El testimonio de la Dra. Natalie en República Centroafricana

Médicos sin Fronteras · 15 de mayo de 2014

El testimonio de la Dra. Natalie en República Centroafricana

Dedicamos nuestra entrada de hoy a la fotoperiodista Camille Lepage, quien fue encontrada muerta en RCA esta semana.

 

“Tan pronto como me bajé del avión en Bozoum, me informaron que un incidente había causado un gran número de heridos y que se me requería en el hospital. El aeropuerto está ubicado a unos cinco kilómetros fuera de la ciudad. A lo largo del camino, todas las casas habían sido quemadas debido a una ola de violencia que se extendió por el noroeste de la República Centroafricana durante los meses de diciembre, enero y febrero. Los rumores que circulaban y el miedo habían hecho huir a todo el mundo.

Rápidamente nos dirigimos a la ciudad, sin saber muy bien lo que íbamos a encontrar. Cuando llegué al hospital me llevaron con el paciente más grave, un hombre herido de bala, lo atendí mientras el resto del equipo se ocupaba de los pacientes con lesiones menos graves.

En ese momento sólo había cinco o seis pacientes. El equipo me informó que los pacientes musulmanes no habían llegado todavía al hospital por miedo a ser atacados. Alrededor de una hora más tarde, 18 pacientes llegaron al mismo tiempo.

Los heridos habían recibido muchas esquirlas provocadas por la explosión de una granada lanzada en un barrio musulmán; otros tenían heridas de bala por el tiroteo que siguió. Un hombre resultó herido en un ojo y otros sufrieron heridas en la cabeza.

[contextly_sidebar id=”3381613a3dbaf61e6ec6766ab3a315d8”]Tuvimos que tomar una decisión difícil sobre un paciente en particular. Tenía en la ingle una herida de bala que había atravesado su arteria femoral. La herida no parecía tan grave a primera vista. El orificio de entrada era más bien pequeño, pero al voltear de espalda al paciente, se podía ver que el orificio de salida de la bala era más grande y sangraba profusamente. Un gran charco de sangre cubría el piso.

El paciente no habría sobrevivido a una operación o una transferencia. Teníamos la esperanza de que su sangre coagulara así que le hicimos una transfusión de seis unidades de sangre, algo difícil sin un banco de sangre. A pesar de esto, continuó sangrando y murió en el hospital durante la noche.

Todos nos sentimos muy frustrados. No era más que una pequeña herida pero estaba justo en el peor lugar posible  y causó daños irreparables. Si esta herida hubiera estado unos cuantos centímetros de un lado o del otro, él  paciente hubiera sobrevivido.

En la República Centroafricana, la gente conmemora a sus muertos con tambores durante la noche. El cementerio se encontraba muy cerca del hospital de Bozoum y cerca de donde nosotros dormíamos. De tal forma que cuando había una muerte en el hospital, podíamos escuchar el retumbar de los tambores toda la noche. Imposible olvidar que alguien acababa de morir.

Esa noche, la mayoría de los pacientes no quisieron dormir en el hospital porque no se sentían seguros. Al día siguiente, fuimos al barrio musulmán para continuar tratando a los heridos. Era evidente que la gente se preparaba para huir: vaciaban sus casas de todas sus pertenencias; colchonetas y ropa de cama se apilaban en las calles. El ataque contra el barrio musulmán había sido el tiro de gracia. Nos informaron que un convoy transportaría a los musulmanes a Chad. La mayoría de estas personas había nacido en la República Centroafricana y había vivido toda su vida en Bozoum, donde tenían negocios, casa, familia y pertenecían a una comunidad: pero no hablaban de lo que les había pasado; simplemente habían aceptado que debían partir.

El convoy de camiones llegó dos o tres días más tarde. Contábamos el número de camiones que llegaban y los que salían. Sabíamos que esto podía encender la mecha de nuevo, puesto que en el pasado ya habían sido atacados otros convoy. Además, no estábamos seguros de que habría suficiente lugar para todos y temíamos que algún grupo más marginado se quedara atrás.

Finalmente, la población entera, compuesta de dos o tres mil personas, subió a bordo de los 14 camiones. Hacía calor y era un viaje de siete horas hasta la frontera. Los camiones fueron apilados con las personas y sus pertenencias. No sabíamos muy bien donde iba a dormir la gente y, a pesar de la presencia de una escolta armada, ésta no detendría los ataques eventuales.

Nuestro equipo se quedó ahí mirando, no había nada que pudiéramos hacer. Una comunidad entera había sido devastada. Sabíamos que lo mismo ocurría en la mayoría de las ciudades del noroeste; que otras personas estaban eligiendo la misma opción desesperada, de dejar sus casas para ir a vivir en un campo de refugiados.

Poco después, el jefe de proyecto y yo partimos de Bozoum para explorar el resto de la región noroeste, desde la ciudad de Bosemptele, al sur de Bozoum, hasta la frontera con Chad y Camerún.

Cuando llegué a la primera aldea, el jefe del puesto de salud me dijo que quería mostrarme algo. Pidió a toda la gente que me llevaran a sus hijos enfermos. El primer niño que vi era muy pequeño, evidentemente sufría de malaria y se veía en muy mal estado. Me ofrecí a llevarlo al hospital de Bozoum, pero la madre dijo que era demasiado lejos y que no se sentía segura de dejar su pueblo. Me invadió un sentimiento de impotencia porque el niño realmente necesitaba ser hospitalizado, pero lo único que podía hacer era darles algunos medicamentos de mi equipo de emergencia.

En ese momento me di cuenta de que teníamos que ir más a menudo a los pueblos – y no sólo conformarnos con trabajar en la ciudad – porque la gente tenía demasiado miedo de salir de sus aldeas, y no había suficientes carreteras o medios de transporte. Llegué pensando que vería los traumatismos de la guerra. Pero me di cuenta de que, fuera de Bangui, mucha más gente estaba muriendo de enfermedades comunes en África, como la malaria y otros problemas de salud.

Habían huido de sus hogares y muchas de sus casas habían sido quemadas. Vivían al aire libre, en el campo o en el monte, durmiendo en el suelo o debajo de los árboles. En las aldeas, los habitantes cuentan con pozos, pero en el monte, ellos debían beber el agua que encontraban, con frecuencia de charcos o ríos.

Cada puesto de salud que visitamos estaba en mal estado. Las personas no tenían acceso a la atención médica, porque los medicamentos habían sido quemados, robados o saqueados. Nos dijeron que la gente se estaba muriendo en el monte, pero era muy difícil evaluar el número de decesos. Escuchamos miles de historias diferentes sin poder confirmarlas.

Así que empezamos a organizar clínicas en las aldeas. En las mañanas recibíamos de 600 a 700 niños. Y terminamos creando un hospital pediátrico para pacientes de malaria en Bocaranga.

Durante esas primeras semanas, llegamos a tener miedo. En febrero, había todavía mucha violencia y grupos armados en los alrededores. Los rumores circulaban y cuando llegábamos a una aldea al día siguiente, nos encontrábamos con casas que seguían ardiendo.

En las aldeas, los atacantes van de casa en casa. La gente no tiene armas sofisticadas. Es una violencia individual, cara a cara. En un momento dado, todo el mundo en las calles tenía un arma. Incluso los niños de seis o siete años andaban con grandes machetes. La gente está armada porque viven en el monte. Lo mismo en las ciudades, donde la gente trabaja en el campo; no viven en un ambiente industrializado. En épocas de conflicto, estas armas de fuego y estos machetes se vuelven rápidamente armas de guerra. Cuando la tensión aumenta, todo el mundo tiene miedo, y uno es más susceptible de matar a alguien cuando se tiene un arma de fuego.

Después de algún incidente violento, veíamos con frecuencia heridas causadas por machetes o armas de fuego que se podían infectar y agravar. Vimos a muchos pacientes golpeados con palos: uno puede matar a alguien a palos. A menudo, las personas no nos contaban como había sucedido, pero podíamos adivinar que había sido bastante brutal. He visto ataques de bomba y otras formas de violencia, pero la violencia cara a cara es difícil de digerir y comprender.

Todos hablaban de los seres queridos que habían perdido, y la manera en que había sucedido era muy triste. Fui a una aldea donde 23 personas fueron asesinadas cuando los atacantes pasaron de casa en casa. Un mes después, ellos seguían reviviendo esta tragedia sin poder recuperarse.

Lo más difícil es que es casi imposible saber cómo y cuándo va a terminar esta situación. El conflicto afecta a todo el país. Sin embargo, cuando regresamos a ver un puesto de salud que hemos apoyado y resulta que todo funciona normalmente, es realmente fantástico. No son más que pequeñas clínicas, un poco de ayuda que damos aquí y allá, pero su efecto combinado es mucho más grande”.

Texto y fotos: Natalie Roberts/MSF