blogeditor · 21 de mayo de 2015
No solo en México se cometen barbaridades en la procuración de justicia. La nueva ley que aprobó Francia hace dos semanas para combatir el terrorismo legaliza la forma con la que los servicios de inteligencia llevan décadas operando. A partir de ahora, las policías francesas podrán espiar sin la autorización de un juez y crear un fichero de sospechosos. Además de que esta ley vulnera las más elementales garantías individuales y el Estado de derecho, no ataca el problema de raíz: hace poco por evitar la radicalización de más jóvenes y apuesta todo a que los policías tengan suerte y eviten atentados.
Desde el 11S, las fuerzas de seguridad combaten el terrorismo utilizando intelligence led policing (Trabajo Policial guiado por la Inteligencia), un modelo que busca actuar antes de que se cometa el crimen. Para ello, determina quién es sospechoso utilizando algoritmos y modelos estadísticos que incluyen variables como tener barba, viajar a países donde hay campos terroristas, visitar páginas yihadistas o escribir palabras como Al Qaeda, ISIS, yihad, etc., en Google o en algún correo electrónico. Los terroristas lo saben y por eso en ocasiones les ponen a sus correos un título como “consolida tu deuda hoy”, para que no sea detectado por el algoritmo, según un informe del NSA, la Agencia de Seguridad Nacional estadounidense.
[contextly_sidebar id=”S3veuzCOYh6cM3WsPaX8kim3YMEsvPoO”]La computadora arroja una lista de sospechosos que un policía tiene que cribar, caso por caso, para determinar si el individuo es una amenaza real. Si los investigadores creen que lo puede ser lo vigilan durante algunas semanas, meses o años para confirmarlo. Con las nuevas leyes, que consideran imputable a alguien que visite páginas yihadistas, el número de sospechosos incrementará radicalmente. Tras los atentados de Charlie Hebdo en enero pasado, el primer ministro francés Manuel Valls anunció la contratación de 2.680 nuevos agentes. Con ellos se pretende vigilar a los 3.000 sospechosos de terrorismo que hay actualmente. Aún con los refuerzos, las Fuerzas de Seguridad no tienen la capacidad para vigilar, permanentemente, a miles o decenas de miles de sospechosos de terrorismo.
Europa debe de darse cuenta que combatir el terrorismo con un enfoque exclusivamente policial ha fracasado tanto en evitar nuevos atentados como en prevenir la radicalización de jóvenes musulmanes. Cherif Kouachi (uno de los terroristas de Charlie Hebdo) fue arrestado en 2005, horas antes de subir a un avión que lo llevaría a Iraq a luchar contra el ejército estadounidense. No había cometido ningún crimen, solo expresó su intención de hacerlo y compró un boleto de avión. Pasó 20 meses preso donde, lejos de reinsertarse, se radicalizó aún más: se acercó a Djamel Beghal (uno de los yihadistas más peligrosos de Francia) y coincidió con Amedy Coulibaly (el terrorista del supermercado Kosher). En 2010 Kouachi volvió a ser detenido por planear liberar a un peligroso terrorista, aunque el juez lo dejó libre por falta de pruebas. Un año después voló a Yemen para entrenarse con Al Qaeda. En la década que pasó desde su primera detención hasta la masacre de Charlie Hebdo, el Estado francés no hizo nada para prevenir su radicalización, más allá de vigilarlo intermitentemente hasta siete meses antes del atentado.
El éxito de la lucha antiterrorista pasa, además del éxito policial, en que las instituciones trabajen más con las comunidades. Los musulmanes son quienes más padecen el terrorismo, no sólo en número de víctimas sino porque los terroristas estigmatizan a toda una religión. Hay muy pocos programas cuyo objetivo sea detectar y evitar que jóvenes de las zonas marginales de París, Ceuta o Leeds sean cooptados por el terrorismo islamista. Actuar antes de que sea demasiado tarde. A once años del 11 M apenas una decena de países europeos tienen programas de desradicalización financiados por el Estado (el de Francia sólo se puso en marcha tras los atentados de enero pasado). En estos programas, los militantes recién reclutados (y sin delitos de sangre) trabajan con psicólogos, reciben formación profesional y se intenta reinsertarles en la sociedad.
Europa debe dejar de combatir la barbarie islamista con más barbarie. Hoy hay más terroristas que tras el 11M, dispuestos a pelear en Siria o a realizar masacres como las de París o Copenhague. En esta década las fuerzas de seguridad europeas han detenido a 119.000 sospechosos de terrorismo en todo el mundo, pero sólo pudieron condenar a 35.000, un 30% (según un informe de AP). Muchos de esos detenidos pasaron por cárceles secretas estadounidenses -dos de dentro de la UE- en las que sufrieron inhumanas torturas, como confirmó el informe del Senado estadounidense de diciembre pasado. Al combatir el terrorismo obviando el Estado de Derecho, Europa se ha olvidado de su esencia y de lo que la diferencia del yihadismo: el respeto a la libertad, a los derechos humanos y al debido proceso.