El tamaño sí importa

Marco Cancino · 24 de agosto de 2011

El tamaño sí importa

Después del tráfico terrible por el regreso de los moconautas a clase, por fin llego a mi oficina ubicada en Polanco y lejos de sentir alivio por haber completado un viaje de apenas 6.7 kilómetros en alrededor de una hora y cuarto, me topo con una escena por demás conmovedora. Un grupo de presuntos “manifestantes” se encuentra bloqueando todos los accesos al corporativo donde está mi oficina.

Trato de calmarme, respirar profundamente y contar hasta diez, veinte, treinta, cincuenta, noventa, cien. Decido dejar de contar y mejor esperar unos minutos para ver si los manifestantes cambian de opinión, les da hambre, o qué sé yo.

Después de alrededor de media hora, decido buscar dónde estacionar el coche y bajarme a estirar un poco las piernas (ya llevaba casi dos horas en el coche). No dudo ni tantito en aprovechar el momento para ir corriendo a un estarpunks que está frente a la oficina a comprarme mi café de siempre: un latte, grande, helado, sin hielos, deslactosado, pero light, con seis shots de cafeína.

Ya con mi dosis necesaria de café, me dirijo al grupo de “manifestantes” que continúan bloqueando todos los accesos al centro comercial – corporativo, para matar el tiempo.

– Disculpen jóvenes, ¿saben más o menos a qué hora van a permitir el acceso al edificio?

Los “manifestantes” se miran unos a otros con cara de sorpresa, tal vez porque nunca pensaron que alguien se acercara a preguntarles algo y sólo la concurrencia oficinil se iba a limitar a echarles miradas de desprecio y mala vibra. Y les vuelvo a preguntar:

– Disculpen que los moleste. Buenos días tengan todos ustedes. ¿Alguno o alguna de ustedes sabe más o menos a qué hora van a permitirnos el acceso a los que trabajamos aquí?

– No le sabemos decir joven.

– ¿Y por qué no?

– Porque debemos recibir instrucciones.

– ¿De quién oiga?

Pus de nuestro coordinador.

– Ah, ¿y quién es su coordinador?

– No le podemos decir.

– ¿Y por qué no me pueden decir?

– Porque no nos lo permiten decirlo a naiden.

– ¿Y entonces, qué hago, me debo sentar a esperar en la banqueta a que su coordinador decida que ya se pueden ir?

– Sí joven.

– ¿Así de plano? ¿Y ustedes quiénes son?

– No nos tienen permitido hablar con naiden.

De pronto, un hombre robusto (algunos usarían el eufemismo de persona con cintura diferente), como de 1.80 metros lo jala y se pone entre la persona con la que estaba hablando y yo.

– Mire joven, no queremos problemas. Sólo venimos aquí a trabajar.

– ¿A trabajar? ¿Cómo que a trabajar? ¿Esto es un trabajo?

– Bueno, sí. Ya no le diré más, mejor váyase y déjenos en paz. No queremos problemas.

– ¿Dejarlos en paz? ¿Irme? Pero si yo trabajo aquí y son ustedes los que no me dejan entrar.

– Pues sí joven, pero esas son las instrucciones y nuestro trabajo es que naiden entre hasta que nuestro coordinador nos diga que nos retiremos.

– ¿En verdad? ¿Y de qué depende eso?

– Pues que logre los acuerdos que quiere.

– ¿Y qué acuerdos son esos? ¿Qué buscan ustedes?

– La verdad, no le puedo decir.

– ¿No me puede decir o no sabe?

– Bueno joven, la verdad, no sabemos, nuestra chamba es venir a hacer borlote y a hacer lo que nos digan.

– ¿Sí?

– Sí joven. Pero ya váyase, no se vaya a meter en problemas y nos vaya a meter en problemas. Luego no nos van a querer pagar y no nos van a volver a llamar para otro mitin.

– ¿Cómo? ¿Es pago por evento?

– ¿Cómo que pago por evento?

– Sí, ¿les pagan por que asistan a cada uno de los eventos como “manifestantes”?

– Pues claro joven. ¿Usted piensa que estaríamos acá todos nosotros por otra cosa?

– Y yo que pensaba que lo estaban convencidos de lo que hacen (¡ja!).

– Pues convencidos estamos, pero de la paga. Pero en verdad joven. Hágase para allá, se van a dar color de que estoy hablando con usté y se me va a armar.

– Oiga, pero una pregunta más, ¿al menos les pagan bien?

– Pues sí. Es una ayudadita pa la casa.

– ¿Y qué, si quiero yo armar un mitote como este, me sale caro o barato?

– Pus depende de qué tan grande lo quiera, de cuántos compañeros quiera, si quiere hombres y mujeres, si quiere gente ya más mayor o niños.

– Entonces, ¿el tamaño sí importa?

Clarines joven.

Media hora después les dieron la orden de que se retiraran y nos dejaron entrar al edificio. Resultó que era el mismo grupo de Antorcha Campesina que año con año viene a “negociar” algo a alguna oficina pública del edificio y para mostrar “músculo”, contrata a “manifestantes” para bloquear los accesos del corporativo. Y esta, parece que fue una negociación fast track.