejaron el cuerpo de mi Paloma a la intemperie y abandonado; manos miserables, mentes retorcidas le arrebataron lo más valioso que tenía, su vida.

El asesinato de Paloma vino a ser un número más en las estadísticas de las mujeres asesinadas en el estado de Chihuahua, se sumó a la enorme cifra de feminicidios en la entidad; una más, una muerta más, un número más, en las enormes pilas de expedientes que cuenta la Fiscalía de casos sin resolver.

En la lucha ininterrumpida en estos 20 años, en el afán de la búsqueda de la verdad y la justicia, solo se han dado pequeños pasos; en este camino desértico, en estas eternas noches tenebrosas, en las cuales me pregunto qué fue lo que pasó. ¿Quién se la llevó? Quiero ver un rostro, quiero escuchar a alguien que me diga ¿por qué lo hizo?, ¿por qué le arrebato su vida? Que me diga si tuvo sed, si le dieron agua antes de partir, antes de que su espíritu abandonara su cuerpo. Anhelo escuchar que alguien me diga que no sufrió, pero mis anhelos y mis deseos siempre quedan insatisfechos; no hay nadie que me responda, no hay nadie que me dé la respuesta a la que tengo derecho. La impunidad que reina y prevalece es alimentada a través de los años por un sistema de justicia cómplice y protector de los asesinos.

LA IMPUNIDAD

Ya son 20 años de impunidad. Cuatro gobernadores, diversos fiscales, diversos investigadores, pero nadie, absolutamente nadie, ha dado respuesta a estas preguntas. Solo son promesas que ahora sí, que la impunidad se acabó, que las mujeres tendrán justicia, solo promesas, nadie ha cumplido.

20 años ininterrumpidos caminando día y noche, en búsqueda de ese derecho tan legítimo, pero cada vez más lejano; es la impunidad abrazada por los funcionarios o servidores públicos los que han hecho imposible el conseguir esa verdad.

La impunidad es tan o más destructora que el mismo asesinato. A pesar de los años, el no conocer la verdad nos sigue dañando de manera sistemática. El Estado no alcanza a comprender el enorme e irreversible daño que causa la impunidad, es como un puñal que se mantiene clavado en el corazón, y al más mínimo roce duele y vuelve a sangrar la herida, herida que nunca cierra. Jamás volveremos a vivir igual, mi familia está incompleta, Fabian ya no tiene a su hermana, nunca tendrá sobrinos; podremos parecer raros o diferentes y sí, así somos, la injusticia y la impunidad nos volvió diferentes.

LA PROMESA

Aquel 29 marzo del 2002 abrazando su ataúd entre la aroma de las flores y las velas, yo le hice una promesa a mi Paloma. Le prometí que como no había podido estar  a su lado cuando le arrebataron la vida, empeñaba la mía (mi vida) hasta saber quién la asesinó. Al pie de su tumba le reiteré mi promesa y aquí estoy: soy una mujer que cumple sus promesas; y aunque he perdido mucho en esta guerra -he perdido mi salud, familia, amigos, amigas en este camino- también perdí el miedo. Continúo permanente e ininterrumpidamente al pie de la guerra; mis esfuerzos y acciones van enfocadas en búsqueda de la verdad y la justicia para Paloma y para todas las demás víctimas cuyas familias acompañamos.

Hoy se cumplen 20 años que me entregaron su cuerpo sin vida, 20 años ininterrumpidos de una sed de justicia insaciable, 20 años sin ella, sin mi Paloma; cobardes y miserables son los autores de este terrible asesinato. Destruyeron sus sueños, sus anhelos, su derecho a vivir; masacraron su cuerpo, pero segura y convencida estoy que no tocaron su espíritu. En medio de la oscuridad en la que ejecutaron este singular y reprobable asesinato, ahí la mano poderosa de Jesús iluminó su último instante de vida, para llevarla consigo a la presencia del padre.

Y como lo que fue, una paloma, abrió sus alas y emprendió el vuelo, volando alto para nunca regresar; dejando aquí a quienes la amamos, la extrañamos y hoy, dignificamos su memoria.

Mi consuelo se refugia en la certeza de su destino final, mi confianza absoluta en que algún día también entraré en ese camino sin retorno, cruzaré esa puerta y la veré de nuevo, acariciaré su cabello, tomaré su rostro entre mis manos, y juntas entonaremos un himno nuevo.

Paloma con su nacimiento me enseñó a amar sin condiciones, sin límite, sin prejuicios; me enseñó lo que es el verdadero amor genuino, auténtico y sin medida, el amor de madre. Con su muerte terrenal me enseñó a valorar la vida, a prepararme para la muerte, pero sobre todo me enseñó a vivir y a morir por una causa.

Continúo este sendero con hombres y mujeres, luchando hombro con hombro por un mundo mejor, pero sobre todo con el consejo, apoyo y amor de Fabián, el gran amor de Paloma, mi hijo, a quien esta injusticia le robó el derecho de disfrutar una vida normal, el derecho de tener a su única hermana a su lado.

El vuelo de Paloma marca una ruta en la Tierra para continuar buscando la justicia para las víctimas, justicia que a ella le fue negada por el Estado. El vuelo de Paloma marca una guía en el infinito del cielo, para enseñarnos que aquí somos como aves migrantes que vamos de paso, y que nos espera la eternidad.

Mientras tanto y llego a mi destino final, seguiré luchando bajo el vuelo de sus alas, para que “todas las Palomas vuelvan a su nido”.

* Norma Ledezma es mamá de Paloma Angélica Escobar Ledezma.