blogeditor · 16 de septiembre de 2013
Supongamos por un momento que te quedas sin palabras. Tu lengua, tus dedos están tan secos como lo más profundo de ti, seco como un desierto de agujas, como un mar de yeso. No hay perro nocturno, ni calle, ni luna que te lloren.
Quieres decir, sabes decir, y lo intentas hasta el cansancio, pero si nadie está alrededor para escuchar al árbol que se cae ¿cómo hacer de cuenta que el sonido existe sin enloquecer de improviso?
[contextly_sidebar id=”9320da48c5860fd40426422debc6d20d”]Profundicemos el asunto todavía otro poco y supongamos de nuevo que esas palabras que tanto te hacían falta nunca las tuviste. Las quisiste, las soñaste, intentaste inventarlas, las perdiste sin haberlas encontrado siquiera. Letra a letra las viste deshacerse en vuelos, tan altas, tan fugaces, tan semejantes a la nada, que las dejaste ser.
Más absurdo todavía, por un momento intenta imaginar nunca poder hallarlas. O quizás si te resulta demasiado, que al encontrarlas al fin moribundas en algún rincón olvidado de tu cabeza, cubiertas de polvo y sangre, los instantes se te escurren entre las manos como si intentaras detener la lluvia. Tanto te da igual el viento y la lluvia, que el humo de un cigarro, el ruido de la gente murmurando porque sí o los gritos encubriendo más gritos.
Sigamos suponiendo y digamos que esas causas que juntos (supuestamente) estábamos buscando en verdad no existen. Imagínate de pronto en este encierro de cajita china, preguntando por qué – por qué a las paredes sin que éstas parezcan escucharte. Entonces de repente se desvanecen, todas. Se convierten en espejos viejos, manchados por el oxido y corroídos por el tiempo y la sal. “Que irónico”, piensas mirando a la extraña figura en el reflejo, tú eres tu propia cárcel y a la vez tu última salida. Sé que no tiene el más mínimo sentido, pero acuérdate, estamos suponiéndolo nada más.
Una última suposición te pido. Supongamos que todo lo antedicho es indiscutidamente cierto. Por un segundo intenta pensarlo como verdadero, como irreversible y puro. Por un segundo piénsate atrapado sin salida, para siempre. Que todo tu pensamiento se concentre en esas paredes de metal frío, que se cierran cada vez más y más sobre ti.
Y de repente te encuentras ante una multitud que abuchea o corea tu nombre, que reclama y que juzga tus movimientos, entonces tu voz se vuelve queda y te es imposible poder gritar, y tu grito se vuelve un murmullo. Y tu sonrisa se vuelve una mueca.
Ya está. Puedes si así quieres abrir los ojos, respirar profundo y volver a mirar a tu alrededor. ¿Lo ves? Todo sigue en su sitio. No hay paredes de caja china que te estrujan, ni encierro hasta la asfixia inconsciente, ni espejos salpicados por la herrumbre que se desmoronan porque sí, ni siquiera aquellos encuentros efímeros en la oscuridad de aquel punto imposible. La ciudad sigue con su ritmo miope de cada día y tú, indiferente, le sigues el juego.
Ya está, ya no hace falta que me escuches, de verdad. De todas formas no pretendo ni podría pretender jamás que me creyeras, que pasaras de la estricta suposición, el mero ponerse-en-los-zapatos. Solo que por un segundo intentáramos pensar que fue real, que cerráramos los ojos los dos y lo supusiéramos juntos. Supongamos nada más, simplemente supongamos.