blogeditor · 16 de marzo de 2020
El coronavirus COVID-19 hizo al mundo pequeño. O al menos nos recordó que lo es. Si la memoria no me falla, diría que desde el 11 de septiembre de 2001 no surgía una noticia que sea verdaderamente mundial, que nos permita la certera intuición de que en cualquier país del mundo pudiéramos encontrarnos con extraños y descubrir que compartimos la misma prioridad mediática (por supuesto, sin que esto implique que los significados sean los mismos). Si bien esta pandemia es tantas como las historias que se viven en ellas, vino a recordarnos que somos una especie. Y que nuestras posibilidades de autodestrucción o de supervivencia se encuentran en la capacidad de asumir nuestra interdependencia.
En 1902, el anarquista Piotr Kropotkin publicó su célebre “El apoyo mutuo: un factor en la evolución”. Su apuesta era confrontar las tergiversadas tesis del darwinismo social que sacralizaban la individualidad bajo el argumento de que lo “natural” es la supervivencia del más apto a partir de la competencia voraz entre las personas. Kropotkin nos recuerda que esta visión es reduccionista, señalando cómo en distintas especies animales y sociedades humanas la cooperación y la ayuda mutua han sido factores decisivos para sobrevivir. Posteriormente, el mito de la autosuficiencia del individuo fue cuestionado también por voces como Michel Foucault, Judith Butler y Michael Sandel. No es que las historias personales no importen o que en nuestra individualidad no tengamos una considerable capacidad de agencia sobre lo que nos ocurre, pero eso no logra librarnos de la inevitable interdependencia que tenemos con otras individualidades humanas (e incluso de otras especies).
La pandemia nos impuso la realidad de nuestra interconexión. En esta humanidad que vive y sobrevive en constante crisis, el COVID-19 levantó alarmas porque puede burlar las barreras que permiten a determinados grupos vivir con el privilegio de prescindir del apoyo mutuo. Su rápida expansión nos recordó los breves grados de separación que existen entre vidas virtualmente distantes. Incluso artistas y líderes políticos, aparentemente inalcanzables y blindados de lo raso, forman parte de ese contacto constante de nuestros cuerpos, así sea que nunca los lleguemos a ver. Esa dinámica, silenciosa pero igualmente presente en nuestro modelo de consumo diario –mediado por redes de explotación, transporte de materias primas, outsourcing y otras dinámicas mundiales cotidianas- ha sido develada en la numeralia de casos que se han ido confirmando a lo largo del mundo y del país.
El COVID-19 también nos ha obligado a elegir las preguntas correctas ante incertidumbres colectivas. Nos dimos cuenta que nuestro error había sido –y sigue siendo en muchas personas- preguntarse qué hacer para no enfermarnos (como individuos) y qué riesgos tendríamos en caso de hacerlo, en lugar de pensar como especie y preguntarnos qué papel tienen nuestras acciones ante esta crisis y cuáles serían sus efectos comunitarios. De ahí que en distintas redes sociales haya trascendido información sobre el riesgo de la saturación de los sistemas de salud por una escalada repentina de casos, resaltando que el cuidado personal es una responsabilidad colectiva. Sin embargo, nada de esto es novedoso: es de por sí una de nuestras característica intrínsecas.
Desde hace décadas, y de manera particular hace poco más de una semana, el movimiento feminista ha demostrado que la posibilidad de supervivencia se encuentra en las redes y en la cooperación. No hablo solo de las representaciones más visibles (como las marchas de cientos de miles de mujeres en toda América Latina), sino de sus bases más elementales que apelan a la reinvención de la realidad a partir de la construcción de tejidos comunitarios (siendo el concepto de sororidad un gran ejemplo de ello). Similar lo ha hecho desde hace siglos la lucha de los pueblos indígenas y afrodescendientes, cuyas formas de organización y cuidado comunitario no solo han preservado su identidad sino también áreas naturales imprescindibles hoy día. También esta lógica se manifiesta en los tejidos vecinales de los movimientos urbanos populares en contra de desalojos forzosos. ¿De qué tenemos que curarnos para reconocer que es ahí, en el apoyo mutuo, donde se encuentra un posible futuro para esta humanidad?
Este aparente regreso a nosotras y nosotros mismos durante estos días es apenas paliativo. Si todo surge como prevén las autoridades en materia de salud, la situación volverá a estabilizarse gradualmente hasta volver a un punto de normalidad. Pero no es la normalidad previa la que requerimos para evitar más muertes y poder sobrevivir como especie. Las otras crisis que acaban con más vidas seguirán aquí, así como los invisibles pero fortísimos vínculos diarios que nos atan en esta colmena terrestre. Necesitamos nuevas normalidades que se apeguen a nuestras características más esenciales, como lo es el apoyo mutuo defendido por Kropotkin hace más de un siglo y que hoy podríamos entender como una traducción del olvidado tercer postulado de la Revolución Francesa: la fraternidad.
Estos días vivimos una prueba para nuestra capacidad de revertir procesos históricos que nos han enseñado a pensar desde y para individualidades. Las pérdidas y las sanaciones que logremos no serán ajenas sino facturas comunes por nuestra capacidad de cuidar nuestra casa. Lo mismo sucederá con las cargas de autocuidado que se acentuarán aún más en algunas personas, principalmente mujeres. O en los efectos que tendrá esta pandemia en quienes dependen de la economía informal o que por distintos factores no tienen el privilegio de resguardarse en el trabajo remoto desde casa. Gran parte de los efectos negativos de estas semanas de cautela no vendrán de los riesgos sanitarios sino de las realidades que ignoramos por entenderlas ajenas. Pero son nuestras. Siempre han sido nuestras. Ojalá el paso del virus logre al menos reforzar la salud de nuestra empatía y nuestro sentido de pertenencia a esta especie de la que, para bien o para mal, formamos parte.