Joel Aguirre · 20 de agosto de 2026
Alicia tiene 76 años y enviudó hace ocho. Su esposo, Ernesto, murió a los 68 de un infarto. Ella sigue aquí, todavía hace la fila del banco el día que cae su pensión de viudez. Esa fila resume mejor que cualquier estadística lo que significa envejecer siendo mujer en México: Alicia vive más años, en condiciones distintas.
Es un patrón que se repite en casi todo el planeta y que la ciencia apenas explica desde dos ángulos que rara vez se juntan: la biología y la arquitectura social que decide qué tan bien se viven esos años.
En 1977, el biólogo T. Kirkwood propuso, en Nature, la teoría del soma desechable: el cuerpo no puede invertir en reproducirse y mantenerse sano a la vez, así que sacrifica lo segundo. No explica un dato incómodamente real: en casi todas las especies, el sexo que más invierte en reproducirse vive más. Un equipo del Buck publicó, este año, una hipótesis para resolverlo: cuando la supervivencia de las crías depende de que quien las cuida siga viva por mucho tiempo, la selección natural no sacrifica ese cuerpo, lo refuerza. Cuidar no desgasta: entrena resiliencia. Pero tolerarlo no significa que deba cargarlo sola.
Incluso, en primates donde el macho carga a las crías, el patrón se invierte: entre monos titíes y búho, la ventaja de supervivencia masculina aparece cuando el padre asume esa responsabilidad. Entre los simios, solo los siamang tienen un macho que carga a la cría, y solo ahí vive más que ella.
El problema es cuando ese blindaje se apaga. Los autores describen la menopausia no como un simple apagón hormonal, sino como un parteaguas: el ovario funciona como un centro de coordinación que, durante décadas, envía señales que ordenan el metabolismo, el sistema inmune, el cerebro, etcétera. Cuando esa señal se retira, se reorganiza todo a la vez. De ahí la paradoja: las mujeres viven más años, pero enferman o dependen más en ellos.
La investigación preclínica sobre longevidad sigue haciéndose sobre todo en machos, y al incluir hembras suelen ser animales nunca embarazadas, lo que borra la historia reproductiva. Vivir más y vivir peor sigue siendo una laguna ignara. El sesgo se repite en la clínica: la OMS advirtió que la discriminación por edad es hoy más común que el sexismo o el racismo. Los ensayos clínicos llevan décadas excluyendo, con criterios de muestras “limpias”, a mayores y frágiles; en Estados Unidos las mujeres quedaron fuera hasta los años 1990, lo que retrasó entender que un infarto se presenta distinto en un cuerpo femenino. Una mujer mayor cae en dos sesgos que se multiplican: la excluyen por edad y por mujer. Casi ninguna dosis ni guía clínica se pensó para un cuerpo como el suyo.

Si la biología femenina viene equipada para resistir, parece que es un constructo social lo que no ha dejado a Alicia usar ese blindaje. Se casó a los 19, tuvo cuatro hijos, dejó de trabajar para cuidarlos, y después cuidó a su madre y a Ernesto. En resumen,las mexicanas dedican 40.9 horas semanales al trabajo doméstico y de cuidados, más del doble que los hombres: ese trabajo equivale al 23 por ciento del PIB, y nadie lo cotiza.
El resultado llega justo cuando Alicia menos puede permitírselo. En México las pensiones de las mujeres son en promedio 35 por ciento más bajas, y solo 34 por ciento de las mexicanas tiene una cuenta de ahorro para el retiro, frente a 51 por ciento de los hombres.
La resiliencia reproductiva evolucionó para mantener viva a una mujer mientras otros la necesitaban; el sistema, en cambio, no evolucionó para cuidarla cuando es ella quien necesita cuidado. Como si el derecho a la atención dependiera de seguir siendo útil.
Las políticas de salud y pensiones tampoco: se construyeron para un cuerpo reproductivo, no para uno que envejece y merece atención por sí mismo.
De algo curioso nos hemos dado cuenta en Koltin con respecto a la salud de las mujeres, y es que la misma vocación de cuidar permea también su propio abordaje en salud. Cuidan antes, y por eso se atienden antes. A partir de los 45 años, la proporción de mujeres usuarias de nuestro sistema de salud sube a 65.9 por ciento, y se mantiene en 63.3 por ciento entre los 55 y 65 años.
Compárese con la población general, donde la balanza apenas se inclina hacia ellas desde los 50 (111 mujeres por cada 100 hombres) y no se pronuncia hasta después de los 85 (140 por cada 100). Es decir, lo que vemos en Koltin ocurre casi una década antes que esa curva demográfica pura, justo cuando la menopausia hace visibles los cambios que describimos arriba: no es que haya más mujeres mayores buscando atención, es que ellas la buscan antes, por decisión propia, en cuanto el cuerpo empieza a avisar y cuando ponemos las herramientas precisas para su cuidado.
Ese hallazgo cambia lo que hay que planear. El patrón se revierte donde menos convendría: entre 75 y 85 años cae a 52.3 por ciento, justo cuando la brecha de pensiones y el cuidado no pagado más pesan en una mujer como Alicia. Traducido a siniestralidad (palabra con la que no comulgo): según la CNSF, las mujeres son 43 por ciento de las pólizas de gastos médicos en México, pero solo 36 por ciento de los montos reclamados, con un costo promedio 35 por ciento menor. Usan el sistema más veces y con menor severidad; ellos lo usan menos, pero más caro y más tarde. Anticipar ese patrón, y no descubrirlo tarde, cambia cómo se diseña la capacidad de un sistema de salud.
Todo esto (la biología, los sesgos clínicos, las horas de cuidado, la siniestralidad) describe cómo el género reparte de forma distinta la ruta hacia la vejez. Pero da por resuelto algo que estas columnas aún no han respondido: qué es, exactamente, eso a lo que se llega distinto, ¿qué es envejecer?♦